BÁRBARA FORERO

BÁRBARA FORERO

El corregidor de Zipaquirá, que había venido de San Gil a Santa Fe en aquellos dichosos años de la Ilustración, llevaba en la cabeza la carga escondida de la revolución. Era una bomba de tiempo que solo podía sostener en sus manos una mujer, una casada infiel, enamorada de audacias tan grandes como las suyas. Solo podía sostenerlas Bárbara Forero, con quien tenía relaciones prohibidas el corregidor.

24 de junio 1996 , 12:00 a.m.

En sus coloquios secretos, Bárbara oía embelesada los proyectos de Pedro Fermín de Vargas. El corregidor había soñado en la sublevación del Nuevo Reino como si hubieran prendido en él los discursos que, en París, pronunciaban quienes estaban acaudillando las ya enardecidas gentes que iban a cortar con la guillotina las cabezas de Luis XVI y María Antonieta. Pedro Fermín, viajando por las montañas del Socorro y viniendo a Santa Fe, cabalgando y cabalgando, ya veía prendido el Nuevo Reino en una revolución que se llevara de calle a las autoridades españolas, e imaginaba una república que le diera a la nueva generación granadina poder suficiente para, sobre las ruinas de un virreinato que pensaba destruir, edificar una nación de gente liberada como se había hecho en la América de Washington para construir la república de Jefferson.

Bárbara, alta, delgada o cenceña, pecosa, ojinegra, cejinegra, nariz afilada, pelo castaño , vibraba de entusiasmo al oír de Pedro Fermín, en noches de íntima confidencia, sus proyectos. Pensaba el hombre venido de San Gil cruzar el mar, llegar al París de la revolución, a través de las logias relacionarse con ingleses que pudieran interesarse en llevar a las colonias españolas la misma revolución que habían hecho ellos con Washington para sacar en Filadelfia la república que don Pedro Fermín soñaba para su propia tierra. Locura semejante solo podía prender en el alma de aquella casada infiel. De esos coloquios tenía que salir lo que al final salió.

Por el momento, que Pedro Fermín viajara sigilosamente por los llanos orientales, se embarcara para Francia, estableciera contactos con los revolucionarios, con los ingleses que verían con buenos ojos derrumbarse en América el Imperio Español como ya se había derrumbado el suyo. Bárbara Forero, en intimidad conspiradora, hablaba de todo esto con Pedro Fermín y fue creciendo un amor en que iban quemándose las leyes de España y naciendo ejércitos imaginarios con tropas de campesinos alucinados y mujeres que los acompañaran en una marcha de la escondida rebeldía que estaban descubriendo Pedro Fermín y Bárbara Forero.

Pedro Fermín era la pasión ilustrada. Soñaba con un posible canal que la república construiría enlazando el Pacífico y el Atlántico y colocando una república nueva al frente de ese camino de agua por donde veía ya transitar las naves que, pasando por América, unirían a Europa con el Asia. No era extraña a sus sueños ninguna audacia en una América que, donde primero encontró una resonancia nacida del amor, fue en Bárbara Forero. Pedro Fermín, estudioso, conocedor de su tierra, visionario de América, había visto surgir, de trece pequeños estados del Norte, una federación que empezaba a ser el asombro de las naciones. Por qué no provocar lo mismo en este Nuevo Reino colocado por la naturaleza en el lugar preciso donde las dos Américas se enlazaban por una angosta faja de tierra y los dos grandes mares estaban tan cerca el uno del otro que bastaba abrir una zanja para que las naves de todo el mundo circularan en lo que sería la ruta del comercio mundial? El plan de Pedro Fermín, que en el fondo solo conocían él y Bárbara Forero, fue una trama íntima que empezó a desenvolverse a la velocidad que toman las empresas empujadas por el amor. Pedro Fermín preparó su fuga a través de los Llanos. Bárbara lo acompañaría trasmontando la cordillera hasta dejarlo ya encaminado para tomar la nave que lo llevara al puerto francés. El plan fue desenvolviéndose veloz. Ya los amores del corregidor y Bárbara eran notorios y el chisme no solo circulaba por toda la ciudad del oro blanco sino que era el plato del día en Santa Fe.

Los caballos que tenía para la fuga el corregidor, que en uso de una licencia saldría por dos meses para un descanso que encontró muy merecido el virreinato, parecían estar esperando a Pedro Fermín y a Bárbara, ya listos para escapar. Y así salieron los enamorados, uno de otro y ambos de la revolución por el camino de Ubaque y de Cáqueza y fueron a parar a los Llanos. Ya en esa extensión, donde la bola del sol en el crepúsculo rueda como un balón de fuego, la casada infiel y Pedro Fermín se despiden, Bárbara retorna a Santa Fe y Pedro Fermín, alejándose cada vez más de la ciudad del virrey, cruza el Atlántico y llega a París.

El relato que sigue está todo hecho sobre el libro Pedro Fermín de Vargas - Biografía de un precursor, de Roberto M. Tisnez. Un libro que podría servir como introducción a la república que comienza más con este episodio que con el florero de Morales y Llorente.

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