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Los Guerreros de Terracota no se inmutan con nada

Los Guerreros de Terracota no se inmutan con nada

Silenciosos e inmóviles, a pesar de ser cerca de 8.000, estaban allí bajo tierra cuando unos campesinos de la región los descubrieron.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
05 de junio 2010 , 12:00 a. m.

Aun ante la sorpresa de los intrusos, ellos permanecieron impávidos, y así continúan 36 años después. Al fin y al cabo ya llevaban así varios siglos.

Se trata del Ejército de Terracota de Qin Shihuang, el primer Emperador de China y fundador de la dinastía Qin (221-210 a.C.), un tesoro de la humanidad.

El equipo arqueológico que ha ido descubriendo y clasificando este material que habla sobre “la gran importancia cultural de China y su civilización milenaria, su organización social y su esplendor artístico” fue galardonado en mayo con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

Con este resultado, los Guerreros de Terracota se convirtieron en la primera candidatura china en recibir uno de estos galardones y la primera vez que estas excavaciones obtienen un reconocimiento fuera de las fronteras de China.

Se cree que este Ejército está compuesto por, al menos, 8.000 soldados (ninguno con la misma expresión), entre ellos los últimos 114 pintados en vivos colores, que fueron desenterrados recientemente en las afueras de la antigua capital imperial por un equipo liderado por Xu Weihong.

El descubrimiento del Ejército de Terracota está considerado uno de los más importantes en la arqueología del siglo XX, comparable al de la Tumba del Faraón Tutankamon en Egipto.

Los verdaderos descubridores de los guerreros fueron unos campesinos de Lintong que en la primavera de 1974 se encontraban excavando para obtener agua para sus regadíos, cerca del monte Li y de la antigua ciudad de Xian (capital de la provincia de Shaanxi), cuando encontraron fragmentos de una estatuilla. Era la primera de las miles que hay en un mausoleo gigantesco y que resguardaban la sepultura del primer emperador de la China unificada y al que se debe el nombre de este país.

Era el principio de un descubrimiento que todavía continúa dando sorpresas.

La dinastía Zhou se estableció en el valle del Wei alrededor del año 1100 a.

C. y con ella el país tuvo un largo periodo de estabilidad política y religiosa.

El hallazgo formaba parte de una antigua leyenda que situaba en esta zona el enterramiento del emperador Zheng, que se convirtió en vida en uno de los personaje históricos más importantes de este país asiático por su capacidad innovadora y del que el historiador Sima Quian dejó dicho que “conquistaba los estados de los alrededores con la velocidad de un gusano de seda que devora una hoja de morera”.

Zheng heredó el trono de su padre con tan sólo 13 años de edad. Apenas había asumido el título real, cuando comenzó a realizar las labores para su tumba y adoptó un nuevo título nunca utilizado con anterioridad: Qin Shihuang, que significa ‘primer augusto emperador de la dinastía de los Qin’. Era el año 221 a. C.

Su afán por uniformar al pueblo llevó al emperador a igualar las vestimentas, las opiniones, los modos de lucha y los idiomas en la escritura. Centralizó el ejército, controló personalmente numerosas actividades económicas y creó 36 distritos dentro de sus dominios que mantuvo bajo un control feroz. Organizó una extensa red de carreteras y canales que conectaban las distintas provincias para facilitar el comercio entre ellas y estandarizó la moneda, los pesos y las medidas. También fue el constructor de la Gran Muralla China.

Debido a su carácter totalitario y la obsesión por controlar a sus súbditos, Zheng se ganó la animadversión de muchos, por lo que, para evitar ser asesinado, siempre se ignoraba en cuál de sus 260 palacios se encontraba.

Si la labor de este emperador fue ingente, el mausoleo que le daría cobijo tras su muerte no lo es menos. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, su hallazgo tuvo un gran impacto en la sociedad china por su emblemático significado

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