Lecciones equivocadas de la historia

Lecciones equivocadas de la historia

Cuando regresó de Múnich, en septiembre de 1938, después de haberle cedido a Hitler el territorio de los Sudetes, que pertenecía a Checoeslovaquia, el primer ministro inglés Neville Chamberlain proclamó que creía haber alcanzado “paz en nuestra era”, cuando en realidad le había pavimentado al dictador alemán el camino para invadir Polonia e iniciar la Segunda Guerra Mundial. Ese trágico error, que se conoce como la “Lección de Múnich”, ha servido de advertencia y excusa para enfrentar diversas situaciones de crisis que han culminado en enfrentamientos bélicos, y ha fomentado la creencia de que el apaciguamiento no es la estrategia que se debe seguir cuando se enfrentan las amenazas de los hombres fuertes, caracterizados usualmente como seres irracionales, malintencionados, que no se detienen sino ante la fuerza.

30 de abril 2010 , 12:00 a.m.

El ejemplo de Múnich ha sido uno de los determinantes en las actitudes y los discursos de distintos gobiernos de los Estados Unidos cuando se enfrentan a situaciones de crisis. Se ha invocado para no sostener conversaciones abiertas con Corea del Norte, para invadir a Irak, para amenazar a Irán y, en general, para justificar la intervención de ese país en distintos lugares del mundo. También le sirvió a Inglaterra como precedente para responderle militarmente a Nasser, en la Crisis del Suez, guerra que marcó definitivamente el ocaso del poder de Inglaterra.

A pesar de la fuerza ejemplar que detenta la “Lección de Múnich”, muchos historiadores y estrategas de política internacional advierten que hay que usar el ejemplo con mucho cuidado y que no necesariamente se debe concluir que una estrategia de negociación y apaciguamiento es menos efectiva que una de enfrentamiento y eventual conflicto bélico.

Es más, varios analistas coinciden en que la situación europea en 1938 era una de las pocas ocasiones en que el enfrentamiento, aun corriendo el riesgo de guerra, era una mejor alternativa que la diplomacia y la negociación, y que Francia e Inglaterra quizás hubieran podido detener a Hitler entonces si no se hubieran dejado chantajear.

Aunque Neville Chamberlain posiblemente se equivocó, muchos otros europeos compartían su visión porque habían vivido y conocido de cerca los horrores de la Primera Guerra. Adicionalmente, el profesor y ensayista Ian Buruma comenta que después de haber vivido los horrores de la guerra, los países de Europa Occidental se han parecido más a Chamberlain que a Churchill, pues después de dos guerras catastróficas se han dedicado a construir instituciones que harían innecesario un conflicto bélico entre ellas (The Wrong Lesson of Munich. Project Syndicate. A World of Ideas). También se dice que los Estados Unidos podrían conseguir mejores frutos por la vía diplomática con Irán y con Corea del Norte que con el enfrentamiento y la hostilidad.

La “Lección de Múnich” ha sido invocada en el caso colombiano para defender una posición de franco enfrentamiento con Chávez, porque él responde al apaciguamiento con agresión. Juan Manuel Santos sostiene como justificación de su propia actitud belicosa y en referencia a la posibilidad de que sea Mockus quien tenga que enfrentarse a Chávez, que en Colombia podríamos elegir a la Madre Teresa de Presidente y Chávez seguiría agrediéndonos. Es posible que así sea, pero sería más fructífero y mucho menos riesgoso hacerle caso a Mockus, que defiende con vehemencia la vía diplomática y la construcción de canales de comunicación y negociación con Venezuela, lo que también recomienda la Misión de Política Exterior que convocó el Canciller.

Las dos estrategias son riesgosas, especialmente porque ni Colombia ni Venezuela han sufrido una guerra moderna y sus poblaciones tienden a minusvalorar los horrores de la opción bélica, pero al menos la estrategia de buscar un acuerdo diplomático le da espacio a la cordura y no son los dos países los que toman al tiempo el camino de la insensatez. “Verde que te quiero verde”

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