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Montevideana

Montevideana

A despecho de Jean Paul Sartre, quien declaró que “la poesía es la elección del fracaso”, pienso que la poesía es la realización de los sueños de la vigilia, en particular de los sueños húmedos, comprendidos entre estos no sólo los obvios de las extremidades dispuestas, sino el anclaje en esos puertos de la memoria oceánica tocados por algún mito, como en mi caso actual es Montevideo, patria del Conde de Lautréamont, o del otro mundo, o del otro monte, que es el monte VI de este a oeste, como bien me ha informado la doncella que conocí anoche en el Bar La Ronda, al pie de la Rambla.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Después del fastuoso vino de honor que ofreció para recibirme la embajadora de Colombia en su residencia de Carrasco, salí con mi editor, el gran Maca y demás poetas, en busca de calmar la sed de aventuras cerca de donde el río de la Plata rinde su tributo al dios de las aguas. Así escribía sus ‘Poesías’ Lautréamont, tomando un poquito de aquí y otro poquito de allá.

Hay que reconocer que andábamos achispados con la última botella de licor oficial del presidente Uribe y la primera del presidente Santos. Nos los bebimos a los dos en la misma entente, donde quedó planteado un tácito pacto de no agresión entre los poetas de los dos países. Lo cual no daba para crear un soponcio en Palacio.

A poco de estar, entró ella; era apenas una chiquilla, con el cabello rubio alborotado de tanto decir que no, forrada en su segunda piel de bluyín que magnificaba su fundamento, una chaqueta de piel de ante antediluviana para protegerla de la inclemencia de los 3 grados centígrados, un tris de tristeza sombreando sus ojos; todos hablábamos al tiempo y cada cual de un poeta distinto. Algunos saludaron al desgaire a la joven, quien me preguntó si podía sentarse. Mi continencia le ofreció la mitad de mi asiento, la mitad de mi corazón y, si era del caso, la mitad de todos mis bienes. Porque de todos mis males estoy curado. Me dijo que, por hoy, porque no habría mañana, la llamara Isa. El editor le hizo el chiste de que estaba nalga con nalga con uno de los mejores poetas del mundo, autor de ‘Culito de rana’.

Su primer comentario fue un latigazo: “Detesto la poesía y los poetas; respecto del mundo, mejor no hablemos”. Ante tan detestable criatura, y en medio de la corte de plateados rapsodas, me sentí obligado a recordarle cuán atrevido era el anal fabetismo poético y ella replicó parpadeando: “La carne es triste, ¡ay!, y he leído todos los versos. No soporto sino algo de Keats, y completo sólo a John Donne. De resto, no son sino unos palabreros vanidosos y unos pedigüeños de mierda”. “¿Quieres un whisky?” “O varios, si no te importa”. Media de Chivas. ¿Quién será este personaje que viene a despojarme del manto de poeta de la rosa de los vientos y de los vientres, cuando Culito de rana croa por todos los medios? A lo mejor ella tiene razón y no hay que pedirlo, ofrecerse. “¿Quisieras degustar un poeta con ancas de rana?” “Gracias, ¡pero no como carroña!” Bárbaro, con eso quería decir que había leído de mi libro el poema Una carroña. Pero también cabía que se refiriera al de Baudelaire.

Traté de retomar el imposible diálogo con los aedos portuarios. Sobre la mesa del hospital donde vine al mundo copularon un paraguas y una máquina de coser. Cuando era chico playero en la isla de San Andrés abracé a un feroz tiburón hembra que terminé apuñalando. Era imposible. Estábamos en una torre de ajedrez de marfil de babel y todos tenían la lengua en ebullición pero ninguno el oído. Sin darme por ofendido dije a la joven que fuéramos a pulsar el arremeter oceánico, abrigados con otra media botella. Dijo que no, que para qué, que siempre era lo mismo, pero se acomodó la bufanda y vino conmigo.

“Tengo mala pata con los poetas –me dijo, mientras le echaba el brazo para protegerla del hielo–. A todos me les entrego después de advertirles que no me interesan y todos me dejan. Ninguno ha logrado rescatarme de la mina que vive conmigo, me mantiene prevenida del peligro de los poetas y nunca me deja. Unos se van en avión, otros en barco y otros se van caminando para su casa.” “No va a ser el caso mío, Isa, confía”, le dije, mientras verificaba que tenía en el bolsillo el tiquete para mañana.

jmarioster@gmail.com

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