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Sostenibilidad: ¿Y dónde queda el factor humano?

Sostenibilidad: ¿Y dónde queda el factor humano?

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
28 de junio 2010 , 12:00 a. m.

El término sostenibilidad pareciera ser uno de esos términos que últimamente suenan en todo lado. Por cierto, no solo sino acompañado de algún adjetivo que delimite su campo de influencia: sostenibilidad económica, sostenibilidad social, sostenibilidad ambiental, sostenibilidad ecológica, sostenibilidad cultural, etc. Si hablamos del ámbito empresarial, quizá la que suene de modo más frecuente sea la sostenibilidad económica, incluyendo, por supuesto, las variables de crecimiento y rentabilidad.

También se habla de organizaciones sostenibles, que añaden al tema económico el ecológico; se nota una creciente tendencia a lo que se ha denominado una dirección y gestión más consciente del impacto que la actividad empresarial tiene en el medio ambiente. El tema de la Academy of Management -asociación que agrupa académicos, investigadores y profesionales del management de más de 100 países- del 2009 fue precisamente Green Management Matters.

El término sostenibilidad, en la forma como ha sido entendido en la literatura, está definido en parte por un esfuerzo por conservar recursos naturales y, en otra, por evitar desperdicio en la operación. La conservación y un uso más eficiente de los recursos disminuyen el peso de la actividad económica en el medio ambiente y ayuda a asegurar que esta pueda mantenerse a lo largo del tiempo porque los recursos necesarios no se agotarán inmediatamente.

La sostenibilidad también incluye actividades que renuevan y reciclan lo usado con el fin, de nuevo, de que el ecosistema que permite la vida y los estilos de vida se preserve. Y aunque la sostenibilidad puede incluir tanto recursos físicos, como el mal llamado recurso humano, refiriéndose a las personas que colaboran en las distintas actividades organizacionales, prevalece tanto en la investigación como en las prácticas, acciones y anuncios de las empresas, un énfasis en los recursos físicos antes que en las personas.

Una muestra rápida puede ser la búsqueda en Google Scholar de los términos sostenibilidad ecológica, sostenibilidad ambiental, sostenibilidad social, sostenibilidad humana. El 6 de mayo pasado hice el experimento y arrojó los siguientes resultados: para la sostenibilidad ecológica se encuentran 22.800 entradas; para la ambiental, 58.600; para la social, 14.200; y apenas 642 entradas para sostenibilidad humana. Resultados muy similares a los obtenidos por J. Pfeffer, profesor de la Escuela de Negocios de Stanford, utilizando las mismas categorías; estos muestran, junto con la escasísima presencia de artículos de investigación que hacen referencia a la sostenibilidad humana, que más importancia se da al impacto sobre el medio ambiente que -en palabras de él- “a las consecuencias de las prácticas directivas en la salud y bienestar de los individuos y a la riqueza de la vida social medida por la participación en actividades cívicas”.

Tomemos un ejemplo: Walmart. Esta compañía se embarcó desde el 2006 en una campaña interna para lograr 3 objetivos: producir 0 desperdicios; proveerse 100 por ciento a través de energía renovable; y vender productos que sostienen recursos y el medio ambiente. Todos objetivos loables. Sin embargo, en esa misma fecha, 46 por ciento de los hijos de los empleados de Walmart no tenía seguro de salud y/o estaba en Medicaid, programa estatal de salud para proveer de cuidado a personas de escasos recursos económicos.

Como señala Pfeffer, comparando Walmart con Costco, el primero ofrece menos beneficios médicos y de otro estilo, sin que eso represente mayor ganancia por empleado. Similar actitud parece existir en British Petroleum. La empresa emplea su compromiso con el respeto al medio ambiente en sus campañas publicitarias y presenta como sus credenciales las inversiones en energía alternativa. Sin embargo, pagó una multa récord de 87 millones de dólares en 2005 por una explosión en su refinería en Texas City (EE. UU.) en la que murieron 15 trabajadores. La multa penalizaba a la empresa no solo por la explosión sino por numerosas violaciones de seguridad que se encontraron durante la investigación posterior y que no corrigieron incluso después de la fatal explosión.

Sorprende que el tema del impacto de las prácticas directivas y de las actividades laborales en la salud y bienestar de los que hacen las empresas y organizaciones no se introduzca en la ecuación que dimensiona la sostenibilidad. Sobre todo, si pensamos en los efectos nocivos de, por ejemplo, largas jornadas laborables: personas que trabajan más de 51 horas semanales tienen un 29 por ciento mayor probabilidad de sufrir de hipertensión, que aquellas que trabajan 40 -teniendo en cuenta que todas las demás variables como nivel socioeconómico, género, edad, diabetes, consumo de cigarrillo, vida sedentaria, e índice de masa corporal, estén controladas-. Largas jornadas laborables producen conflicto entre la vida laboral y la familiar y esto, a su vez, por lo menos duplica (2 a 30 veces mayor riesgo) las probabilidades de sufrir serios problemas psicológicos. El control sobre las exigencias laborales también es variable relacionada con problemas psicológicos puesto que a menor control sobre el ritmo y contenido de mi trabajo, así como el mayor o menor aislamiento, ocasiona mayores niveles de estrés y sus consecuencias en la salud física y mental.

Si esto es así, necesitamos de modo urgente reconsiderar los elementos que constituyen nuestro concepto de sostenibilidad. No se trata de cerrar los ojos a la importancia de controlar o intentar reducir los impactos de la actividad empresarial en el medio ambiente, y/o de proteger las especies en peligro de extinción. Pero es también imprescindible velar -por lo menos con un celo similar- por el impacto de esas actividades empresariales en las mismas personas que hacen las empresas y que constituyen las sociedades en las que las organizaciones nacen y se desarrollan. Hacer esto pasa por una revisión de los criterios que rigen nuestras decisiones como empresarios, directivos, empleados y, por tanto, nuestras acciones, y de qué incluimos en el ámbito de nuestra responsabilidad y qué dejamos para que alguien más, los otros, el estado, cuide.

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Para la sostenibilidad ecológica se encuentran 22.800 entradas; para la ambiental, 58.600; para la social, 14.200; y apenas 642 entradas para sostenibilidad humana”.

Es imprescindible velar -por lo menos con un celo similar- por el impacto de esas actividades empresariales en las mismas personas que hacen las empresas.

Sorprende que el tema del impacto de las prácticas directivas y de las actividades laborales en la salud y bienestar de los que hacen las empresas y organizaciones no se introduzca en la ecuación que dimensiona la sostenibilidad

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