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Que Omaira nos ayude

Que Omaira nos ayude

El tiempo vuela. Ya se sienten los síntomas de la “sefuela”. Que se fue la juventud. No solo porque le comienzan a atraer a uno las de 50 o más, o porque las muchachas lo miran como a un bulto de papas, sin importarles las papas, y le dicen don, no en señal de respeto, sino de viejito. O porque ya se prefieren las pantuflas a los zapatos de baile, como dijo el poeta Eduardo Escobar. O comienza a apuntar todo, pues lo más que retiene es el nombre del urólogo. No retiene casi nada. Su canción favorita es “ay ‘chichí’, yo no soy de por aqu픒.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de noviembre 2010 , 12:00 a. m.

Pero hay hechos que nos marcan. A los que tenemos más de ticinco, jamás se nos puede olvidar la tragedia de Armero, ni esa niña de ojos negros, crespita, de una hermosa carita morena como era Omaira Sánchez. Con solo 13 años, le dio al mundo entero una lección de valor y serenidad ante la muerte, de amor a sus padres y a su hermano menor. Y de responsabilidad, porque se preocupó mucho, pues no podía presentar sus evaluaciones de sexto. Hoy hace 25 años tenía quiz de matemáticas. Pero una profesora en el cielo le puso cinco.

Fue mi primera llorada en serio por una niña. Así que no se las den otras que me han sacado alguna llovizna sentimental. Esas fueron lágrimas de “mocodrilo”. La que me ha partido el alma se llamaba Omaira Sánchez. El país, que vivía tremendas escenas de gente que salía de entre el lodo como autómatas, en la tragedia más grande que haya sufrido Colombia por la erupción del Nevado del Ruiz, durmió muy poco durante 60 horas esperando a que rescataran a la niña, con las piernas aprisionadas y con el agua hasta el mentón. Pocos entendimos cómo no llegaron en helicópteros no una, sino cinco motobombas. Nada se pudo hacer hasta que Omairita dijo “adiós, mamá”.

Se fue, junto con unos 23.000 muertos. Si el eructo del monstruo de las fumarolas no hubiera desbordado el río Lagunilla, Omaira, el 28 de agosto, habría cumplido 38 años. Y sería enfermera o médica, como quería. Pero es una santa. Y confiemos en que pueda ayudarnos a detener otras avalanchas que están acabando el país. Sobre todo a los niños.

Por ejemplo, ¿qué tal el sufrimiento de esa niña de 13 años, como Omaira, por el desbordamiento de unos soldados que la violaron parece que en fila militar y la mataron junto con sus dos hermanitos, producto de la erupción del volcán de la descomposición social y la pérdida de valores? La de Armero, se dice, era una tragedia anunciada. Pero ¿qué tal, Omaira, Ángel mío, esa tragedia anunciada de los paramilitares, por la erupción del volcán llamado las Convivir, que se desbordó por el país peor que el Lagunilla y se ha llevado a más de 30.000 vidas entre la lava de la brutalidad? ¿O la erupción de las Farc, que se ha llevado como 50.000 vidas y ha atrapado a miles de niños? En fosas comunes, que son tan comunes, hay más gente que en el viejo Armero. ¿Y los más de 4 millones de sobrevivientes que andan ya casi estigmatizados y sus propiedades se las está tragando el barro de la indiferencia? Pero algunos dicen que no hay plata para las motobombas sociales, que dejemos así, que, como tienen el agua al cuello, esperemos a que mueran de hipotermia.

Y eso es lo que a uno le emputermia. Y preocupa que la injusticia y la falta de humanidad nos lleven a que un día explote el volcán social y esa avalancha no la ataja nadie.

Hay mucho para contarle, Omaira. Se desbordó el río de la corrupción. Eso también estaba cantado. Pero el Gobierno pasado no quiso oír las alarmas, y a muchas instituciones las taparon el lodo y el dolo. Esperemos a ver qué puede hacer este Presidente, que anda con la motobomba de la unidad, unas locomotoras y un taladro destapando ollas podridas. Solo queda que usted, querida Omaira, pida a Dios que nos ayude y paren estos volcanes, pues el país parece enlodado.

luioch@eltiempo.com.co

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