Victorias de niños guerreros

Victorias de niños guerreros

Carmen aún sueña con los muertos que cayeron tras los disparos de su fusil; Papo, a sus 14 años –seis en la guerrilla–, no sabe cuál es su verdadero nombre; Maribel se fue para las autodefensas tras el abandono de su madre y se convirtió en una guerrera indolente.

29 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Son algunos de los testimonios de niños que fueron reclutados por la guerrilla o por los paramilitares y que lograron huir de la guerra en la que perdieron la inocencia. Después de desvincularse, llegaron a hogares de protección del Estado donde encontraron manos amigas y proyectos de vida.

Los relatos aparecen en el libro Victorias de la paz, escrito por el periodista Ernesto McCausland y editado por la Vicepresidencia de la República, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Organización Internacional para las Migraciones, OIM.

El libro, aunque no se va a comercializar, estará publicado en línea en la página de la Organización, (www.oim.org.co) en versión pdf en español, inglés y francés.

Del monte, al diseño gráfico.

Un mediodía, cuando tenía nueve años, mientras se bañaba en el río con su tío, un duende travieso se les apareció junto al piñal. Era un hombrecillo juguetón. La niña no se asustó, pero el tío, que ni siquiera tenía 15 años, tomó su rifle y lo espantó a balazos.

Su madre la había abandonado cuando era una niña de brazos, dejándola al cuidado de su abuelo, un hombre recio que se dedicaba al cultivo de la coca, amigo y socio de los paramilitares de la zona.

Cuando cumplió nueve años, su madre llegó por sorpresa a la finca. Tenía un nuevo marido. Pese al rencor que sentía hacia ella, Maribel intentó una reconciliación. Pero muy pronto el rencor volvería. En varias ocasiones el padrastro intentó manosearla. La niña le contó a la madre y esta le dio la razón al padrastro, llegando al extremo de sentir celos hacia su propia hija.

Entonces, Maribel hizo lo que ya venía meditando: en compañía de uno de sus primos, de su misma edad, 10 años, se unió a la autodefensa.

Sus entrenamientos duraron nueve meses, con dos pruebas finales: matar a un gallinazo, descabezarlo, recoger la sangre en un vaso y bebérsela toda; y luego recibir pólvora en los ojos, una acción irritante que demandaba la aplicación inmediata de zumo de limón para recuperar la nitidez de la visión. A los jefes quedó claro que la niña ‘prometía’. La experiencia, además de convertirse en su iniciación a los más pavorosos rituales, le enseñó a ser violentamente descarnada.

Fue transformándose de niña a mujer. A los catorce años le delegaron una misión. Uno de los jóvenes combatientes se había escapado; estaba en un hogar del Bienestar Familiar. Tenía que hacerse pasar por desvinculada y matarlo. Pero allí cambió de rumbo, tras hablar con una psicóloga, y decidió huir de la guerra.

Desde su desvinculación ha tomado cursos sobre derechos humanos, salud sexual y reproductiva y primeros auxilios. También ha aprendido música rap, fotografía, teatro y video. En esta última disciplina fue parte de un grupo de jóvenes desvinculados que elaboró el documental Laberintos sin ventanas, cuya principal conclusión –relata– es que “no se requiere ser parte de un grupo armado para ser alguien”.

Está a punto de culminar estudios de diseño gráfico y vive en un hogar tutor, donde ha encontrado una familia, incluyendo una tutora maternal que le prodiga fuertes abrazos y la insta a seguirse superando. Hoy, Maribel ha hecho significativos avances en el control de su propia ira, al tiempo que mantiene excelentes relaciones con su madre.

No es una niña tierna. En sus ojos cunde el recelo, y su figura magra y esbelta parece siempre dispuesta a saltar y salir corriendo. Pero exhibe al mismo tiempo una arrolladora disposición hacia el futuro, hacia los retos que la vida civil le va planteando.

El teatro ahora es su conflicto.

‘El Canario’ había entendido que afuera la vida le esperaba, que a los 18 años le sobra tiempo para emprender otras cosas: un proyecto en el campo, una carrera como compositor, una tienda bien surtida, muchas obras de teatro. Saltó a la calle como una encarnación de su apodo; algo distinto al Chocó marginal, el lugar donde esta historia comenzó y a donde llegaron ‘Los Benkos’. Eran cuatreros y robaban ganado. Tenía 7 años. Pronto, llegaron los paramilitares, la hora en que el bloque Calima se propuso acabarlos.

Y cuando los espantaron y mientras los ganaderos celebraban la paz, buscaron qué hacer: armaron una guerra contra la guerrilla. Sólo que en esa zona no había guerrilla y pelearon contra enemigo imaginario. ‘El Canario’, ya con diez años, los vio llegar una madrugada a la pequeña finca de la familia, sacar de la cama a uno de sus tíos, conducirlo al patíbulo improvisado de una cancha de fútbol, amarrarlo a un palo y ejecutarlo de veinte balazos, bajo la acusación de ser informante de la guerrilla.

Dejando atrás sus tierras, fue a parar con su familia donde un familiar.

Hasta allí llegaron los tentáculos de la autodefensa y ‘el Canario’ tuvo siempre la certeza de que tarde o temprano se aparecerían.

Y así fue. Un día se aparecieron y la familia huyó de allí. Pocos días después, tomó la determinación de regresar solo al Chocó. Así conoció a un joven que le ofreció irse con la guerrilla, asegurándole que allí le pagarían $550.000 mensuales. Ya en la guerrilla le dijeron: “No hay sueldo, lo tomas o lo dejas”.

A él, le bastó acordarse de su tío moribundo. La memoria fue su motivación.

Así se volvió guerrillero.

Recuerda momentos de momentos, no solamente las aventuras con tulas de dinero como parte de la comisión de finanzas de la guerrilla, sino también combates, ataques a pueblos, a un pueblo en plenas fiestas.

Mientras apretaba el fierro, a la espera de una orden superior que no quería oír, lloró en silencio. Entonces se escuchó la voz del comandante: “¡Prendan eso!”. Cruzaron el río y procedieron a despedazar aquel cuadro primitivista.

Ahora, cuando su apuesta es por la paz, al mirar a su alrededor ‘El Canario’ ya no ve camuflados y fusiles, sino manos extendidas que emprenden la misión de explicarle el designio sagrado de la nueva vida, ésa que escogió cuando decidió entregarse, la noche de Luna creciente en que corrió hacia el final de la desventura

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