LA CARTA

LA CARTA

Constitución es una palabra aguda - o grave?- que tiene en el diccionario diversas acepciones. Según la 4, es la ley fundamental de un Estado; de conformidad con la 8, es la naturaleza o manera de ser de un individuo.

11 de julio 2001 , 12:00 a.m.

Constitución es una palabra aguda - o grave?- que tiene en el diccionario diversas acepciones. Según la 4, es la ley fundamental de un Estado; de conformidad con la 8, es la naturaleza o manera de ser de un individuo.

La calidad de una sociedad no depende de lo que dice su Constitución sino de lo que hacen las personas que la componen. La Constitución nuestra, por ejemplo, dice en su artículo 13 que todos los colombianos somos libres, pero eso no es óbice para que en este país ocurran 10 secuestros diarios. El artículo 11 dispone que el derecho a la vida es inviolable, pero eso no impide que aquí se cometan, diariamente, 70 homicidios. El artículo 24 establece que todos podemos circular libremente por el territorio nacional, pero la verdad es que las carreteras colombianas, a pesar de que las pavimenten, son intransitables. El artículo 2 dispone que las autoridades de la República están instituidas para protegernos, pero lo cierto es que ni ellas mismas se pueden proteger.

Lo que afecta nuestra vida diaria no son los artículos de la Carta sino el comportamiento real de nuestros conciudadanos, de tal manera que lo que hay que reformar no es la Constitución Nacional sino la constitución personal del homo colombianus . Es más fácil, desde luego, modificar el librito, porque reformar la conducta de nuestra gente supone revolucionar nuestro sistema educativo e implantar un proceso de formación integral que se inicia, según Sócrates, una generación antes de que el individuo nazca.

El secuestrador, el homicida y el ladrón son el resultado final de una o de varias fallas sustanciales en una o varias etapas de su proceso de formación. Las personas bien formadas que no pueden confundirse con las bien informadas no secuestran, no matan, ni se quedan con unos centímetros del Metro de Medellín. Pero esta revolución supone un desarrollo en el largo plazo, un plazo que no cabe en los 3 ó 4 años que nuestros mandatarios tienen para registrarse en la inmortalidad.

De qué sirve cambiar la partitura, si al director se le perdió la batuta y los músicos tocan contrabajo? Es mejor un juez bueno con un código malo que un juez malo con un código bueno, pero seguimos concentrados en el librito, como si en él estuviera la solución.

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