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La abuelita ‘picapiedra’

La abuelita ‘picapiedra’

Una nube de humo lo cubre todo. La silueta de Hermelinda Benavides se alcanza a ver por la luz azulada que se cuela a través de una ventana. Sus ojos claros los tiene perdidos tras unos lentes gruesos ya opacos por el tiempo. Para entablar diálogo con ella hay que recurrir a los gritos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
26 de junio 2010 , 12:00 a. m.

Se demora en contestar y dice que está ‘presa’ en la casa que heredó de la señora Marieta, su eterna patrona y quien murió víctima de un derrame cerebral hace 50 años.

La ausencia de la mujer ha sido definitiva en la vida de Hermelinda. Desde que ella partió, la abuela permanece como en la edad de piedra, en un inmueble ubicado en el barrio Salitre Alto, de la localidad de Suba.

Para Hermelinda la modernidad está representada en el fogón de leña que prende todos los días a las 5 de la mañana. Ese es su único lujo.

De resto, ni los grifos ‘lloran’ ni los bombillos prenden en esa casa de estilo campesino, pero enclavada en una de las localidades más pobladas de Bogotá.

A la mujer no le importa pasar sus últimos cartuchos de esa manera. “La soledad es mi companía, ¡ah, bueno!, y mis dos gatos”, se precipita a decir después de mirar durante más de 5 minutos a este reportero con cierta desconfianza. Su memoria es traicionera y desactualizada. Sabe que su gato se llama ‘Sapirón’ y su gata ‘Sapatilda’, pero si se le pregunta quién es Álvaro Uribe o Samuel Moreno dice: “No sé nada de esos señores”.

Para movilizarse por la casa, la mujer debe arrastrarse por el suelo a pie descalzo. Debajo de su falda apenas se ve un par de uñas largas.

En su juventud, una res le pegó una patada que le afectó el movimiento de la pierna izquierda. Se baña cada semana con el agua lluvia que recoge en un balde. No escucha radio desde que se enteró por una emisora que a Jorge Eliécer Gaitán lo habían asesinado.

En 50 años, sólo ha salido de su morada una vez. Lo hizo para ir a una notaría y hacer su testamento. Sólo ella sabe a quién le dejó la casa.

Duerme en el mismo cuarto en el que murió su patrona. “Ella era huilense. Yo la cuidé hasta que pude. Cuando se enfermó parecía tiesa”, cuenta.

Un vecino fiel José Alfredo Ramírez conoce a Hermelinda desde hace 70 años. Su papá lo traía a visitar a la familia rica que vivía en esa casa de Suba.

“Vengo a pasarle revista a mi comadre dos o tres veces a la semana. Para saber si está viva o muerta pego un grito. Llegará el día en que no me conteste”, dice con frialdad Ramírez, aterrado con los pies de su amiga.

“Cada vez los tiene más hinchados”, agrega.

Los parientes de la abuela vienen cada semana a traerle agua y comida; sin embargo, los esfuerzos para convercerla de vivir en la ‘civilización’ han sido en vano.

Herminda se rehúsa a dejar su herencia. Ni la Policía de Suba ha podido sacarla. “Esta es mi casa. Punto”, concluye la abuelita

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