Ribeyro, inexplicablemente olvidado

Ribeyro, inexplicablemente olvidado

Que el nombre de Julio Ramón Ribeyro no haya figurado a la altura de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti y otros tantos integrantes de una generación de destacados escritores latinoamericanos es un misterio. Su obra, parcial e inexplicablemente olvidada ha recibido hoy una nueva oportunidad para hacer justicia a uno de los mejores cuentistas del siglo XX: la edición, en dos volúmenes, por parte de Seix-Barral, de los relatos reunidos con el título: La palabra del mudo.

24 de abril 2010 , 12:00 a.m.

Ribeyro fue y sigue siendo un maestro del cuento breve. No hay modernidad que supere el clasicismo de su obra. Sus relatos son un milagro de precisión y sencillez, pero también de la extraña inquietud que se agita en el fondo de ellos.

La actividad literaria de Julio Ramón Ribeyro parece ser el resultado del trabajo de un autor que ha creado su obra a pesar de sí mismo. Necesaria y a la vez cautivante, su prosa nada afirma ni nada niega, pero lo dice todo, y sabe cómo hacerlo. La confiada sabiduría que deja como rastro al término de cada uno de sus cuentos hace de Ribeyro, más que un moralista, un observador agudo de una realidad que nos hiere y nos arrastra hacia sombrías e inquietantes verdades imposibles de ignorar. La amplia galería de sus motivos y personajes comporta una visión y un cuadro dramático implacable sobre la condición humana. Ahí está expuesta la existencia en estado puro, sin máscaras ni artificios, sin disfraces ni retórica, sin altos ni compasivos adjetivos. La vida en su humillante proceder. Severo, cáustico, amargo, escéptico, silencioso como una sombra, así también son sus cuentos.

En las circunstancias más ordinarias, que son las propias de la mayoría de sus cuentos, Ribeyro proyecta la luz penetrante que revela los aspectos más sombríos de los hombres, los que aman, luchan y mueren pero también conviven con el egoísmo, la mentira, la traición, el deshonor, la ofensa y el fracaso.

La mirada impasible de Ribeyro no es la de quien juzga con rigor a sus semejantes, sino la de quien discute sobre el irresistible valor de lo anodino que hay en ellos. Y, si los aprecia, lo hace desde la perspectiva de la escena que representa a los seres humanos como “resignados habitantes del infierno” de que hablaba James. La suya es sin duda la visión de un hombre lúcido y desengañado como pocos y, como pocos, Ribeyro ha permitido que su obra quede contaminada con semejante desengaño. Por eso tal vez dijo alguna vez que “cada escritor tiene el rostro de su obra”.

¿Es esa la razón que pueda llegar a explicar el eclipse de su obra ante astros más hiperbólicos, fulgurantes, vivaces y acaso optimistas? De lo que estamos seguros es de que Julio Ramón Ribeyro es uno de los mayores prosistas del siglo XX en lengua española, que sus cuentos son extraordinariamente valiosos desde los puntos de vista literario y humano y que su lectura deja en el lector una curiosa mezcla de admiración y dulce pesadumbre: de él siempre aprendemos algo insólito y verdadero.

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