‘Momias de San Bernardo son una bendición de Dios’

‘Momias de San Bernardo son una bendición de Dios’

En una esquina a la entrada de San Bernardo, una población a dos horas de Bogotá, Olga Cruz, dueña de un restaurante, no para de servir unos tubérculos rosados que conocen como chuguas, otros que llaman balúes y hasta un sudado de una especie de papa verde que se conoce como guatila.

29 de abril 2010 , 12:00 a.m.

La mujer dice que eso para los lugareños es “como irse a comer un manjar”, pero lo cierto es que para muchos empezó a ser un alimento predilecto desde que se rumoró que esa era la causa de que los cuerpos de los difuntos se momifiquen.

Con el hallazgo de la primera momia hace 40 años, que corresponde al cuerpo de Florentina Gutiérrez, se empezaron a tejer historias y relatos de misterio. Hoy, el municipio cuenta con el Museo Padre José Arquímedez Castro, en el que están exhibidos más de una decena de momias.

Por eso muchos que han tenido familiares momificados aseguran no desaprovechar el chachafruto, como también conocen el balú. Alicia Chala asegura que, aunque no tiene certeza de si esa es la razón, estos frutos y su planta son durables y crecen en las fincas sin mayores cuidados.

De hecho, según el director de Cultura y Turismo de la región, Rodulfo Triana, en la vereda Pirineos, de donde ha salido el mayor número de momias, la gente vive de la tierra y muchos se alimentan de lo que siembran.

“Algunos ni siquiera tienen qué vender y la guatila, por ejemplo, crece sola y resulta ser lo más asequible para alimentarse”, cuenta Triana.

Pero otros en el municipio consideran que la explicación está en las características del terreno sobre el que se levantó el cementerio. “Algunos piensan que es un mineral de la tierra, que conserva los muertos”, señala José Antonio Baquero, vigilante del camposanto y el doliente de decenas de cuerpos.

Baquero asegura que la historia de la guatila y el balú perdió fuerza cuando hace menos de una década empezaron a encontrarse cuerpos de bebés conservados y que jamás probaron esos frutos típicos.

Este hombre, de sombrero de ala ancha y que también es el guía del museo, cuenta que antes San Bernardo tuvo dos cementerios en los que nunca pasó nada. En el nuevo lugar, desde el principio todos han salido momificados. Lo sorprendente es que cuerpos con cinco años de inhumados todavía siguen intactos.

Baquero, que pasa sus días junto a ellos, dice que parece que las bóvedas fueran congeladores, pues aparentemente son sólo los líquidos del cuerpo los que se secan y por eso la piel se pega a los huesos.

Y otros, según Baquero, creen que el fenómeno es una bendición de Dios a quienes en vida fueron fervorosos creyentes. Es el caso de su amigo Laureano Acosta, cuyo cuerpo es el mejor conservado de todos los que se encuentran en el museo. Acosta era un campesino que no perdía misa los domingos y ofrecía sus cultivos al Todopoderoso.

El hecho es que para la mayoría de los habitantes de San Bernardo la muerte inspira más respeto y hasta admiración. Algunos incluso sienten orgullo de que sus difuntos se hayan conservado y hagan parte del museo.

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