200 años de una revolución que no tenía libreto

200 años de una revolución que no tenía libreto

No creo equivocarme ni pecar de excesivo optimismo si les digo que la celebración del Bicentenario, aún si es discutible llevarla a cabo en este año que casi termina, ha cobrado ya su primer triunfo: poner a muchos, a muchísimos colombianos a reflexionar sobre su historia, sobre su pasado, lo que equivale, casi siempre, a una reflexión sobre el presente y a una interrogación sobre el futuro.

14 de diciembre 2010 , 12:00 a.m.

Por cuenta del mariscal Antonio José de Sucre, he navegado por casi una década en las aguas tormentosas de estos años maravillosos, desde antes del año 10, hasta bien entrado el siglo XIX. Eso me permite asumir como propia la frase de Rodolfo Segovia, encargado de abrir plaza en este libro, cuando afirma que “la Independencia agarró a los actores sin proyecto político”. Pero, me aventuro con una pregunta provocadora: ¿querían ellos la Independencia? A excepción de Francisco de Miranda y de un joven Simón Bolívar que gustaba de provocar a sus invitados con brindis independentistas el día de su cumpleaños, la inmensa mayoría de los líderes criollos jamás pensaron, en 1810, en llegar tan lejos o albergaban serias dudas sobre el destino de la rebelión. Una rebelión que, bueno es recordarlo, tuvo mucho más el sello del levantamiento contra los poderes coloniales que se habían avenido a aceptar la caída del Rey –la doble abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando– y su reemplazo por José Bonaparte, que el de un levantamiento contra la corona española. Como sugiere Mauricio Nieto, otro de los autores de este volumen a 50 manos, más que una ruptura con la península, lo que muchos líderes criollos del año 10 buscaban era que la península los reconociera como españoles de primera y no de segunda. Baste mencionar que la junta que se formó en Caracas en abril del año 10 se autoproclamó “restauradora de los derechos de don Fernando VII”.

Por eso, porque el discurso del año 10 sólo en casos muy excepcionales lanzó al vuelo la palabra Independencia, he cuestionado a lo largo de todo el año que ya casi termina que hablemos del Bicentenario de una Independencia que, exactamente hace 200 años, muy pocos entre los líderes criollos siquiera vislumbraban. El tema predominante, si se quiere, era más bien la igualdad, como lo plantea Pablo Rodríguez Jiménez en el capítulo sobre el Memorial de Agravios. La inquietud de los líderes criollos por sus intereses económicos no sólo despertó buena parte de la agitación, sino que explica los levantamientos en ciudades medianas y pequeñas, que se unieron a la moda de constituir juntas autónomas. Es una de las conclusiones que resultan de leer a Armando Martínez-Garnica en su ensayo sobre la primera república neogranadina: esas revueltas tuvieron el propósito no sólo de tomar distancia del régimen peninsular en manos de Napoléon, sino del régimen virreinal de Santafé, cuyo centralismo afectaba la marcha de sus negocios.

Las regiones estaban lejos de haberse constituido como zonas homogéneas.

Fueron Morillo y el salvajismo represor de la Reconquista los que resolvieron buena parte de esas divisiones, al menos por el tiempo suficiente para que los patriotas ganaran la guerra años más tarde, del mismo modo que fue por la actitud intransigente y ciega del rey Fernando VII al volver al trono y desconocer la Constitución de Cádiz y cualquier concesión, por mínima que fuera, a los españoles americanos, por lo que estos terminaron por asumir que eran sólo americanos y por decantarse por la Independencia. Pero eso, repito, fue varios años después de 1810.

Pocos historiadores europeos han entendido mejor estos años que Clément Thibaud. Con agudeza, explica cómo, en la segunda década del siglo XIX en estas tierras, hubo primero una guerra civil que reflejaba, de cierto modo, la que vivía la península española en esos momentos de convulsión, y sólo después, con el retorno del Rey al trono, una guerra anticolonial. Esa doble guerra entre liberales y absolutistas es explorada de manera perspicaz por Juan Marchena Fernández en un capítulo que enriquece este libro.

Volvamos a Thibaud. Pocos debates internos entre los líderes criollos confirman de mejor manera la falta de libreto que los aquejaba, que aquél, hondamente estudiado por Thibaud, y que protagonizaron los congresistas de Caracas sobre la formación de un ejército para defender la primera república.

La confusión en las prioridades del momento llevó a algunos dirigentes, ebrios de revolucionarismo francés, a oponerse a la organización de un ejército para enfrentar a los realistas. El ejército, decían ellos, era el símbolo por excelencia del poder absolutista, su brazo armado y, por ende, el enemigo de la libertad. En cambio, proponían unas milicias bisoñas, que fueron las que le entregaron al generalísimo Miranda, condenándolo a las derrotas que marcarían su desgracia.

