Grave decisión

Grave decisión

La feliz coincidencia de viajar a Cuba y a China casi que pasando directamente de un país al otro, me permitió medir los contrastes entre dos países que se reivindican hijos del mismo padre: el marxismo.

28 de abril 2010 , 12:00 a.m.

Cuba es como un museo vivo de los años sesenta; China, un laboratorio de ciencia ficción. Cuba es santuario donde se adora a los dioses Marx y Lenin; en China apenas si hay suvenires maoístas, casi unas caricaturas sin sentido político o ideológico. En Cuba apenas circula un periodiquito con impresión que recuerda a los linotipos, en China hay periódicos y revistas atiborrados de publicidad de vehículos de alta gama, joyas como para emperadores y confecciones propias para la vestimenta de las divas.

En China, la población y los turistas llenan miles de restaurantes refinados y consumen vinos de selección; en Cuba, los llamados paladares (restaurantes de 4 o 5 mesas), a los únicos cubanos que admiten es a los cocineros y meseros; por las calles de China circulan romerías de turistas chinos que se toman los hoteles, los museos y, sobre todo, la Ciudad Prohibida; en Cuba no hay turismo interno y sólo los extranjeros (o alguno que otro nativo privilegiado) pueden ocupar los hoteles, alquilar los carros y comprar en las tiendas.

¡Ah, las tiendas! China es un inmenso centro comercial con oferta completa para todos los apetitos de chinos consumistas; Cuba languidece en medio de un desaprovisionamiento que sólo tiene parangón con Haití o países del centro de África. En China parece la hora de llegada: torres y torres en ascenso hacia el cielo, maquinaria pesada moviendo tierra, grúas que suben y bajan materiales, carreteras y ciudades que aparecen como por ensalmo; en Cuba, las casas se descascaran y las autopistas son las mismas cuya contratación le mereció a Batista ser acusado de peculador y corrupto. En fin… China produce envidia de la buena; Cuba da grima. Los chinos son el optimismo encarnado; en Cuba pareciera que no hay futuro. Y lo que asombra, caramba, es que ambos países son la negación fehaciente de la teoría marxista, según la cual los héroes tienen un papel aparente en la historia porque ella la hacen las masas; que los individuos apenas intervienen como los peces en el cardumen, como las fieras en la manada.

En 1979, Deng Xiaoping derrotó a Hua Guofeng por la sucesión de Mao. Fue una batalla política memorable que definió la vida de millones de seres humanos.

China, hoy, es hija de ese hecho, pues su actual fisonomía política fue moldeada en la personalidad y el cerebro de Deng. El pragmatismo, la capacidad de corregir el rumbo, el abandono del simplismo marxista, dispararon a China como un cohete hacia el planeta del progreso. Si hubiese ganado Hua, China sería hoy la hermana vieja y desarrapada de la infeliz Cuba. Cuba, a su vez, es el fiel retrato de su líder, Fidel, un hombre que nunca conoció la transacción, la maleabilidad, el compromiso.

En los últimos 50 años, China ha sabido pasar del antagonismo, llevado hasta el extremo bélico, a la paz y al desarrollo del comercio con países como Estados Unidos, Rusia, Vietnam o India. A todos los enfrentó con una energía demoledora y con todos tomó la iniciativa para sentarse a pactar el cese de hostilidades.

Logrado su propósito, a todos los ha tratado como si fuesen amigos de toda la vida. Cuba, en cambio, proclama a los cuatro vientos que su pleito con Estados Unidos y con sus propios hijos de la emigración sólo se resolverá con la victoria o con la muerte. Como la primera fue imposible, se resignaron a vivir, sí, como muertos en vida. Eso es efectivo: cuando un país elige a su líder toma una decisión de vida o muerte. ¿O no? Beijing, abril de 2010

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