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Lo único sagrado es el sacro

Lo único sagrado es el sacro

Por supuesto que tenemos que explotar las minas, de oro, de platino, de cobre, de lo que sea. Pero explotar no es acabar con todo, “con el nido y la perra” como decimos familiarmente. Después de nosotros, no viene el diluvio; “nuestra” tierra no es de nosotros, es de nuestros hijos. Los locos no somos los que defendemos los recursos naturales y el agua. Todo lo contrario.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

El país no tiene con qué pagar a todos los que están salvando el agua, por ejemplo. A campesinos, a finqueros respetuosos, a hacendados inteligentes y decentes, a ecologistas, a los Parques Nacionales Naturales, a personas naturales, a las reservas privadas, a algunas fundaciones, no todas por desgracia. Los locos y desadaptados son todos los que quieren un desarrollo desaforado, que acabe con los recursos naturales.

Esto asentado, sigamos. Explotemos el oro y los minerales, pero respetando los páramos, los ríos, los bosques, los Parques Nacionales, las reservas naturales, las selvas húmedas. Los páramos son sagrados para la Constitución colombiana, que a la larga, realmente, es una serie de papeles encuadernados que resisten con todo y de los que todos se burlan, empezando por los políticos y por el propio Gobierno. Sí, los páramos deben ser sagrados, aunque está visto que en Colombia lo único sagrado lo tenemos atrás, esas dos bolsas carnosas sobre las que nos sentamos. ¿Por allí no queda precisamente lo que llaman el sacro? Como por estos lares la corrupción es la única palabra que se puede escribir sin tenerle que añadir el adjetivo “presunto”, uno podría preguntarse si las grandes compañías reparten dinero para que las dejen operar impunemente en bosques y páramos. Deben el nuevo gobierno y los legisladores poner en cintura no solo a las grandes compañías, sino a los pequeños mineros, para que ejerzan su trabajo sin perjuicio del medio ambiente, regulando, por ejemplo, el uso de venenos como los cianuros y el mercurio. Siento inmenso dolor por la selva amazónica porque, además de la coca y de los venenos que le son anexos, ahora debe recibir todos los que conlleva la minería, pues se ha descubierto que los ríos de la manigua arrastran oro.

Algunos defensores a ultranza de la minería exponen argumentos que no solo son peregrinos, sino verdaderamente ridículos: que con el oro que explotemos podemos reforestar. Vaya idea más imbécil: destruir para volver a construir, con el agravante de que las reforestaciones que se hacen son homogéneas y que las verdaderas fábricas de agua son los bosques nativos, cuyo crecimiento es muy lento, demasiado lento, y con todo el oro del mundo no se vuelven a poblar nuestras montañas de bosques bienhechores .

Es muy fácil destruir un páramo como hace la minería en Santurbán. Pero vaya usted a regenerarlo. Se necesitan decenas, decenas y decenas de años. Así, pues, ahórrense los insultos con que nos agradecen “los mineristas” alocados y más bien dedíquense a explotar y a producir riqueza respetando el medio ambiente.

* * * * Nada que ver con lo anterior, o tal vez sí. Hermoso libro, cargado de sabias enseñanzas, el que han publicado Roberto Santos y Fabio Mejía, con el título de Mensajes de la Madre Tierra en territorio muisca. Son las palabras de vida y respeto a la Tierra en los lugares sagrados de Cundinamarca, dichos por los mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta. “El agua es sangre de la Tierra. La humanidad debe reflexionar sobre cómo se puede sostener la naturaleza y el equilibrio del mundo.” Palabra de los mamos, palabra sacra

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