El misterio de las jerarquías

El misterio de las jerarquías

Desde que estoy chiquito he venido conociendo a los sucesivos presidentes de Colombia y sostuve con ellos tratos superficiales en cocteles, lanzamientos de libros, exposiciones de pintura, o fiestas privadas a veces rayanas en desórdenes privados. Esos eventos que se parecen a la vida, y a la vida cultural , y que son eso, si la cultura es la suma de las relaciones y la vida la trama de los contactos con los otros.

10 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Entonces los llamé, según la norma, doctor Betancur, doctor Gaviria, doctor Barco, doctor Samper. Y unas pocas veces por sus nombres, como a Álvaro Uribe, cuando coincidimos en el cumpleaños de un amigo común, en el bautizo del primer hijo con hipo de ese amigo, o en una tenida de poetas. No me envanezco. Me precio de las personas que conocí solo cuando fueron sabias. Y esas no ganan elecciones.

Los seres humanos tenemos amaneramientos cuya esencia a veces pasa desapercibida. Es extraño cómo luego, al verlos investidos de la dignidad presidencial, entre las dianas de la guardia, convertidos en los fantasmas de otros, experimentamos el sentimiento apabullante de estar en presencia del Jefe de la Tribu. The boss intimida, pensé siempre mientras les daba la mano en el besamanos, consciente del enrarecimiento de la relación, ya tan distinta de compartir un güisqui en el patio crepuscular de la casa de un pequeño burgués rimbombante.

Estamos inscritos en mundos de símbolos, supersticiones prehistóricas a veces. Y a veces cuando tropiezo con un senador barranquillero en algún seminario de cirujanos que discurren sobre la celulitis en Rubens calculo cuándo será transfigurado, elevado al poder presidencial por el hechizo de la estadística, que es la mejor definición de la democracia, e imagino que entonces perderemos la naturalidad, o seremos reinsertados en lo natural de otro modo. Él, destituido de su humanidad, deberá ser llamado entonces haciendo preceder al apelativo que le dieron sus padres, el que vistió un día con el sombrero puesto y un vaso en la mano, el honorífico de su cargo.

Señor presidente.

Eso representa una pérdida para ambos. En el nuevo intercambio mediatizado por el símbolo, el revestido con la invulnerabilidad del honor está a salvo de nuestra verdad, de nuestra sinceridad. Y uno es forzado a vivir en la matriz de la cortesía, privado de su ser auténtico en la reverencia.

El Jefe es el Jefe. Su figura tiene la importancia que tiene la contención del Mal. El Jefe salva la sociedad del desorden, de las ganas infinitas que tenemos todos de comernos los unos a los otros, y despojarnos. En ese sentido, es sagrado. No sucede así cuando encontramos un genio que deslumbra, un cantante coronado de discos de oro, una mujer bella que nos derrite o un hombre rico. El poder pertenece apenas al sesgo al reino de la inteligencia, el erotismo, la fama, o la plata. Es otra cosa paralela que debe tener origen en un atavismo, en las primeras aldeas humanas y los primeros excedentes.

Lo incomprensible es que la situación se prolongue cuando el hombre de poder es devuelto a su condición de ciudadano común. Algunos insisten en que el ex presidente debe seguir siendo llamado presidente. Pero supongo que obedecen contra la lógica al mandato de la caridad. Sería una injusticia borrar dos veces a un hombre. El que dejó de ser el hijo de su mamá para convertirse en Jefe de la Tribu no merece desaparecer otra vez detrás de la partícula excluyente que solo suena liberadora en la palabra ex presidiario.

Esas absurdas formalidades me hacen dudar sobre el modo como debo decirle a Uribe la próxima vez que nos veamos en un convite. Gracias, señor presidente; gracias, ex presidente; gracias, Álvaro; o tan solo gracias, hombre. Y dudo también entre darle aquí mis parabienes a Juan Manuel. O desearle la mejor de las suertes al Señor Presidente. Los símbolos opacan la verdadera vida. Y no es algo fácil adaptarse a sus abstracciones sin parecer absurdos

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