LAS TENTACIONES DE BOSCH

LAS TENTACIONES DE BOSCH

SELECCION PARA PREMIO DEL LECTOR (XIII) Podía demorar un año frente a sus pinturas sin que su cuerpo sufriera el deterioro del tiempo. La acción de constar con sus pinceles el horror del pecado le ganaba la indulgencia de interrumpir su envejecimiento, mientras estuviera ejecutando la obra. Así vio llegar los años con la lozanía de una edad incierta, respondiendo a los encargos del gremio de vidrieros, escondiendo su secreto; pues Hieronimus Bosch temía llegar a viejo.

08 de julio 2001 , 12:00 a.m.

SELECCION PARA PREMIO DEL LECTOR (XIII).

Podía demorar un año frente a sus pinturas sin que su cuerpo sufriera el deterioro del tiempo. La acción de constar con sus pinceles el horror del pecado le ganaba la indulgencia de interrumpir su envejecimiento, mientras estuviera ejecutando la obra. Así vio llegar los años con la lozanía de una edad incierta, respondiendo a los encargos del gremio de vidrieros, escondiendo su secreto; pues Hieronimus Bosch temía llegar a viejo.

Nadie sabía que la permanente juventud del pintor se aseguraba tras una larga vida de sacrificios, que de sus privaciones surgían las imágenes dictadas por sus sentidos exaltados, apaciguados por la amenaza de la vejez si permitía rendirse a los placeres de la carne. Sólo él conocía el dolor de su pasión insatisfecha y con ardor ilustraba los gestos de sus personajes, a quienes pintaba seducidos por los placeres y castigados por sus vicios, destacando su propia tortura en los retablos. Con ellos recreaba el suplicio que le producía una moza, la hija de un artesano que conoció en un taller de fraguar vidrio. A la luz de los hornos la contemplaba con deseo y de sus lenguetas de fuego veía brotar pequeños seres, unos animalillos diabólicos que le apremiaban calmar su apetito con gestos de burla, imitando el acto de amor con los movimientos de un viejo. Espantado por los riesgos de la pasión, se redimía pintando sus sofocantes visiones junto a la fragua. De esta manera pintó a san Antonio resistiendo a las tentaciones del demonio, dominando su cuerpo que, dolido por el sacrificio, le reclamaba el calor de la moza. Los monstruos que acechaban su deseo quedaron plasmados en las tablas torturando sin piedad la ocupación del vicio, copulando para burlarse de Bosch en grotescas posiciones.

La fama de Hieronimus se extendió por Europa y sus pinturas fueron reclamadas por una selecta clientela. Sin embargo, el pintor no era feliz. Un día, dolido por el cruel castigo al que se sometía y temeroso de que alguna flaqueza le hiciese envejecer los años que su continencia había detenido, decidió marchar a la península, donde sin decírselo a nadie, se embarcó rumbo a las Indias. Llevaba en su mente el ejemplo del ermitaño san Antonio Abad que tantas veces le sirvió de pretexto para vencer los demonios de la carne. En las tierras lejanas a las que iba, pobladas de seres ingenuos y primitivos, podría encontrarse lejos de la cuadrilla de bestiecillas que le seguía. Pagó su puesto con un barril de trigo, tocino y frutas secas y sólo exigió un rincón en la nave donde tendió su capa para dormir en las noches. No le importó que le consideraran loco. Miró con detenimiento los colores del agua, conoció el azul intenso, diferente al color de los canales de Flandes. Sus visiones quedaron atrás, en El jardín de las delicias terrenales, donde plasmó su última pesadilla. Ahora iba al verdadero paraíso, ya no como pintor sino como profeta. En lugar de pinceles llevaba las Escrituras.

Cuando divisó una mancha oscura que alertaba el fin de la travesía, los hombres gritaron de alegría y se prepararon para el desembarco. Las nuevas tierras tomaron la forma de un reptil sosegado por el oleaje. Una isla inmensa abría la puerta a las Indias. Hieronimus se arrodilló y tembloroso abrió su libro al azar. Pensó en los indios que habitaban esas tierras y leyó lo que para ellos tenía, Isaías el profeta: los habitantes de la tierra serán como animales perseguidos por los cazadores, o en peligro de caer en un hoyo o en una trampa. El que escape de los cazadores caerá en la trampa. Un diluvio lloverá del cielo y temblarán los cimientos de la tierra... La enfebrecida razón de Bosch vio el destino de los indios en las manos de los hombres que saltaban por las cuerdas, dejando el barco para correr hacia la playa. Las bestiecillas que creyó dejar atrás tomaron nuevas formas, ya no era el sexo sino la codicia la que creaba los monstruos. Los vio junto a los hombres aligerando sus piernas, incitándolos a penetrar en las Nuevas Tierras. Confundido se aprestó al desembarco, dejó que siguieran adelante y, sin que nadie lo viera, se internó solo en la espesura.

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La autora es antropóloga, nacida en Manizales en 1955 Primer lugar en Concurso de Cuento Ciudad de Barrancabermeja, 1999, primer lugar II Juegos Florales del Gran Caldas en libro de cuento, 1996,Beca de Creación de novela convocatoria 1996,Ganadora y finalista en concursos de cuento, entre otros: Testimonio de Pasto, Carlos Castro Saavedra de Medellín, Concurso Distrital de Cuento, Bogotá, Cuento Breve de Ibagué. Publicaciones: Exiliados del Tiempo , Centro de Escritores de Manizales. Colección Juegos Florales.Manizales. 1996, (Libro de cuentos).

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