Tocando fondo

Tocando fondo

A bordo del buque Kilo Moana, frente a la isla de Guam, en el Pacífico, el ambiente está lleno de tensión.

01 de agosto 2010 , 12:00 a.m.

Por primera vez, en 50 años, un vehículo autónomo se aproxima al punto más profundo del océano, los 10.902 metros, en la Hendedura Challenger de la Fosa de las Marianas. “Ocho metros… velocidad de descenso: 2,9 metros por minuto. “Dos metros… un metro… ¡¡Contacto!!” Con la delicadeza de una mariposa, y después de ocho años de desarrollo, Neréus, el primer sumergible híbrido no tripulado de su clase, se ha posado en el verdadero fondo del mar, en medio de un colchón del más fino sedimento sepia oscuro.

La exploración rutinaria de las grandes profundidades ha quedado ahora abierta a la comunidad oceanográfica. Sin embargo, la magna hazaña de la exploración abisal apenas si se registra en algunos medios de comunicación.

“Es que las imágenes no muestran un fondo muy sexy”, sonríe el ingeniero Andy Bowen, del Instituto Oceanográfico de Woods Hole, y líder del proyecto que diseñó y construyó el Neréus, a un costo de 8 millones de dólares. “El suelo era muy plano, aburrido, pero era justamente lo que queríamos”.

Tengo el privilegio de ver unos minutos de ese video aún inédito, en los laboratorios del WHOI en Cape Cod. Bajo una presión de 16.000 libras por pulgada cuadrada, el agua parece comportarse como goma líquida. A casi 11 mil metros, equivale a tener tres autos blindados sobre cada centímetro de su cuerpo. Esa tremenda energía amenaza con hacer implotar cualquier cosa que no haya nacido allí.

“Antes de Neréus, no existían vehículos capaces de trabajar para la ciencia en forma rutinaria por debajo de los 6.500 metros”, dice Bowen. “Es absurda la falta de información que tenemos del océano profundo. Neréus está diseñado para cambiar eso. De hecho, logramos recoger muestras de rocas y sedimentos -las primeras tomadas en Challenger”.

Todo en Neréus es revolucionario. El sumergible funciona en dos configuraciones. “En su forma autónoma, es independiente de los operadores a bordo del buque, no está atado a éste, y es capaz de volar misiones preprogramadas, explorando grandes extensiones del lecho oceánico a unos 30 metros de altura”, dice Bowen. “Tiene suficiente inteligencia y baterías a bordo para hallar áreas interesantes usando sus sensores químicos, el sonar y la fotografía digital. Una vez terminado el trabajo, el sumergible regresa al buque madre por sí solo, con su cerebro cargado de datos. Esto es lo que llamamos un vehículo submarino autónomo, AUV”.

En ese sentido, Neréus es una especie de orbitador, que escanea la superficie marciana a distancia. Pero cuando la misión necesita un explorador de la superficie, Neréus puede ser transformado en un vehículo operado por control remoto y conectado al buque, o ROV. “La idea, durante una exploración, es lanzarlo primero como AUV, dejarlo que vuele rápido y cubra mucho terreno. Y entonces, basado en esos resultados, inmediatamente mandarlo a visitar sitios puntuales de interés, donde puede quedar suspendido como un helicóptero a poca distancia del suelo, o aterrizar y tomar muestras con su brazo manipulador”.

Uno de los problemas más duros que Bowen tuvo que resolver fue el de la conexión con el buque. “El cable tradicional de un ROV es de cobre con tres capas de acero, rodeado de caucho, para enviarle electricidad y comandos al aparato. Pero 11 kilómetros de este tipo de cable lo harían partir bajo su propio peso. Además, sería poco maniobrable y costoso”.

La solución fue darle a Neréus sus propias baterías (unas 2.000, iguales a las de un computador portátil), para que no dependiera de la electricidad enviada desde la superficie. Y atarlo únicamente a un cable de fibra óptica muy delgado, cuya función no fuese moverlo, sino enviarle comandos y recibir video y datos. El microcable es el mismo usado por la Marina para guiar torpedos. Tiene 0,25 mm de diámetro, tan delgado, que 40 kilómetros de éste caben enrollados dentro de un contenedor del tamaño de una lata grande de galletas. Esto hace posible desplegar el aparato desde cualquier buque sencillo y le resta mucho peso al vehículo. Aunque es difícil concebir un cabello delgado que sobreviva semejante viaje a las profundidades, Bowen dice que a pesar de su delicadeza “el microcable funciona porque se deja llevar por las corrientes de agua sin ofrecer resistencia, algo así como el pelo de una sirena”.

Otros retos técnicos de un vehículo capaz de operar con una presión mil veces mayor que la atmosférica (casi doblando lo que hacen los demás sumergibles del momento) son la flotabilidad y fortaleza de su casco, su sistema de iluminación y hasta las cámaras de video. Los diseñadores de Neréus tuvieron que mandar a fabricar 1.500 esferas de cerámica huecas para darle flotabilidad, en lugar de usar la espuma y el titanio tradicionales, más costosos y pesados.

“Nos inventamos un sistema con luces LED, que son muy brillantes, baratas y no pesan, dice Bowen. “Es algo así como el ojo de una mosca, en que cada lucecilla está conectada con un cable a un ‘nervio óptico’ central. Cada una está metida dentro de su propio reflector, y sumergida en un líquido denso para que la presión no la reviente. Es lo mismo que hizo James Cameron con sus cámaras para filmar al Titanic, sumergiéndolas en aceite. Incluso le consultamos a él”.

Las luces existen únicamente para tomar videos y fotos. Y entonces sólo se encienden en el instante en que la cámara toma la fotografía en colores reales. Y cuando Neréus está en configuración autónoma, haciendo barridos del fondo desde lo alto, sólo necesita luces verdes-azules, que penetran mejor el agua, y consumen menos electricidad, aunque las imágenes resultantes son monocromáticas.

Más allá de demostrar un concepto nuevo, esta misión al abismo va a revelar detalles importantes sobre los lugares extraordinariamente profundos donde las placas oceánicas se hunden bajo las continentales, arrastrándolas hacia abajo. Estas zonas, virtualmente desconocidas, forman algunas de las reservas de minerales potencialmente más ricas del planeta. Por su parte, los biólogos ya están haciendo cola para usar a Neréus en expediciones a lugares ‘calientes’ de fauna, como son las fumarolas hidrotermales o las lagunas de metano. “Estoy seguro de que Neréus va a hacer muchos descubrimientos en varias áreas de la ciencia dentro de este hostil ambiente”, dice Bowen.

La manera en que hasta ahora hemos podido estudiar el océano profundo es casi prehistórica, añade: “Es como si alguien dejara caer una red sobre Manhattan, recogiendo una bicicleta, un señor comiendo perros calientes, un árbol del Parque Central, un taxi y un cesto de basura, y concluyera que esas son la vida y fauna de todas las ciudades. Es absurdo. Vamos a dar al robot las llaves de varias casas para que entre a ellas a investigar, mientras nosotros seguimos en el avión. Eso sólo lo puede hacer un aparato que, a la vez, es un geólogo, ingeniero, obrero, biólogo de campo y videógrafo. Un explorador, en todo el sentido de la palabra”

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