‘El condón es innegociable’

‘El condón es innegociable’

El virus del sida llegó hace 13 años a la vida de Janeth Valencia como el ladrón que entra a una casa con la autorización del dueño.

01 de diciembre 2010 , 12:00 a.m.

El VIH era el ladrón; su marido, el dueño, y la casa, su cuerpo. Janeth tenía 23 años de edad, una hija de cuatro años, un trabajo en la Alcaldía de Cali y empezaba una carrera en la Universidad del Valle. Dice que no era una mujer rumbera y que, cuando se enteró de que era portadora del virus, sólo había tenido dos parejas sexuales.

Hoy tiene 36 años, dos hijas y lidera la Asociación Lila Mujer, que vela por el bienestar y los derechos de las mujeres que viven con VIH en el distrito de Agua Blanca, en Cali. Onusida la eligió este año como la imagen en Colombia del Día Mundial de Lucha contra el Sida, que se conmemora hoy.

Ella y otras 10 mujeres son socias o activistas de Lila Mujer. Todas tienen dos cosas en común: fueron infectadas por sus maridos y ninguno de sus hijos tiene el virus.

“Muchos piensan que esto sólo les da a las trabajadoras sexuales o a los homosexuales: ¿uno cómo le va a pedir al esposo que utilice condón?”, explica.

Se enteró por curiosa Janeth empezó la relación con su esposo en 1994 y terminó tres años después. Cuenta que un día su marido la llamó desde Bogotá a pedirle que le enviara una carpeta con unos documentos que tenía en la casa de su mamá, en Cali. Ella los buscó, pero antes de enviarlos los revisó. Abrió la carpeta y leyó un documento que decía que él tenía VIH.

Recuerda ese momento como si hubiera sido ayer.

Cerca, estaba una compañera de trabajo con quien había peleado, pero fue justamente ella quien escuchó su primer grito de angustia y miedo. “Ya pronto me voy a morir”, le dijo enfurecida.

Se sometió de inmediato al test de Elisa, que dio negativo.Con el paso de los meses aparecieron algunas gripas y otras dolencias que el 2 de diciembre de 1997 la llevaron al Hospital Universitario del Valle. Allí le confirmaron que en su sangre estaba el ‘ladrón’.

Cada año, dice, conmemora dos fechas importantes: el 2 de diciembre, aniversario de su diagnóstico, y el 16 de diciembre, su cumpleaños. El de 1997 fue su peor diciembre. Al comienzo se alejó de muchas personas, pero poco a poco fue asimilando y aceptando que podía vivir con el virus.

Confrontó a su compañero, pero él le respondió que si tenía la enfermedad era por ella; esa versión la difundió en la cuadra del barrio. No a la discriminación Janeth asegura que un encuentro internacional de mujeres que viven con VIH en Buenos Aires (Argentina), le cambió la vida. “Vi que se podía luchar contra la indiferencia y la discriminación y ayudar a otras mujeres. Llegué con el ego de los argentinos y no me para nadie”, relata orgullosa.

Fue así como nació Lila Mujer. Esta asociación ha ido ganando espacio y reconocimiento en la capital del Valle, gracias a lo cual tiene una sede y muy pronto un hogar de paso con cupo para 12 mujeres, que será inaugurado en marzo del 2011.

El mensaje de estas mujeres es que todas las amas de casa, todas las esposas, deben exigir el uso del condón. “El cuerpo es un templo sagrado y debe ser respetado. Ellas deben exigir el uso del preservativo”, insiste.

En plena entrevista telefónica, a las 11:35 de la mañana, Janeth pide un minuto porque alguien llega a su casa. Pasan tres minutos y retoma la conversación. Su alegría desaparece y su voz también. Sin embargo, pide continuar.

“Acaba de morirse Deisy, una madre soltera de 29 años. Era muy pobre. Tuvo una niña antes de ser diagnosticada y otra que nació con el virus. La menor murió a los 2 años. La mayor queda huérfana a los 9 años”, dice lentamente y entre lágrimas.

Dramas como el de Deisy la deprimen, pero la hacen más fuerte. A través de la Asociación Lila Mujer les sirve a muchas otras que no tienen la misma capacidad de lucha.

Ahora le pide a Dios fuerza y vida para seguir adelante. Y su Dios le ha respondido: en 1997 le dieron tres meses de vida y ya lleva 13 años conviviendo con el VIH. “Dios es mi fortaleza. Soy feliz porque soy perfecta para Dios”, concluye llena de algo que no precisa qué es: “No sé si es terquedad o dignidad lo que me mueve”, se pregunta

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