Los dos ‘Ches’

El año pasado, la asamblea general de una red académica latinoamericana, que sesionaba el 9 de octubre, aniversario del nacimiento de Ernesto ‘Che’ Guevara, observó un minuto de silencio en su memoria a petición de un delegado cubano.

06 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

¿Rendían tributo al encantador estudiante de medicina de los Diarios de Motocicleta, presto a compartirlo todo con los más humildes (1952)? ¿O al juez de apelación de la revolución triunfante, comandante de la fortaleza-prisión de La Cabaña y con poder de vida o muerte sobre los condenados presos, a muchos de quienes ejecutó (1959)? Hubo media docena de ‘Ches’. También resaltan el viajero por Mesoamérica (1954-1955), segundo al mando de la insurgencia castrista (1956-1958), Ministro de Industrias de Cuba (1961-1963) y revolucionario global prochino en el Congo y Bolivia (1964-1965). Fue tan grande el éxito del segundo como, salvo en educación, exiguo aquel del tercero. Escaso inconveniente tuvo Fidel en dejarlo salir de la isla: algo ganaría la revolución en el mundo y poco perdería en Cuba. El último ‘Che’ entendió que nada lograría en un Congo sin líderes revolucionarios competentes y honestos. Lo decepcionó hasta Laurent Kabila, a quien sirvió y que terminaría, años más tarde, por presidir al país. También era anunciado el fracaso del proyecto en Bolivia.

Ni estaba convenido con el Partido Comunista, prosoviético, ni eligió el ‘Che’ al occidente quechuo-aymara, minero y altamente sindicalizado, sino al oriente conservador, tupí-guaraní (para sorpresa suya) y blanco-mestizo. Del inicio al fin resultó delatada la guerrilla a las FF. AA. bolivianas.

¿Qué hilo conductor hay entre tantos personajes? Un férreo idealismo, sin duda. La temprana voluntad de eliminar físicamente a todos los enemigos de la revolución, también. El mismo ‘Che’ proclama esta postura violenta en su discurso del 11 de diciembre de 1964 ante la Asamblea General de Naciones Unidas: “fusilamientos sí; hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario”. Enuncia por escrito el propósito de “llevar el terror hasta el último rincón del enemigo”, sea cual fuere: cuartel, restaurante, calle u hogar. Siglo y medio antes, el Libertador también había vertido la sangre de muchos ‘enemigos de la revolución’: más de 2.100 españoles prisioneros y civiles, según el antibolivariano Pablo Victoria en La otra cara de Bolívar. Sin embargo, si algún concepto ético rige el siglo XXI es que el fin nunca justifica los medios. Quien se entregue en cuerpo y alma a un ideal, no por ello deja de responder por sus métodos. Hoy diferenciamos claramente las zonas de luz y de sombra del Libertador.

En la ONU, catorce años antes del discurso del ‘Che’, otro comunista convencido de las virtudes de la violencia revolucionaria, Andréi Vyshinsky, ex fiscal general de Stalin, había encontrado su ‘tatequieto’. Acusó al Reino Unido, quien había enviado tropas a Corea, de tener “las manos manchadas de sangre”. Lo acalló la respuesta del Embajador británico: “Me sorprende escuchar la palabra ‘sangre’ de los labios del señor Vyshinsky”.

¿Por qué no se le contestó algo parecido al delegado cubano que proponía honrar al ‘Che’, homicida confeso de tantos seres humanos? Los procedimientos de Vishinsky fueron desautorizados por el Partido Comunista soviético. ¿Cuándo lo serán los del ‘Che’ en Cuba? tomasuribemosquera@gmail.com HELGON

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