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En paz descansan

En paz descansan

La culpa fue de Julio Cortázar. Era tan cercano y tan familiar para mí –así lo sentía por las gratas horas que había disfrutado de su compañía a través de páginas memorables como las de Rayuela– que quise ir a visitarlo cuando fui por primera vez a París. Hacía varios años que el escritor argentino habitaba un estrecho lugar del cementerio de Montparnasse. Hasta allí llegué poco después de haber esperado en vano, durante un buen rato, que alguna de las mujeres que pasaron a mi lado en el Pont des Arts se me pareciera a esa que yo tenía en la cabeza como la Maga.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de noviembre 2010 , 12:00 a. m.

Frente a su tumba fui poco original. Le di las gracias y le dije lo que a diario le repiten. Que seguirá vivo mientras exista al menos un ejemplar de sus libros.

Lo que importa es lo que pasó después. Ocurrió cuando me retiraba de su tumba en busca de la salida: vi pasar a un niño que no contaba con más de 12 años.

Arrastraba un morral que había preferido no llevar a cuestas. Repetía algún estribillo que no logré descifrar, pero su canto era alegre y contagioso.

Me estremeció ver tanta vida en un lugar que imaginaba, hasta entonces, reservado de manera casi exclusiva para los muertos. Me pregunté –inútil y tontamente– si a aquel niño no le daría miedo recorrer cada día ese callejón rodeado de tumbas para ir de la escuela a su casa. Fue allí, en Montparnasse, donde empecé a entender los cementerios como lugares de vida. Más que para los muertos que los habitan, y que suelen quedarse solos en las noches, son lugares para quienes visitan a los que se fueron. Y, sobre todo, lugares donde se rinde culto a esa máxima popular que encierra una de las verdades a las que, desafortunadamente, menos atención le ponemos: que lo único cierto en la vida es la muerte.

Por eso, porque son lugares de vida, me emociona saber que se han ido convirtiendo en epicentro de la actividad cultural. La artista Beatriz González –cuánta falta nos hacen otras cuantas como ella– realizó en el Cementerio Central el célebre proyecto ‘Auras anónimas’, para el cual intervino nueve mil bóvedas.

Y vida, vida en cantidades, es la que se respira en el Cementerio San Pedro, de Medellín, donde la agenda cultural es permanente y muy llamativa. Mañana, por ejemplo, allí sonará el réquiem de Mozart interpretado por la Filarmónica de Medellín. ¿En dónde mejor? Actividades como estas quizás nos vayan familiarizando con la muerte: para que algún día, antes del último, nos animemos a mirarla de frente.

fquiroz64@gmail.com

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