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HERNÁNDEZ O CÓMO SER SUTIL

HERNÁNDEZ O CÓMO SER SUTIL

1953: Manuel Hernández expone por primera vez en la Galería de Leo Matiz de Bogotá. Cuarenta años de pintura y 25 haciendo el mismo signo. Repitiéndose? Lo dicen galeristas y, de vez en cuando, algunos periodistas. Es verdad que, a primera vista, sus cuadros producen esa sensación. Primera vista y única para muchos. No hay tiempo. Se mira sin ver. Desapareció el verbo contemplar.

Hernández es la negación de ese esquema. Con una testarudez muy bogotana, donde nació en 1928, se instaló en un pretexto un signo para pintar. Y ha hecho tantas variantes como cuadros y dibujos. Su mundo es como un gigantesco diccionario de sinónimos. Clave de acceso: sutileza.

En aras de la convivencia, se podría suponer que son las mismas formas. Pero cuántas diferencias a nivel de la estructura, del contorno, del color. Es ahí donde él invita a agudizar la sensibilidad, a percibir que la vida son solo matices: no hay dos atardeceres iguales.

A Manuel Hernández no le interesa relatar ni dejar constancias históricas. No describe ni da información, como lo hizo parte de la pintura colombiana, en los años setenta sobre el hombre contemporáneo. La identidad, dice el gran pintor chileno Roberto Matta, no se busca, se ejerce. Hernández es de los que piensan que tampoco hay necesidad de evidenciar la pertenencia: ella se manifiesta.

El ha argumentado desde la pintura. Con los elementos de ese lenguaje (líneas, manchas, atmósferas, composiciones, colores...) Por ello, su signo es sobre todo un código abierto, un espacio de lectura interminable. Sus elementos son pocos. Tan pocos como los de una asceta. Es como si alguien para hablar decidiera limitar el número de letras.

Sus formas parecen gratuitas. Y siempre se ha defendido de que lo parezcan. Las ajusta a una gran lógica. Las organiza teniendo en cuanta pesos, ritmos, apoyos, superposiciones, entrelazamientos y amarres. Son formas equilibradas, flotantes, ondulantes... Y hay que creerle. En su bello y espacioso estudio, en el norte de Bogotá, inundado de una luz envidiable, conserva decenas de carpetas con cientos de bocetos y dibujos. Guarda todos sus ensayos.

Esas formas las persiguió desde los años sesenta cuando decidió abandonar la influencia del muralismo. Quería despojarse de todo parecido con la figura humana. Por un momento trabajó lo que él llama goce textural como forma posible. La abandonó. La reflexión sobre su pintura lo condujo a la meditación, a la intimidad, a una estructura global. Es curioso: se sintió más ciudadano de este siglo, más él. Porque es tímido e introvertido. Bogotano. Entonces se dijo que el hecho abstracto le permitía ser directo, emotivo, interior...

Sus bocetos revelan que sus primeros coqueteos con su signo se establecieron hacia 1965. Nada oficial, claro. Son meras intuiciones. Son formas que repite, compara, estudia, macera. Son presentimientos de que con esas formas puede crear una lógica de movimiento. Se fija en los bordes que pueden ser abiertos, cerrados, vaporosos, duros, rotos, vibrantes, totalizadores...

En Mayo de 1968 le llega un signo exterior que le confirma que su búsqueda en solitario tiene sentido: obtiene en Medellín la primera mención de honor en la I Bienal Iberoamericana de Pintura Coltejer.

Los dibujos de esa época prueban que hizo un trabajo analítico y comparativo de las formas que iban apareciendo. Nunca los ha expuesto. En 1969 el signo ya estaba bastante definido. Como es natural, nació en blanco y en negro. Y fue seleccionado tras años en los que a él le interesó sobremanera captar formas y hacerlas muy rápidamente. Fue una época en la que juntó el equilibro entre la meditación y la emoción concebida como un elemento esencial de la sensibilidad contemporánea.

El color fue después. Hernández había transitado con tranquilidad extrema por el blanco y negro. Hola Motherwell. El blanco como base fundamental de sus texturas. El negro como contraste poético, como silencio, como negación de la luz.

Al color le trabajó con denuedo. Nunca usó aquellos exuberantes del trópico al estilo de Obregón. Pero los de los años setenta son mucho más fuertes que la gama que usa actualmente. Intentó el verde y lo desechó. Por emotivo, bucólico y fácil. Los pasteles le convinieron más. Por ser más espirituales.

Tonos, medio tonos... la sutileza, ya se dijo. Sutileza que Hernández pone también en las líneas: duras, finas, inconclusas, de amarre, de desarrollo y en sus pinceladas definidas, expresionistas, acentuadas, desdibujadas, sostenidas... Es que Hernández no solo piensa en las formas sino en la atmósfera pictórica de sus cuadros. Y lo hace evocando la tribu en la que se reconoce: Rembrandt, Velásquez, Monet, Rothko, Picasso, Tapies, Matta, Tamayo...

Y por ahí se vuelve al diccionario: nubosidad, misterio, consistencia, poesía, apertura... Son esos sentimientos lo que quiere suscitar cuando desplaza sus signos sobre una tela buscando contrapesos, balances, transformaciones, desdoblamientos... Hay momentos escribe el crítico venezolano Roberto Guevara donde los fondos y las formas están tan cercanos que las formas devienen presencias indiscernibles de su contorno, es como mirar en la sombra .

Modificar, ampliar, investigar, enriquecer... tantos verbos que ha conjugado tratando de explicar que contrario a lo que dejan suponer sus formases un pintor que duda, que madura las ideas muy lentamente. El artista apenas sí puede arañar un filo del hecho creativo .

Se repite? Sonríe. Qué hicieron Velásquez, Cezanne, Morandi, Giacometti, Mondrian y los otros? Porque Hernández dice, como Warhol y Caballero, que un pintor hace siempre el mismo cuadro. Uno ocupa un terreno y debe investigarlo profundamente. Hay argumentos que tienen filos de continuidad .

No se ha movido. Y no va a hacer. Ha tenido inclusive que volverse sordo ante tanta invitación desinteresada por supuesto a que cambie, a que haga otra cosa. Lo suyo se aparenta a una búsqueda religiosa donde las pequeñas formas pueden revelar grandes contenidos. Mi pintura es una vivencia totalizadora. Un acto de fe . Una sugerencia a no mirar nada dos veces con el mismo ojo.

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