Morir y resucitar

Hace pocos días un amigo me dijo, viendo la revista que la Fiscalía publicó con las prendas de varios desaparecidos, que si yo recordaba la ropa que llevaba puesta el día en que me iban a desaparecer. Callé, y después de unos segundos, le pregunté por qué creía que me iban a desaparecer. “A ti no te iban a secuestrar: te iban a desaparecer. Por eso te hicieron tantas cosas.

15 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Eso está claro, ¿no lo crees?”.

Muchas veces había considerado esa posibilidad en mis charlas con Jorge Cardona, editor general de El Espectador, y quien para ese momento era mi jefe, pero me negaba a aceptarlo. Simplemente porque no creía y aún hoy no creo haberle hecho tanto daño a alguien para merecer tal suerte, pero recordé los miles de casos de campesinos, cuyo único pecado fue vivir en un pueblo considerado guerrillero. Yo, por lo menos, había denunciado públicamente que había corrupción, en todos los niveles, en las cárceles colombianas y podría ser objetivo de cualquiera de los implicados.

Los campesinos sólo recogían café, o pescaban, o araban la tierra, nada más.

Y mascullando mi dolor, una noche en la que regresé al día del secuestro, pensé qué evocaba en verdad con total claridad de esas largas horas. “¡Claro que recuerdo qué ropa llevaba puesta!”, le respondí a aquel amigo en la distancia. “Es difícil olvidar cómo estabas vestido el día en que te mataron”, me dije.

*** Los guardianes se volvieron mi fuente incondicional y, pasada una semana, ofrecieron ayudarme a ingresar a la reclusión para entrevistar a un nicaragüense. Era el jefe del IV Frente Sandinista y lo habían capturado prestándole supuestamente ayuda a las Farc.

Después de varias gestiones, entré un martes. Era doce de diciembre. Por mi cabeza nunca había pasado entrar a una cárcel, pero ese episodio me marcó y de ahí en adelante hice un compromiso conmigo misma de intentar ayudarles de alguna manera a esas personas que estaban ahí. Es imposible borrar la primera impresión: el olor a cañería mezclado con el de la comida, inmensas ratas que corrían por los pasillos, hombres con expresiones tenebrosas… una energía pesada, que agarra desde que se cruza la primera reja.

Por la noche, cuando regresé a mi casa, lloré desconsolada y sentí ganas de no cubrir más la fuente judicial. Fue una duda de pocas horas, porque, en la madrugada, cuando preparaba mis cuartillas para el noticiero de las cinco de la mañana, una llamada me dio la respuesta.

Un abogado, al que había conocido la tarde anterior y quien estaba detenido por un fraude, prácticamente me suplicó que lo entrevistara. “Yo la vi ayer hablando con el ‘Nica’. Si usted me entrevista a mí también, de pronto alguien se acuerda de mi caso”. Era imposible negarse, y, después de emitir la entrevista del sandinista, corrí nuevamente a la cárcel, le solicité al guardián que me ayudara a entrar, y así se fue encadenando una entrevista con la otra, la siguiente y la siguiente. Fueron cientos de historias, que se volvieron populares en la emisora.

Teníamos una audiencia única en las cárceles. Era como una red social que se pasaba el mensaje, voz a voz, hasta llegar a todos los reclusorios del país.

Había un rincón para ellos en el noticiero y se convirtieron en parte fundamental de nuestras noticias diarias.

Eso me llevó a tener grandes “chivas”, como conocer, mucho antes que el gobierno lo anunciara, la lista de canjeables de las Farc; o la fuga de veintiún presos por un túnel que construyeron desde una celda y que fue a dar al alcantarillado del búnker de la Fiscalía; o la fuga de La Picota del “comandante Bochica”, jefe del Jega (Jorge Eliécer Gaitán Ayala), responsable del secuestro del hermano del ex presidente César Gaviria.

También decenas de homicidios, como el del peligroso homicida ‘Jhonny, el Leproso’, o el asesinato del jefe del cartel del Norte del Valle, Orlando Henao Montoya, en alta seguridad de La Modelo. Era imposible no apasionarse con una fuente que daba tantas noticias. Todo sin pensar que también me volvería parte de ellas, años después.

*** En ese momento la parte baja de los patios era controlada por Miguel Arroyave, el abatido jefe del bloque Centauros, quien había sido capturado por narcotráfico. Sé que mis escritos nunca le cayeron bien y, menos, después de mi visita, cuando hice una nota hablando de cómo la cárcel no era custodiada por la guardia sino por hombres (sin mencionar que eran paras) que portaban fusiles R-15 y estaban ubicados en cada patio del ala sur.

Después de la publicación, recibí varias llamadas, entre esas la del entonces defensor regional del Pueblo, Iván Villamizar Luciani, para pedirme que no me metiera en problemas, que esas personas eran peligrosas y que me podían hacer algo. La verdad, hice caso omiso y me llené más bien de rabia porque creí que eran un poco cobardes al no ayudarme a denunciar. Seguí como si nada, aún más porque el tema de las armas lo venía tratando de tiempo atrás y ya me había costado una amenaza y un atentado que las autoridades nunca esclarecieron.

A finales de 1998, una mujer me llevó hasta la emisora (RCN Radio), un animal muerto en una bolsa y me advirtió que iba a quedar igual si no “dejaba de hablar por el micrófono sobre los hombres que estaban comerciando con las armas”.

