Fascismo en dialecto

Fascismo en dialecto

05 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Voy a terciar –qué más– en la polémica sobre la prohibición de las corridas de toros en Cataluña y en otros lugares de la Tierra, como las Islas Canarias o Colombia. Y lo haré con gran autoridad moral y con gran tranquilidad: con la autoridad moral que me da el hecho de no profesar ninguna de las causas en la disputa, y con la tranquilidad de saber que nada de lo que diga aquí, como siempre, va a servir para nada ni le va a importar a nadie. Pero “ca uno es ca uno”, como cantaba el célebre Guerrita.

Digo que no profeso ninguna de las causas en la disputa, porque de alguna manera estoy de acuerdo con los dos partidos. Sí, ya sé que es el colmo de la pusilanimidad y de la contemporización y de la incoherencia; pero qué quieren que haga: soy un hombre, no un pueblo ni un militante. Y digamos que entiendo bien a los llamados “antitaurinos”, y sus argumentos muy nobles y muy bienintencionados: la crueldad de una fiesta que no en vano se llama “brava”, y la defensa de la vida de los pobres animales, víctimas milenarias de la pasión humana por la tortura y la maldad. Pero entiendo también a los taurinos, y creo que lo que dicen, gústenos o no, es así: que para el mundo hispánico (sobre todo para el mundo hispánico) el toreo es una manifestación cultural antigua y entrañable, en la que se revelan, quizás como en ningún otro sitio ni espectáculo, todos sus valores. Valores trágicos y terribles y paradójicos, sin duda, pero valores al fin y al cabo. Lo que somos, eso somos.

Los unos dirán que no porque una forma de la cultura lo sea y sea muy antigua tiene que preservarse cuando niega en su esencia los preceptos fundamentales de la civilización y de la dignidad, preceptos que enuncian una idea (siempre absurda, siempre falsa; somos hombres) del progreso.

Igual, en nombre de las tradiciones, estaría bien que a los consejeros del poder los volvieran eunucos antes de dejar sus cargos; como fue siempre, en la cultura. Pero los otros dirán que la fiesta de los toros (así la llaman ellos, fiesta) es también un arte, y que esos animales nacieron precisamente para la lidia, para el combate. Que es contra natura no soltarlos en una corrida.

Ya digo que el tema, a mí, me trae sin ningún cuidado. Me preocupa más la suerte de los senegaleses o de los latinoamericanos en Cataluña, que la de sus toros comunitarios; me preocupa más el destino de los perros callejeros, que el de la aristocracia bogotana (?) que no va a poder cecear en diciembre desde la gradería. He estado en varias corridas de toros y las he disfrutado. Me he conmovido, y he sido partícipe del arte y de lo sagrado que allí ocurre. Pero prefiero los encierros de pueblo, con el Burro Mocho y el torero borracho o enano, y la posibilidad siempre latente de que la cosa derive, sin previo aviso, en una corraleja o en una balacera. Es decir que podría vivir perfectamente sin la fiesta de los toros, aun en Cali o en Bogotá.

Lo que me aterra de todo esto, sin embargo, es lo que uno podría llamar “el fascismo de las buenas intenciones”, que a mi juicio puede llegar a ser aun peor que el de las malas; porque el mal de los malos es inevitable, pero el de los buenos suele ser incorregible. Creo, con todo respeto para quien se sienta ofendido –he aquí el problema–, que el mundo de hoy se está volviendo una cárcel de cristal, porque los complejos y los horrores acumulados de nuestra especie, en toda su historia, han hecho imposible que nadie pueda hacer nada ni decir nada ni pensar nada, ni vivir, porque todo, tarde o temprano, terminará por contrariar los fundamentos de una moral imposible y absurda, que por serlo es completamente inmoral.

Ve uno a los pobres fumadores de hoy, y es como ver a los pestilentes del siglo XIV. Porque alguien dijo algo cierto y bueno –que fumar mata, como vivir–, pero lo impuso a las malas, con fanatismo y prohibiciones obscenas.

Lo mismo pasa con otras cosas: con los toros, con el sexo. Llegará el día en que pase con la vida.

Ya lo decía Guerrita: “Lo que no pue sé no pue sé y además es imposible”.

catuloelperro@hotmail.com

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