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Con los ojos de Saramago

Con los ojos de Saramago

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de junio 2010 , 12:00 a. m.

Tal vez no se ha enterado de su propia muerte, pensé al ver la fotografía hermosa que daba cuenta de la velación del escritor portugués José Saramago.

El féretro con su cuerpo ocupaba el centro de su propia biblioteca en la isla de Lanzarote, en las Canarias. Aparte de una docena de ramos –siempre van bien las flores y las lágrimas– y de unas cuantas miradas acongojadas, no había más que libros a su alrededor. Miles de libros.

Ahora sé a dónde van los escritores cuando mueren. Al menos aquellos que, como José Saramago, asumen la escritura como un oficio apasionante y no como un trabajo prescindible: a ese paraíso que Borges imaginó como una suerte de magnífica biblioteca.

No me cuesta trabajo imaginar que, cuando aquellos ojos dejaron de mirarlo, cuando los presentes dieron media vuelta y dejaron su cuerpo en la aparente soledad de la muerte, Saramago se levantó para departir con todos los escritores que inspiraron su obra inmensa, que le ayudaron a encontrar y a recorrer el camino, que lo animaron a buscar la poesía a la vuelta de cada párrafo.

Allí estaban, en los anaqueles que recorría con sus ojos casi a diario en busca de páginas leídas que merecían una nueva ojeada, o de páginas aplazadas a las que les había llegado la hora.

Capaz de metáforas profundas, sorprendentes y maravillosamente escritas como la que encierra su Ensayo sobre la ceguera, y que nos lleva a cuestionarnos sobre qué tan cerrados hemos mantenido los ojos ante la cruel realidad que nos rodea, Saramago fue un escritor incómodo, porque era de esa rarísima especie de los que dicen lo que piensan. Y se ufanaba de hacerlo: “Si tengo algún motivo de vanidad es que siempre he dicho lo que pienso, en cualquier sitio”.

Sí, fiel militante de una minoría que promueve un mundo más justo, más equitativo, decía verdades incómodas. Pero no tragaba entero. Fue duro con la derecha que promovía el capitalismo salvaje, y crítico, al mismo tiempo, con la izquierda que caía en la burocracia, que se dormía en los laureles.

Pero en el fondo de su corazón no era más que un soñador empedernido. Un hombre capaz de la ternura y de sentencias como esta: “El único valor que considero revolucionario es la bondad, que es lo único que cuenta”.

Muere un grande, pero no se va. Queda en su propia biblioteca y en las bibliotecas de quienes tanto lo hemos disfrutado. Quizás, entonces, sea mejor decirle gracias que adiós, volver a sus páginas y tratar de ver el mundo con sus ojos. Al menos por un instante.

fquiroz64@gmail.com

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