En ese momento no tenía la más mínima idea de a qué me enfrentaba. Por eso, en medio de mi ingenuoentusiasmo por lo que estaba pasando, Jorge Cardona, editor judicial, me pidió que dejara la radio y me fuera a escribir a El Espectador. Era una oportunidad profesional invaluable y la acepté con tristeza, porque sabía que mi trabajo en el periódico iba a estar enfocado más en el orden público –tema que también manejaba–, que en las cárceles.

Pese a eso no renuncié a seguir con mi investigación. La tenía casi de un hilo y la muerte del guerrillero de las Farc ‘Miller Perdomo’, entonces jefe del frente 53 de las Farc, me había dado más argumentos para descubrir que las armas que se movían en las cárceles y en los frentes cercanos a Bogotá eran negociadas por una red en la que había militares, policías y por supuesto, subversivos.

*** Para marzo del 2000, había logrado recolectar información muy valiosa sobre la red que manejaba las armas, pero había un ingrediente más: la red también se dedicaba a hacer secuestros, y sus víctimas eran vendidas a los frentes de las Farc en Cundinamarca. Eso me lo contó un interno en La Modelo. Quise averiguar otras cosas y los guerrilleros me dijeron que ya no tocara más el tema. Que no sabían nada, que lo olvidara.

Insistí muchas veces, pero no recibí repuesta. Sin embargo, el recluso que me había contado lo de los secuestros me puso una cita a las dos de la tarde del jueves 27 de abril. Ese día me preparaba para ir, cuando se desató un enfrentamiento. La tregua se rompió después de que fue hallado un cadáver, en una cañería del patio 2 de la reclusión.

El cuerpo de Carlos Alberto León Corrales, sindicado de homicidio y de ser un presunto líder paramilitar, estaba descuartizado y guardado en bolsas negras. Cuando apareció la cabeza, y sus compañeros se dieron cuenta de quién se trataba, empezó un enfrentamiento armado entre los paramilitares y la delincuencia común, en el ala norte de la cárcel, que se extendió hasta el sábado por la noche.

El saldo trágico fue de veintisiete reclusos ajusticiados por los paramilitares y más de cincuenta heridos. En el periódico publicamos desde el primer momento lo que ocurría. Yo conocía perfectamente la cárcel por dentro y sabía quién estaba de lado y lado. Lo cierto de ese episodio es que los guerrilleros no tuvieron nada que ver con el enfrentamiento. Cuando empezaron las requisas, la Policía salió a anunciar que había encontrado una serie de elementos y hasta animales, algo que era real porque los presos tenían desde gallos para peleas, hasta boas que dormían con ellos en sus celdas. Lo que nunca pude entender fue de dónde sacaron la cifra de cien perros Rottweiler.

Yo entraba dos veces por semana y nunca vi tal cantidad. Cuando hicieron ese anuncio y yo lo rebatí en el consejo editorial, que presidía Ramón Jimeno, decidimos publicar las cosas que parecían extralimitaciones de la autoridad.

Sin lugar a dudas, una de ellas fue la requisa en los patios que controlaban los guerrilleros.

Presos de delincuencia común y subversivos fueron atropellados. Su ropa fue rota, la comida la llenaron de pintura y las fotografías de sus familiares quedaron acuchilladas. Eso fue lo que publicamos. Lo que pasó. Pero tratando de estar lo más posible ceñidos a la versión real de lo ocurrido, al domingo siguiente de la retoma de la cárcel, el 7 de mayo, logré entrar con una boleta que me ayudaron a conseguir los familiares de un recluso. Me hice pasar por su esposa y ya en el ala norte, evidencié lo que había ocurrido.

Todo estaba destrozado. Los presos no levantaron nada esperando a que yo pudiera entrar y tomara fotografías, o simplemente relatara cómo habían dejado su patio.

Ese día fue la primera vez que recibí una amenaza antes del secuestro. Un hombre, que había estado relacionado con el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, llegó con un papel y me advirtió que los paramilitares estaban preguntando por mí y que en su patio había una lista con los nombres de diez periodistas que “no eran gratos para ellos”.

De inmediato salí de la cárcel y me dirigí al periódico, hablé con el editor y, después de una larga reflexión, tomamos la decisión de publicar la crónica de lo que había visto. La presión se sentía, pero creíamos que lo mejor que podíamos hacer era publicar. Y empezaron los días grises. Les conté lo que pasaba a algunas colegas, que me escucharon sin pronunciar palabra. Pero, por la noche, cuando preparaba mis cosas para el día siguiente, una de ellas me llamó y me pidió que nos viéramos urgentemente al otro día, en el Comando del Ejército.

Fui a la cita desprevenidamente, pero me dejó fría con lo que me dijo: “Jineth, no te metas con ese tema, no te metas con la Policía. Hay un general que patrulla con Castaño. Yo sé por qué te lo digo”. No le pude responder nada porque sabía que tenía razón, una razón de sobra. Ella esperaba un hijo de Carlos Castaño y conocía en verdad cómo eran sus movimientos.

"Jineth, no te metas con ese tema, no te metas con la Policía. Hay un general que patrulla con Castaño”.

No pude responder nada porque sabía que tenía razón. Ella esperaba un hijo de Carlos Castaño y conocía sus movimientos.

Fragmentos del capítulo ‘Morir y resucitar’

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