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Bicentenario sin horizontes

Bicentenario sin horizontes

Es una lástima que las celebraciones del Bicentenario se hayan limitado a repasar de dónde venimos, pero no a ver hacia dónde vamos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
03 de agosto 2010 , 12:00 a. m.

Hay que recordar que el mes de septiembre del 2007 significó el principio del fin del sistema económico imperante desde hace casi dos siglos, al terminar el mercantilismo e iniciarse el capitalismo. Santiago Niño Becerra, en su libro El crash del 2010, sostiene que a partir de esta fecha el sistema va a evolucionar, hasta su transformación, a otro muy diferente. El cambio temporal de los sistemas económicos se da en dos tipos de tensiones: coyunturales y sistémicas. Las primeras pueden ser intensas, pero tienen la virtud de ser relativamente breves. Las segundas, por el contrario, son intensas, prolongadas y dramáticas; se caracterizan porque al estallar afectan el funcionamiento del sistema, y para salir de ellas es preciso sustituir o modificar en profundidad algunos elementos constitutivos del sistema, de forma que se introduzca en él una nueva forma de operar. La crisis de 1929, que condujo a la Gran Depresión, tuvo estas características. La crisis actual también lo es. Los cambios introducidos en el sistema a partir de 1950 se agotaron en 1973, que es el momento en que hizo patente que el precio de los commodities, en especial el del petróleo, no iba a continuar siendo tan bajo como hasta entonces. Como reacción, se introdujeron cambios que permitieron mejorar la productividad, pero el resultado de ese incremento fue la desvinculación del crecimiento económico de la creación de empleo, y esta circunstancia acabó incidiendo en el equilibrio entre oferta y demanda, en un entorno de creciente inestabilidad monetaria. Entre el 2003 y mediados del 2007, con unos tipos de interés muy bajos, y con una casi total liberalización del tránsito de capitales, el PIB comenzó a crecer empujado por la inversión y por el consumo, a la vez que la deuda privada se disparaba en todas las economías. El desenlace es conocido.

Este sistema se ha desgastado, no sólo desde una perspectiva financiera, sino a nivel puramente físico: el grado de endeudamiento de las personas y de las empresas ya no puede crecer más. El actual modo de funcionamiento del sistema productivo, desde su mismo origen, fue despilfarrador de todos los recursos, petróleo, uranio, cobre, agua, etc. Por consiguiente, el modo de producción puesto en funcionamiento no se preocupó por la eficiencia en el uso de tales recursos, salvo para obtenerlos a precios lo más bajo posible.

Por ello, las nuevas políticas se centrarán en ‘lo básico’, lo que dará lugar a concepciones minimalistas, y a que un gran número de servicios básicos entre en crisis, esto afectará al modelo de protección social y empeorará la calidad de su funcionamiento. En el sector productivo se pasará a las TIC, biotecnología, la logística, lo que se llama el sector R (recuperación, reciclaje, reparación) y a la producción de ocio masivo.

Tendrán trabajo los que realmente sean útiles, los que se hayan especializado, los que generen valor, y habrá una megaélite con mentalidad gestora. Primarán los aspectos colectivos sobre los individuales para lograr una mayor optimización en la gestión y en el uso de los recursos. ¿Nos estamos preparando para estos cambios que afectan los modos de organización y producción? emece1960@yahoo.com

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