Después de la reconquista de Morillo, la lección quedó aprendida con un enorme costo en vidas en Venezuela, y en la Nueva Granada. El binomio Bolívar- Santander pudo por fin construir un Ejército Libertador que mereciera ese nombre, y que estaba llamado no sólo a independizar a estas dos regiones, sino también a Quito, Guayaquil, el Perú y el Alto Perú.

Los líderes criollos no hicieron la guerra para alcanzar los objetivos independentistas trazados desde un principio. Esos objetivos apenas asomaron en el año 12. Los líderes criollos fueron empujados a la guerra por la indiferencia de una península que apenas tenía cabeza para enfrentar su propia guerra, y luego por la intransigencia de un monarca restaurado que firmaba sus reales decretos entre las sábanas revueltas y las nalgas de sus favoritas del burdel de Pepa La Malagueña.

A ambos lados del Atlántico, la clave estaba en el debate sobre la soberanía, que debía residir en la Nación, es decir, en los blancos, como queda claro en el brillante texto de David Bushnell sobre el sufragio en los albores de la República, donde el voto no era universal sino social y racialmente limitado.

La Independencia fue una dinámica de acciones y reacciones, de rupturas y reacomodos. Esclarecedor resulta en este punto el texto de Víctor Manuel Uribe- Urán, con el sugestivo título de ¿Quiénes pensaron la República?, en el que retoma entre otras las tesis del siempre provocador Francois-Xavier Guerra, sobre la falta de un plan.

La venezolana Inés Quintero, curtida en la investigación de la Independencia, aborda en el libro el balance social de ese gran cambio. Aunque muchas de las diferencias sociales se mantuvieron, –alguien diría, incluso, que se profundizaron– Inés nos explica cómo la Independencia y la posterior construcción de nuestras repúblicas trajeron consigo un proceso, lento pero sostenido, de construcción de ciudadanía, que sería, a la larga, la principal ruptura con el antiguo régimen. Pero hay temas aún inexplorados o apenas mencionados, como lo señala Javier Ortiz Cassiani, quien demuestra que no puede haber una única manera de mirar, relatar y analizar nuestra historia. ¡Cuánta razón tiene! Debemos ser capaces de aprovechar las muchas formas, los muchos enfoques, las diferencias y los debates sobre la Independencia y construir, como lo propone Ortiz Cassiani, “un discurso de la dignidad”.

En ese sentido, el texto de Felipe Fernández-Armesto es un excelente punto de partida, cuando analiza la Independencia colombiana en el contexto internacional y nos hace ver que tuvo, para el mundo, mucha más importancia que la que nosotros le damos, con eso que Fernández-Armesto llama nuestra “predilección por la autocrítica, ese sentimiento de haber experimentado una historia llena de fracasos y de temer un futuro lleno de frustraciones”. Ni historia oficial del éxito ni catálogo de fracasos. Entre esos dos extremos reduccionistas están las muchas verdades sobre la Independencia. Han sido, como dice el ex presidente Álvaro Uribe en el epílogo, 200 años de intentos sostenidos e irregulares por superar la violencia, pero también por construir una democracia sin duda llena de defectos y carencias, pero democracia al fin, una democracia que sólo seremos capaces de mejorar si, para empezar, estudiamos mucho más y mucho mejor nuestra historia y somos capaces, a diferencia de los líderes criollos del año 10, de ponernos de acuerdo en los puntos básicos de un breve pero alcanzable y sólido catálogo de propósitos nacionales a alcanzar en las décadas por venir.

Me agradó descubrir que mi admirado Malcolm Deas comparte conmigo, y con otros muchos, las dudas sobre la pertinencia del año 10 como fecha de conmemoración de la Independencia. Él se pregunta si no debíamos esperar al año 19, el de Pisba, el pantano de Vargas y Boyacá, el del gran ejército triunfante que construyeron entre Bolívar y Santander, en la única y feliz ocasión en que actuaron en verdad unidos. Mi propuesta es que no nos quedemos con las celebraciones del año que termina y que no esperemos hasta el año 19. Honremos todos esos años en que los líderes criollos aprendieron cuál debía ser el camino mientras lo recorrían, con una conmemoración reflexiva y de alta controversia, que dure al menos toda la década. Señor presidente Juan Manuel Santos: Que siga el Bicentenario, que siga la reflexión, que siga el debate, al menos hasta el año 19: ¿quién quita, señor Presidente, que a usted le corresponda presidir estos festejos durante 8 de los 9 años que quedan? Libremos, del año 10 al 19 e incluso más allá, hasta la muerte del Libertador, hasta el asesinato del mariscal Sucre, una nueva guerra de Independencia, esta vez contra la ignorancia sobre nuestra historia que es también la ignorancia sobre nuestro presente y la ceguera frente a nuestro futuro. Lo invito a que impulse una prórroga de los festejos y, sobre todo, de las reflexiones sobre el Bicentenario, por el bien de Colombia.

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