COLOMBIANO PROTESTA EN ESPAÑA POR PAGO DE SUELDOS Doney lleva seis meses viviendo en una grúa

COLOMBIANO PROTESTA EN ESPAÑA POR PAGO DE SUELDOS Doney lleva seis meses viviendo en una grúa

15 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

ANDRÉS GARIBELLO PARA EL TIEMPO MADRID En su cajón de hierro, Doney Ramírez aprendió a imaginar historias para no perder la cabeza. Desarrolló la facultad de acudir a los buenos recuerdos para acelerar las manecillas del reloj.

Desde hace casi medio año, se levanta a 40 metros de altura con la nieve, la lluvia, el viento o el sol que golpean su templanza. Se pone de pie, da dos pasos largos y se le acaba su presente en el contrapeso de una grúa de construcción en Pozuelo de Alarcón, un pueblo cerca de Madrid (España).

En el cubículo inhabitable de esta mole, anclada en la Plaza del Padre Vallet, vive este pereirano de 35 años. Se mudó a principios de marzo para exigirles a la empresa Ploder y a la Alcaldía que paguen más de 150.000 euros que le deben a la compañía en la que trabaja como obrero, pues de estos pagos depende no sólo su sueldo, con el que sostiene a su mujer y a sus tres hijos (de 3, 9 y 13 años), sino los de más de una decena de familias.

Llegó a España hace 10 años, tras ser celador en Pereira. Viajó cuando su esposa estaba embarazada de ocho meses, pues no veía cómo podía sostener su casa. A su familia la trajo hace unos tres años.

Doney es el tercero que habita lo más alto de la grúa. En febrero se subió David, un español que a los 18 días desistió porque su esposa iba a dar a luz. Lo reemplazó Sandy, dominicano que no aguantó los reclamos de su familia. Una madrugada lluviosa, Doney violó la seguridad de la plaza, rodeada con vallas metálicas y custodiada por cuatro celadores y una patrulla de Policía, con la orden de no dejar subir a nadie más.

Sin contarle a su esposa, Doney se acercó a la plaza. Rompió una valla y salió corriendo hacia el aparato. Trepó sin mirar abajo. En la mitad se detuvo, como le aconsejó David, para tomar aire, y siguió aupado por los gritos de los celadores. “¡Ojalá te caigas y te mates!”, se desahogó uno desde abajo, rabioso.

Lo entusiasma el panorama que ve desde arriba. “Nadie tiene mejor vista”, dice. Aunque no le gusta hablar de tristezas cuando lo llaman sus compañeros o la familia, en el fondo la vida a 40 m del suelo y en una soledad hecha de barrotes de acero, es difícil.

La rutina Al empezar cada día, se lava los dientes y se echa un baño rápido. El desayuno, el almuerzo y la comida se los hace la empleada de un bar contiguo a la plaza y se los suben mediante una cuerda y un gancho. Todo pagado por su jefe. Sus necesidades fisiológicas las hace en bolsas y en botellas que luego tira al vacío. Algunos habitantes de Pozuelo se han solidarizado con él y le mandan mantas o comida. Otros pasan y lo instan a bajarse de una vez por todas.

En estos casi seis meses, una de las pruebas más duras fue pasar el invierno, durmiendo a temperaturas muy bajas. “Me ponía en posición fetal y con la manta hacía calor y aguantaba”, cuenta. En verano, cuando el termómetro sube a casi 40 grados, espera paciente debajo de la carpa y cuando se va el Sol, a eso de las 10 p.m., se echa agua en el cuerpo para refrescarse.

El momento más difícil fue en junio, cuando la grúa se convertía en una especie de hélice por los fuertes vientos. “Una noche pensé que me iba a caer. La grúa iba de un lado para el otro con vientos de 100 km por hora. Mi jefe me llamó y me dijo que me bajara. Yo le respondí que no, que era más peligroso”, recuerda.

Al principio, le cargaban el celular en un bar y después se lo subían con la comida. También le regalaban libros de autoayuda. De hecho, los recuerda con aprecio: “Me enseñaron que los problemas dejan de ser problemas cuando dejas de pensar en ellos”. Eso es lo que hace: olvida que está allí. Más bien se imagina que está en el día que recibió a sus hijos y a su esposa en el Aeropuerto de Barajas.

Pero desde hace unas semanas, sólo dejan subir comida y casi a la mitad de la grúa le pusieron unas vigas para que nadie más se suba.

Se espera que en octubre terminen las obras en la plaza, contratadas con otra empresa. Entonces, se definirá qué va a pasar con su vida. Después de decir esto por primera vez, Doney Ramírez confiesa sus pesares: “No he estado en la cárcel, pero creo que esto es peor, porque allí tienen mesa para comer, visitas conyugales. Todo lo que tiene un preso no lo tengo aquí arriba”.

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