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Oda a Catherine Millet

Oda a Catherine Millet

Me la imagino a los 18 años perdiendo la virginidad, exaltada, sorprendida del elíxir que alimentaba el nicho de sus piernas. “De humedad salina y blanca”, pensaría. Fue una revelación que la llevó a zambullirse con su cuerpo y su inteligencia en la libertad del placer. Era precoz de pensamiento y de hecho.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

La revolución del 68 en París la acogió en sus esplendorosos 20 años. Desechó los amarrajes lacerantes de la Iglesia católica. En su vocabulario, el verbo fornicar no era un mandamiento prohibido, sino una necesidad metafísica, una culebra loca vibrando dentro de sí.

Se declaró libertina, abandonada a su propio albedrío. Eso le dio la vocación de ser ella. Si la abordaban súbitamente, la voluptuosidad era mayor. Practicaba el sexo en grupo, sin prejuicios ni vergüenzas, como algunas tribus antiguas. En la multitud se escondía y saciaba: “Entre la ansiedad previa y la fatiga que sigue, no se tiene conciencia de la propia extenuación”. Entregaba sobria su desnudez: su droga era el sexo, el peyote del sexo.

Si más gente tirara el amor como ella, el mundo sería más feliz, efímero, orgásmico, pero más feliz. En una aldea global de falsas patrañas, de conductas comunes y muerte aquí y allá, su elección era brillante, seminal.

Su cuerpo fue el laboratorio de sus pesquisas. De sus flexibles posturas y felaciones sagradas creó un ritual de la carne. Activa, promiscua, lo disfrutaba. Su memoria, más que rostros y nombres, retrataba instantes que la degradaban y enaltecían. Interpretaba dialécticamente sus actos. Nunca perdió los estribos, porque creía en lo que hacía: devorarse el placer. Que se hundieran en ella; ser la fuente de ese estallido borraba su timidez social y engrandecía su sed interior. En el coito halló el paraíso, la repetición, el desasosiego, a tal punto, que algunos tontos convencionalismos la tildaron de mujer pornográfica, ramera, pero ella mantuvo vehemente la dirección infinita de sus sentidos.

Se echó muchos polvos y bendijo a una corte innumerable de miembros erectos, que encontraron la dicha fugaz habitando las húmedas cavernas de su ser. A los 52 años decidió contarse en La vida sexual de Catherine M. (invitada a la Feria del Libro de Bogotá), y con nombre propio desplegó su cuerpo en el papel, reafirmándose en su sexualidad y su feminidad, que también nos pertenece, quitándole los velos a un tabú que, como un oscuro objeto del deseo, se nos aparece sin piedad en cada esquina. Gracias, Catherine, estamos lejos de tu osadía, pero aceptamos casi de rodillas el eco implacable de tus plegarias.

LOPJUA

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