Maradona

Maradona

09 de julio 2010 , 12:00 a.m.

Ha llegado el momento de defender a Diego Armando Maradona: a ese jugador genial que cierto día, después de atravesar una publicitada pesadilla de drogas que desembocó en un famosísimo estado de coma, amaneció convertido en este director técnico con gestos de hincha. Si es cierto que vivimos detrás del fútbol porque cada partido tiene algo de tragedia, porque nos recuerda que al final, a pesar de la historia, de la preparación, de la estrategia, siempre que un equipo sale al campo de juego está en manos de la Providencia, entonces es verdad que Maradona es uno de los protagonistas del Mundial: ese ídolo obstinado que, en tiempos de comentaristas que se las saben todas (“adelante, profe, con su análisis riguroso del segundo tiempo”), se aferró a su rosario con la esperanza de que el Dios de todos le concediera, solamente a él, que sus deseos fueran su destino.

Si no hubiera sido por ese Maradona barbado, pasado de kilos y envuelto en un apretado vestido de adulto, si no hubiera sido por las emociones encontradas que despierta aquel Maradona que fue eliminado del Mundial completamente entregado a su fe, la copa de Sudáfrica habría pasado a la historia por los comerciales de Davivienda.

Quizás por esa irritante modelo paraguaya, Larissa Riquelme, que prometió al mundo empelotarse si el equipo que llevaba en el pecho llegaba hasta las semifinales. De pronto por el ruidito ensordecedor de las trompetas que sabemos, las vuvuzelas, que hicieron de todas las tribunas un enjambre de zancudos. Tal vez por cierta réplica de la Copa del Mundo cargada con 11 kilos de cocaína (las notas de prensa aseguran que “era idéntica a la original pero un poco más pesada”) que fue incautada en el aeropuerto internacional El Dorado. Acaso por la pobrísima presentación de esa constelación de estrellas multimillonarias, Messi, Kaká, Ronaldo, Rooney y Ribéry entre ellas, que nos recordaron que los grandes jugadores de hoy ya no son soldados del ejército desarmado de un país, sino laboriosos empleados de las más poderosas multinacionales: que la horrenda tras escena del fútbol sigue siendo un buen resumen de un mundo en el que lo principal es el dinero.

Qué bueno que ciertos giros dramáticos, desde el sacrificio del goleador uruguayo Luis Suárez hasta el gol inglés que un árbitro no vio, nos hayan dejado en claro que cada partido es un destino. Qué semejante a la realidad que Italia no consiguiera superar su decadencia, que Francia se deshiciera por rencillas personales, que Inglaterra se extraviara en su falta de personalidad. Qué justo que a la Argentina de Maradona la haya sacado uno de los grandes equipos del mundial: Alemania. Qué alivio que en medio de todo aparecieran en escena jugadores como esos, como los alemanes, que no se convierten en figuras en sus clubes sino en su selección: los alemanes fueron a Sudáfrica con la valiente ilusión de que en alguna parte estuviera escrito que su fe en el trabajo en equipo los convertiría de nuevo en campeones del mundo.

Esa fervorosa selección alemana, tercera o cuarta, fue otra protagonista del torneo. Y no importa que, tal como vaticinó el maldito pulpo Paul, haya perdido la semifinal con España. Porque lo que hizo en Sudáfrica, dejar el alma en el campo como quien le hace frente a un negocio desalmado, ha sido mucho más que suficiente. Ha dejado en claro que la única manera de jugar un partido es jugarse el todo por el todo. Ha puesto en evidencia que la única estrategia que importa (“siga usted, profe, con su interpretación del esquema propuesto”) es avanzar en equipo. Y ha estado a la altura de ese Diego Armando Maradona que se fue llorando al camerino, disfrazado en vano de hombre que no llora, como si acabara de descubrir que estaba enfrentando un karma, como si no imaginara que 20 mil hinchas agradecidos lo recibirían al día siguiente en el aeropuerto de Buenos Aires, como si hubiera perdido el último partido de su vida.

www.ricardosilvaromero.com

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