COMIDA EXTRATERRESTRE

COMIDA EXTRATERRESTRE

Dentro del universo de artículos sobre la reciente visita del empresario estadounidense Dennis Tito a la Estación Espacial Internacional, que lo convirtió en el primer turista sideral, muy pocos se ocuparon de un tema vital en cualquier viaje de placer: la comida.

10 de julio 2001 , 12:00 a.m.

Dentro del universo de artículos sobre la reciente visita del empresario estadounidense Dennis Tito a la Estación Espacial Internacional, que lo convirtió en el primer turista sideral, muy pocos se ocuparon de un tema vital en cualquier viaje de placer: la comida.

Sus primeras impresiones acerca de la falta de gravedad, así como la astronómica suma que debió pagar para convertirse en cosmonauta -entre otros asuntos-, terminaron por eclipsar los momentos en que el magnate tenía que atar una bandeja personal a su regazo y armarse de cuchara, tenedor y cuchillo para dar cuenta de unos alimentos recién rehidratados y calentados.

Aunque poco se habla al respecto, la alimentación y la nutrición han sido temas fundamentales en el desarrollo de la exploración del espacio.

La gastronomía espacial es tan antigua como los viajes más allá de la atmósfera terrestre. John Glenn, el primer estadounidense en el espacio (1962), inauguró la era de las comidas extraterrestres con los famosos tubos de aluminio llenos de alimentos semilíquidos.

Aparte de que el empaque se asociaba más con crema dental que con cualquier comestible terrícola, lo más desagradable era que esta suerte de papilla debía sorberse mediante una boquilla especial, que convertía la merienda en un proceso similar a tomarse una taza de crema de espinacas con un pitillo.

Los alimentos sólidos hicieron su aparición en la última etapa de este proyecto, en forma de pequeños cubos como de azúcar, que se rehidrataban con la saliva de los astronautas a medida que estos los mascaban.

Las pastillas estaban recubiertas por una gelatina que impedía la formación de boronas, las cuales podían dañar los equipos o ser inhaladas por los tripulantes luego de quedar en suspensión debido a la falta de gravedad.

La preparación para los viajes a la Luna presionó de tal manera el refinamiento de las técnicas de deshidratación y empaque de las comidas, que el menú de los vuelos Gemini (1965 y 1966) ya incluía platos como cocteles de camarones, carne sudada y pavo en su salsa.

Estas recetas eran preparadas y luego fileteadas, cortadas en dados o licuadas, según el caso. El siguiente paso era someterlas a baja presión y altas temperaturas, para remover únicamente el agua y conservar así los aceites esenciales y los sabores.

Lo que llegaba a manos del astronauta era una bolsa sintética, parecida a las de suero, con una boquilla en un extremo y una pequeña abertura en el otro. Por aquella se inyectaba agua con una pistola para rehidratar la comida, y por el otro lado salían desesperantes bocaditos, lentamente impulsados por la presión que el comensal ejercía sobre el paquete.

Las misiones Apollo no solo marcaron el rumbo para que el hombre llegara a la Luna (1969), sino que llevaron al espacio un elemento entrañable: la cuchara. La bolsa plástica y la pistola de agua se mantuvieron, pero el nuevo utensilio a bordo acercó las comidas siderales al ambiente de la Tierra.

Los astronautas de esta época fueron los primeros en disponer de agua caliente -que facilita el proceso de rehidratación y mejora el sabor de las comidas- y en disfrutar de las bolsas flexibles termoestabilizadas o wetpacks, cuyo contenido no requiere la adición de agua. En las naves Apollo se sirvió café, cereal, huevos revueltos, mantequilla de maní y espaguetis, entre otros.

Pero ninguna nave ha ofrecido una experiencia gastronómica más satisfactoria que Skylab, la primera estación espacial estadounidense (1973-1979). Como su área superaba por mucho la de los artefactos que la antecedieron, fue el primer local extraterrestre -y el único hasta ahora- en contar con mesa de comedor, congelador y nevera.

Pero quizás los elementos más amables eran unos platos-bandeja que calentaban la comida automáticamente, pues nunca antes llegó al espacio un dispositivo tan cercano a la estufa.

Los tres tripulantes pasaban a manteles, se aseguraban los pies para no flotar por el recinto y despachaban algunas de las 72 opciones disponibles, a punta de cuchara, tenedor, cuchillo... y tijeras. Aún hoy, cualquier astronauta en sus cabales confirmará que siempre tiene unas a la mano, pues de otra manera sería prácticamente imposible abrir los plásticos y comer.

Los orgullos más recientes de Estados Unidos y Rusia en su carrera espacial, el transbordador espacial y la estación MIR -respectivamente- no ofrecieron grandes novedades.

La nave recuperable de los norteamericanos eliminó la mesa por motivos de espacio, mientras que la diferencia más notable entre la estación rusa -destruida el 23 de marzo pasado, después de 15 años de servicio- y la Skylab fue el intercambio gastronómico que se dio en aquella, gracias a las misiones compartidas por las dos grandes potencias.

UNA COLOMBIANA METE LA CUCHARADA.

La próxima frontera en el campo de la alimentación fuera de la Tierra es la Estación Espacial Internacional (ISS), que será terminada en el 2004, año a partir del cual será habitada permanentemente por tripulaciones de siete miembros.

Casi todo el complejo estará enfocado hacia la realización de experimentos, mientras que una parte mínima del espacio se dedicará a los inquilinos y a sus necesidades humanas. Esto hace que el diseño y la ingeniería tengan que unirse, en busca de ambientes que funcionen como un reloj suizo, pero que al mismo tiempo se perciban como un hogar.

Un ejemplo de esta unión es el proyecto para construir el refrigerador/congelador del módulo habitacional, liderado por las compañías europeas Ferrari, Astrium -fusión de Daimler Chrysler Aerospace y Matra Marconi Space- y el estudio de diseño No Picnic.

Una diseñadora colombiana, Margarita Matiz Bergfeldt, es la encargada de humanizar un aparato tan frío como una nevera espacial. Su trabajo estético se ha unido a los conocimientos técnicos de los ingenieros para crear un modelo del que habrá solo 10 copias: tres en órbita, tres en el transbordador, tres en tierra para acondicionamiento y uno de repuesto.

La producción de los aparatos, que alojarán más de 300 alimentos diferentes, comenzará el año entrante. La labor de Matiz en No Picnic, supervisada por la Agencia Espacial Europea (ESA), incluye el diseño de nuevos empaques para las comidas.

FOTO/Camilo Matiz Ovalle.

Margarita Matiz, diseñadora de la nevera para la ISS

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