COLOMBIA EN EL DIVÁN

COLOMBIA EN EL DIVÁN

Somos un país que se desprecia a sí mismo?

23 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Un andrajoso gamín sin objetivo y solo, vagaba por aquel lugar vacío, un ave voló a resguardarse de su bien apuntada piedra: que las muchachas sean violadas, que dos muchachos apuñalen a un tercero, eran axiomas para él, que jamás había oído hablar de ningún mundo en el que las promesas se cumplieran o en el que uno pudiera sollozar porque sollozara otra persona . (W.H. Auden) No es difícil iniciar el diagnóstico de los problemas de Colombia. Una primera comprobación se impone: nos hemos convertido en la nación más violenta del mundo. Tenemos una tasa de homicidios por lo menos diez veces más grande que la de Estados Unidos, que es un país excesivamente violento. La violencia se manifiesta en todas las formas: homicidios, secuestros, maltratados hogareños, violaciones, violencia verbal, robos de lo público y lo privado, destrucción irracional de bienes. Cada rato la prensa nos da algún ejemplo del nivel al que ha llegado el irrespeto a los demás: para mencionar un solo ejemplo, cualquier accidente aéreo, en cualquier parte del país, lleva al sórdido espectáculo de saqueo a los muertos. Estamos inmersos hasta tal punto en la violencia, que nos acostumbramos a muchas de sus manifestaciones, a menos que nos afecten en forma muy cercana. La prensa no se conmueve sino si la víctima de un homicidio o secuestro hace parte del círculo más inmediato de poder, o si, como ocurre cuando la guerrilla asesina policías, puede sacar algún beneficio político del hecho. Los demás, los miles de muertos de cada mes, no existen ni siquiera el día en que los matan.

Otra manera de decir lo anterior es que no se respetan las normas. Casi todos los colombianos las violan tranquilamente, al menos cuando creen que nadie va a advertirlo o sancionarlo: evadimos el pago de impuestos, nos pasamos los semáforos, negociamos con los delincuentes, superamos los topes legales de las campañas. La ley, lo sabemos, está hecha para saltársela. Si alguien protesta, criticamos su moralismo, o atribuimos su protesta a motivos ilegítimos o egoístas, porque, como ya no tenemos una experiencia personal de ello, no creemos que nadie pueda actuar por una razón diferente de su interés propio. Ni que fuéramos tan pendejos! Hemos vuelto a algo muy parecido a la ley de la selva, en donde lo único que frena al otro es el temor a la venganza o la retaliación.

Por otra parte, las cosas que queremos en la vida se reducen cada vez más. El consumo de bienes parece ser el único objetivo de la vida, la única fuente de satisfacción. Los niños crecen, como en casi todo el mundo moderno, en una sociedad en la que el mensaje principal es que la felicidad es el consumo, y el consumo se logra con dinero. Pero como entre nosotros se ha roto el valor propio de la norma, el dinero puede lograrse de cualquier manera: trabajando, si acaso, o vendiendo droga, o negociando con los delincuentes, o incluso con la violencia. Ya empieza a repetirse el caso de niños y adolescentes que atracan para conseguir los tenis de marca que los obsesionan.

Pero el aumento en el consumo no parece hacer más felices a los colombianos, que en su mayoría viven angustiados, insatisfechos, asediados por la inseguridad o la pobreza. Los grandes problemas del país los resuelve una minoría, a espaldas de lo que llaman el pueblo, como lo han resuelto siempre en nuestra historia. Y el pueblo vive sin esperanzas, convencido de su impotencia, sin conciencia de que tenga derechos. No tiene opinión sobre los destinos del país, no vota o vota por agradecer un pequeño servicio de los caciques que lo manipulan, sin creer que lo que haga pueda tener alguna influencia sobre la vida de los demás. En la desesperanza, pierde interés el futuro: los niños y adolescentes, pero también los adultos, se refugian en el presente. No vale la pena esforzarse, sacrificarse hoy, estudiar con disciplina: no es mucho lo que se logra, y en todo caso, como le escuchaba a un paciente de ocho años: para qué me pongo a estudiar, si de todos modos nos van a matar a todos? .

Este dramático cuadro, que negamos con mecanismos de defensa muy obvios la reiteración del triunfo de algún colombiano en el exterior, la acusación de que nuestros problemas de imagen obedecen a la maldad de los otros puede tener parecidos con la situación de otros países de similar desarrollo. Pero, qué hace que países con problemas de pobreza muy similares pensemos en Perú o en Bolivia, o en México, para aludir a ejemplos muy cercanos no tengan ni de lejos nuestra violencia? El psicoanálisis permite solo algunas hipótesis indemostrables: no puede ponerse a un país en el diván para analizar sus experiencias exhaustivamente. Me atrevo a sugerir una explicación.

