La macroeconomía, en la luna de miel

La macroeconomía, en la luna de miel

20 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Estamos en plena luna de miel, pero ya el “equipo de ensueño” principia a mostrar el cobre. El Ministro de Agricultura, por ejemplo, ha defraudado a quienes esperaban un cambio drástico de la política agropecuaria porque su primera medida ha sido conservar el notorio programa de Agro Ingreso Seguro, con el argumento de que se va a excluir a los grandes propietarios. En el programa original se le daba preferencia al pequeño productor, pero los grandes burlaron la norma y se fraccionaron para convertirse en beneficiarios. Para ese fraccionamiento tuvieron que utilizar a toda la parentela, hasta a las novias de los hijos, y fue así como resultó como beneficiaria una reina de belleza, que fue lo que detonó el escándalo. La reina devolvió la plata, mostrando que su carácter le hace juego a su belleza, pero hasta ahí llegaron los correctivos, porque el gobierno anterior resolvió echarle tierra al asunto culpando de todo a una organización internacional que actuaba bajo instrucciones suyas.

Se esperaba que este gobierno cambiara de rumbo, porque es mucho más productivo y más equitativo destinar el dinero de los subsidios a la provisión de infraestructura, la capacitación de los productores o la asistencia técnica y comercial a pequeños productores, por ejemplo. Si la política agropecuaria va a seguir en lo mismo, podemos despedirnos de la locomotora agropecuaria y decirle adiós al abaratamiento relativo de los alimentos, que era la fórmula secreta de Minhacienda contra la enfermedad holandesa que se nos viene encima.

Anuncian que el Banco de la República se va a ocupar de ese problema en la reunión de hoy y se augura que va a recurrir a las mismas medidas que en el pasado han sido ineficaces para contener la tendencia. El Banco y el Gobierno no están preparados aún para enfrentar exitosamente el problema porque no es clara cuál va a ser la mezcla de políticas que asegure la estabilidad de precios y la contención de la apreciación del peso. Quizás antes de tomar medidas apresuradas para satisfacer a los gremios de exportadores o llenar los bolsillos de especuladores, el Banco y el Gobierno deberían preparar un programa macroeconómico coordinado y confiable. En ausencia de este, la presión a favor del peso puede ser incontenible porque los últimos anuncios apuntan en la dirección de gastos mucho mayores, sin financiación.

El Gobierno se ha comprometido con metas de inversión y con objetivos sociales que son deseables, pero costosos. Ha decidido no tocar las sobretasas a los salarios y acoger la recomendación de hacerlas deducibles de los otros impuestos, lo cual es favorable al empleo pero golpea al fisco.

En lugar de anunciar o de presentar un proyecto de ley para eliminar los generosos estímulos a la inversión ha ido a concertarlo con los gremios económicos que han aceptado apoyarla, pero con gradualidad. Esta gradualidad es innecesaria y una manera de decir “sí, pero no”. La reforma del régimen de regalías, tan anunciada, no ha hecho su debut, y el Gobierno sigue comprometido a no subir los impuestos (las tarifas). No va a tener otro recurso entonces que acudir al crédito externo, como ha anunciado, y fomentar la revaluación, renunciando a utilizar la política fiscal para combatirla.

La otra medida que reduciría la presión a favor del peso sería una rebaja de aranceles de bienes de consumo, tanto de origen agrícola como industrial, pero nadie en el Gobierno está hablando de esto, a pesar de que neutralizaría el efecto de los mayores ingresos de divisas y de que una “moderada reducción de los excesivos aranceles agropecuarios podría sacar de la pobreza a cientos de miles de personas en cuestión de meses” (A.

Montenegro, ‘Contra el dólar de $ 1.500’, El Espectador, 7 de agosto de 2010), y de que la reducción de la protección podría fomentar las exportaciones de otros bienes y el empleo en sectores en los que la producción está limitada por el tamaño del mercado doméstico

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