HISTORIAS DEL CUIDANDERO DE CEMENTERIO EN BARRANQUILLA Jairo y Carmen tienen su ‘casa’ entre 500 muertos

HISTORIAS DEL CUIDANDERO DE CEMENTERIO EN BARRANQUILLA Jairo y Carmen tienen su ‘casa’ entre 500 muertos

22 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

ANDRÉS ARTUZ CORRESPONSAL DE ELTIEMPO BARRANQUILLA A Jairo Viloria, un barranquillero de 58 años, le causan más temor las personas vivas que las muertas. Vive desde hace casi tres décadas en el Cementerio de la Inmaculada Concepción, en el barrio Siape, del norte de Barranquilla.

Un tenderete en el que cuelga ropa que se seca al sol, una batea improvisada, así como una estrecha habitación dotada con nevera, cama y un baño se confunden entre las más de 500 bóvedas que existen en el campo santo donde vive con su esposa Carmen González y ‘Tommy’, el perro mascota de la pareja.

Su presencia entre los muertos fue un azar de la vida: Jairo es el celador, sepulturero, fabricante de bóvedas y nichos, así como el aseador del cementerio, oficios que aprendió con el pasar del tiempo cuando en 1982 le ofrecieron ser el cuidandero del lugar, con el compromiso de que si pasaba los tres meses de prueba comenzarían a pagarle.

Sostiene que la plata nunca llegó, pero los años sí pasaron para Jairo y su mujer conviviendo de cerca con la muerte. “Los muertos son mis amigos y sin ellos no sé qué sería de mi vida porque son mi compañía y me cuidan de cerca”, asegura para luego mojar su garganta con un trago corto de aguardiente.

Su esposa se dedica a las labores domésticas que se realizan en cualquier vivienda, mientras Jairo, palustre en mano, le da los últimos retoques a la bóveda de un nuevo miembro de la familia de los muertos que acaba de visitarlos.

Es un día soleado que de un momento a otro se puede dañar por la aparición de nubes negras. Se avecina la lluvia y ‘Tommy’ se resguarda en una bóveda a la espera de otro que pasó a mejor vida. Viloria no se cambia por nadie, porque aunque parezca cruel, es la muerte la que le da de comer. Si no hay muertos, no tiene trabajo y ya van dos en este mes, cifra que, aunque no le representa cuantiosos dividendos, sigue siendo mejor que nada.

“Acá, nadie nos paga a pesar de los servicios que prestamos. Sólo si llegan uno o dos ‘muerticos’, se compone el mes, pero mientras tanto pasamos trabajos”, explicó.

Por lo pronto se conforma con los cinco mil pesos diarios que, en promedio, se gana con su oficio.

Muy cerca de Jairo también están en bóvedas los restos de sus dos abuelos maternos, su madre, tres tías, un tío y hasta un primo hermano. “Estoy muy pendiente de ellos y cuando puedo les cambio las lápidas por uno más bonita.

Fue duro sepultarlos y tenerlos aquí mismo”, manifestó.

El veterano sepulturero dice que no hay fantasmas, pero que en una ocasión alcanzó a preocuparse porque las bancas de la funeraria se movían sin razón alguna.

Sin embargo, sus ojos han visto que sean los vivos los que les quieran hacer una mala jugada a los muertos al profanar las tumbas para actos satánicos.

Jairo tiene que estar pendiente de que nadie entre a robar ni a hacer cosas indebidas.

Jairo y su esposa son conocidos por todos en el sector y quienes tienen sus muertos en ese cementerio sepultados confían en que los cuida una persona seria y responsable.Jairo quisiera una casa común y corriente así eso le signifique tener que abandonar a sus muertos del alma.

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