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PEDRO I. CHAIKOVSKY

PEDRO I. CHAIKOVSKY

Como iba, su futuro era ser un empleado público más. Al terminar su carrera de derecho en la Universidad de San Petersburgo, se vinculó al Ministerio de Hacienda y su talento para la música lo ocultó entre papeles oficiales, sellos y firmas para revisar. Las clases de piano que recibió de adolescente las tomó como una parte más de su formación, haciendo caso omiso a la fascinación que sus notas producían en él. Las leyes estaban primero para este hijo de un ingeniero de minas.

Sin embargo, a los 23 años retomó sus clases. Esta vez en el Conservatorio y con maestros como Rubinstein y Stiehl. Ahí comienzan las dudas: músico? abogado? maestro? El premio que recibió por la cantata Himno a la alegría lo animó para tomar una decisión que solo puso en práctica un año después, cuando Rubinstein le ofreció la cátedra de armonía del Conservatorio.

Once años como profesor volvieron a hacerlo dudar. Se quedaría toda la vida habitando oscuros salones de clase? El talento que tanto le habían admirado sus compañeros había que ponerlo en práctica. Por eso solo a los 33 años comenzó componer a forma.

No empezó mal. Romeo y julieta fue su gran éxito, aunque era una composición que tenía archivada desde hacía cinco años.

En esa misma época, este hombre que nació en Wostkinsk (Rusia) contrajo matrimonio. Hecho terrible que al final terminó bien: aunque se separó a las pocas semanas, también en pocas semanas encontró a otra. Para alejarse de tan desagradable experiencia se fue a viajar por Suiza e Italia. En una de esas paradas conoció a la señora Meck, quien se convritió en su mecenas. A producir!, fue el canto de batalla. Experimentó en todos los géneros: suites, sinfonías, oberturas, conciertos, óperas, ballet, música religiosa...

Pero como era tan tímido, no las daba casi a conocer y eso que quería ser famoso para que su familia se sintiera orgulloso de él. Por eso, en parte, se debe a que muchos lo consideren uno de los músicos menores de Rusia.

A pesar de ello, logró grandes éxitos. Fue cuando venció su timidez y le dio por ser director de orquesta. Así paseó por las principales capitales europeas, a la vez que reconocidas orquestas interpretaban sus obras.

En cada una de estas ciudades escribía a uno de sus hermanos, Nicolás, quien era el que lo alentaba a seguir. Además recibió otros apoyos que lo hicieron convencerse de su capacidad creadora. Otra pensión por parte del zar y un título honoris causa de la Universidad de Cambridge.

Aunque las obras que dejó al morir a los 53 años a causa del cólera, sobrepasan el centenar, las más conocidas son sus ballets: El lago de los cisnes, La bella durmiente del bosque y Cascanueces. Esas tres son suficientes para que a Piotr Ilich Chaikovsky se le recuerde entre los compositores clásicos que pasaron a la historia de la música por geniales, con todas y las críticas que ha merecido.

Ahora el mundo musical está conmemorando, con conciertos y conferencias, el primer centenario de su muerte. La Orquesta Filarmónica de Bogotá se une a este homenaje y por ello, el próximo sábado en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional interpretará Romeo y Julieta y la sinfonía número 6, conocida como Patética. Esta fue su última obra y así la bautizó Modesto, otro de sus hermanos. Fue la única y mejor palabra que encontró para explicar y sintetizar esta composición.

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