País de cafres? Los colombianos surgimos de una experiencia traumática: somos descendientes de la violación de la indígena por el español. Nuestro mestizaje, más general que el de países donde la presencia indígena es mayor y la confrontación entre blanco e indio es más abierta, nos coloca en una situación ambigua y desgarrada: somos herederos del violador y de su víctima. Por la historia de dominación del blanco, por el poder de la cultura europea, por muchas otras razones, acabamos valorando lo blanco identificados con el violador, y despreciando lo indígena o lo negro. Pero lo indígena o lo negro no está afuera, no es otro grupo social, otra clase: es algo que llevamos dentro, que sabemos que tenemos, pero que negamos obsesivamente. Las gentes de buena familia, que imponen los valores sociales, se han encargado de pagar a los genealogistas para que los blanqueen, de buscar parejas más blancas para sus hijos e hijas, de rechazar lo que les parece una deshonra. Esto produce una pérdida de identidad, una ausencia de seguridad personal, una necesidad de confirmación continua del yo. Una forma usual de buscar esta confirmación es tratar de negar en uno mismo lo que atribuye al otro como motivo de desprecio: los colombianos insultan a su prójimo llamándolo indio o negro , a veces con el inevitable y psicológicamente muy elocuente, adjetivo adicional: indio o negro hp...

Por algo Fernando González nos atribuía desde 1930 lo que él llamaba el complejo de hp... , que nos obligaba a insistir en los dos apellidos, ojalá separados por un de o un y. Pero en ese momento no se dan cuenta de que se insultan a sí mismos: somos la única nación que tiene como el peor insulto algo que es un rasgo característico de cada uno de nosotros. Y lo que esto muestra es que al insultar al otro nos insultamos a nosotros mismos: nos consideramos inferiores, y la agresividad y el resentimiento contra uno mismo se vuelve hacia el exterior, se proyecta al otro, se vuelve desprecio, agresividad y finalmente violencia: somos capaces de matar al próximo, de no respetarlo como humano, porque no nos respetamos ni valoramos a nosotros mismos. La violencia colombiana, notable por su sevicia, por la transgresión de fronteras hacia lo inhumano (el corte de franela, la violencia contra niños y mujeres) tiene un elemento que hace pensar que antes de matar al otro hay que humillarlo, anularlo, definirlo como no-humano.

Si a lo anterior se suman casi 500 años de una historia en la que una pequeña minoría, identificada con lo blanco, ha oprimido y violentado la población, le ha reiterado que carece de derechos, nos ha enseñado a pensar que somos un país de cafres, ha hecho todo lo posible para mantenerlos en su puesto, para que no sean alzados, es fácil entender esa caldera hirviendo de resentimiento y de fácil explosión en que se han convertido los colombianos, incapaces de toda oposición organizada, de todo proyecto de largo plazo, pero siempre listos a explotar en la balacera, la pedrea, la asonada o la masacre. Los colombianos no solo han sido, como tantos otros pueblos, oprimidos por quienes los desprecian: aprendieron a compartir el desprecio de sus amos y todo lo que hacen es para negar sus propios orígenes.

Es fácil ampliar estas especulaciones, aunque difícil convertirlas en un análisis exhaustivo. Un pueblo que se desprecia a sí mismo genera esa ambigua relación que tiene con sus autoridades: las desprecia, cree que están conformadas por ladrones y bandid os, pero sigue eligiendo sumisamente a quienes lo explotan y roban, y no tiene inconveniente en afirmar en las encuestas que cree que su presidente delinquió pero que debe seguir gobernándolo.

Podría preguntarse algo por la experiencia de países tan mestizos como el nuestro. México es un buen ejemplo de la diferencia con Colombia: a pesar de los rasgos de malinchismo analizados por Octavio Paz, uno queda con la sensación de que el mexicano ha sido capaz de convertir lo indígena en motivo de orgullo, así tienda, como colonizado, a mantener ese orgullo en el terreno verbal y a tratar de entapizar su blancura personal: su mensaje es usualmente yo no soy tan indio como puedo parecer, pero México es un gran país porque somos indios . El mensaje implícito del colombiano es todos somos una lacra, porque no somos rubios y zarcos, como el Corazón de Jesús. Por supuesto, hay procesos sociales o psicológicos que van contra esto, pero son aislados o minoritarios: los indios, después de la Constitución de 1991, han servido para que los colombianos reciten, y quizás comiencen a interiorizar un nuevo evangelio de aceptación de la igualdad y de respeto a la pluralidad. Las mujeres, y otros grupos tradicionalmente oprimidos o invisibles, descubren que tienen derechos y los reivindican con energía. Pero en el contexto de frustración colombiano, hasta las reivindicaciones más justas parecen condenadas a convertirse en parte de un discurso de violencia consciente o inconsciente: nadie cree que sus derechos vayan a ser reconocidos, a menos que arranque ese reconocimiento con violencia.

No tiene nada de extraño que sea así: quien ha aprendido que se le imponen las cosas con la violencia, no sabe hacer otra cosa que usarla para lograr la pequeña o gran reivindicación, liberación o autoafirmación que vislumbra: como lo dice W.H. Auden, pero no quieren saberlo los dirigentes colombianos: Yo y el público sabemos lo que todo escolar aprende: aquellos a quienes se hace daño, hacen daño a cambio .

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