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Siempreviva

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Yo no sé cómo hicimos para no llorar. Si uno se atrevía a hablarle al de la silla de al lado, si miraba de reojo a su vecino para ver si había visto todo eso que acababa de ocurrir, se daba cuenta de que también estaba tragándose las lágrimas. Eran las 6 de la tarde del pasado sábado 6 de noviembre en la librería del Fondo de Cultura. Se cumplían 25 años del holocausto del Palacio de Justicia. Y ahí, a solo dos cuadras de la escena del crimen, a unos pasos de esa plaza que es también un camposanto, habíamos sido testigos de una estremecedora lectura de la obra de teatro que no nos ha permitido olvidar lo que pasó: habíamos tenido la suerte de sentir, una vez más, el escalofrío justo que da La siempreviva.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de noviembre 2010 , 12:00 a. m.

Creo que, más que la lentitud con la que han ido llegando las condenas, lo que nos revuelve el estómago cuando pensamos en el tema es que ni los antiguos miembros del M-19 ni los responsables del Ejército ni el Presidente de turno han reconocido lo que sucedió a partir de las 11 de la mañana de ese sangriento miércoles 6 de noviembre de 1985. Por el coraje de los familiares de las víctimas, por la Comisión de la Verdad que se reunió hace cinco años, por los libros de Ana Carrigan, Germán Castro Caycedo, Ramón Jimeno, Adriana Echeverry y Ana María Hanssen, tenemos claro que tanto la toma como la retoma del Palacio de Justicia fueron en realidad una larga matanza, pero ninguno de los involucrados ha tenido la entereza de confesarlo mirándonos a la cara. Yo apuesto a que eso nos bastaría: que sería suficiente, para nosotros, que nos tuvieran respeto.

Y que por eso, porque no hemos sido reparados por quienes nos rompieron, porque los fantasmas de los desaparecidos no pueden dormir, porque quieren pasar por nosotros una página de nuestra historia que no hemos terminado de leer, es por lo que necesitamos tanto a La siempreviva: la literatura es el paso anterior a la justicia.

Miguel Torres escribió esa pieza maestra, La siempreviva, porque la indignación no lo dejaba en paz. La obra, el drama de seis personajes imborrables que esperan, en una pensión de La Candelaria, el improbable regreso de una muchacha desaparecida en la tragedia del Palacio, fue presentada seiscientas veces desde 1994 hasta el 2006. Sus actores la engrandecieron. Su público la convirtió en una dolorosa tradición que sucedía todos los noviembres, en Bogotá, en el patio de la casa en la calle 11 No. 2- 78. Pero hace cuatro años, cuando el teatro El Local, el grupo fundado por Torres, se vio en la necesidad de vender el sitio, se despidió de sus seguidores con cierto aire de misión cumplida, pero con la tristeza de quien deja atrás una vida.

Hasta el sábado pasado. Tragaluz, la editorial colombiana que nos ha devuelto el amor por los libros, publicó hace unas semanas una impecable versión del libreto de La siempreviva. Y, tanto para celebrar esa edición como para conmemorar los 25 años de la tragedia, Torres le pidió a su elenco de siempre que llevara a cabo una lectura pública de la obra. Y así fue. Y desde el comienzo de la lectura entendimos que estábamos viviendo un día de fondo. De nuevo nos sacudieron los noticieros de la época. Volvió a conmovernos la voz de Alfonso Reyes a punto de ser ejecutado. Y, al final, cuando la madre huérfana encarnada por Carmenza Gómez gritó otra vez: “¡Julieta no está muerta!, ¡nunca ha estado muerta!”, caímos en cuenta de que, gracias a La siempreviva todos perdimos a alguien adentro del Palacio de Justicia: a esa hija que no quiere morir.

Vino el silencio del final. Y yo no sé cómo hicimos para no llorar mientras aplaudíamos de pie a Miguel Torres, rodeado por sus estupendos actores, pero sé que lo aplaudimos como tarde o temprano se aplaude a un hombre bueno.

www.ricardosilvaromero.com

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