Sting, explosivo

Sting, explosivo

Sting ya tenía asegurada la categoría de superestrella con su rol de bajista, compositor y vocalista de The Police. A pesar de que el grupo se hallaba en su momento de mayor gloria –publicó cinco exitosos álbumes y puso una veintena de temas en los Top 20– decidió dejar la banda en 1984. Cuando se anunció su separación, el último álbum del grupo llevaba más de cuatro meses en el primer lugar de las cartas.

18 de abril 2010 , 12:00 a.m.

En su biografía, escrita por un antiguo compañero de clases, y de tragos, reveló que todo comenzó como un sobrenombre (‘Sting’ puede traducirse como ‘aguijón’) por haber llevado a un concierto con ‘The Phoenix Jazzman’ un buzo amarillo con rayas negras que el vocalista decía le hacía parecer una abeja.

Pero, probablemente, Gordon Matthew Thomas Sumner no habría llegado a ser Sting si no fuera por su costumbre de hacer las cosas a su manera.

Integrante de ese selecto grupo al que han ascendido solamente un puñado de luminarias –entre ellos The Beatles, The Rolling Stones, Elton John y él- es, a la vez, un artista vigente en permanente evolución y una de las estrellas de rock más adineradas del mundo.

Por eso no es el tipo de leyenda que uno esperaría ver cantando a beneficio de un empobrecido corregimiento de Cartagena y, sin embargo, se prepara para venir a Colombia a hacer precisamente eso por las jóvenes de Pasacaballos.

Famosas peleas Hacer las cosas a la manera de Sting no implica necesariamente hacerlas del modo fácil o amable. Son legendarias las peleas que sostenía casi a diario con Andy Summers y Stewart Copeland, respectivamente el guitarrista y el baterista de The Police.

Para ilustrar la intensidad de sus enfrentamientos, Copeland, autor de un documental en cine de 8 milímetros sobre los turbulentos siete años del grupo, dice que nunca grabó una sola de sus peleas con Sting “porque para tratar de estrangular a alguien se necesitan las dos manos”.

Cuando, contra todo pronóstico, consiguió como solista superar su éxito anterior con The Police y alcanzar estatus de magnate, Sting decidió usar su enorme poder para apoyar toda clase de campañas benéficas: ha sido un tenaz activista de causas que van de la lucha contra la hambruna –participó en el video ‘Do They Know is Christmas?’, considerado como el precursor de ‘We Are the World’– a la denuncia de la tortura, la defensa de los derechos humanos y la causa contra la deforestación.

Esto explica su participación en un proyecto como Buchannan’s Forever en tres países: Venezuela, México y Colombia, que hacen parte no de su gira, sino de sus presentaciones para apoyar causas concretas. En Pasacaballos, Cartagena, se trata de un proyecto que viene operando la Fundación Antonio Restrepo Barco y que brinda capacitación empresarial a jóvenes, una filantropía que lo trae, por primera vez, a Colombia.

De hecho su labor y su carrera van de la mano de un buen músculo financiero.

Se sabe, por ejemplo, que sus ganancias le han permitido doblegar el yugo de las grandes compañías disqueras. En 1997, en un trato similar al que firmó David Bowie, logró que EMI comprara todo su catálogo (cada canción que ha compuesto desde sus días en The Police hasta su carrera como solista) por más de 30 millones de dólares, en un acuerdo en el que el artista recibía el 75 por ciento de las ganancias de sus próximos lanzamientos. En el 2006, obtuvo de Universal el aval para grabar un álbum que iba en contravía de lo que el sello –y gran parte de sus fanáticos– esperaban: con base en canciones de John Dowland, un compositor del siglo XVI al que Sting considera la primera estrella de rock de la historia, produjo ‘Songs from the Labyrinth’, una mirada íntima a su faceta espiritual, en el que reemplazó su tradicional bajo por un laúd. La profunda belleza de este nuevo sonido le permitió redescubrir viejos éxitos, como en la versión acústica de su canción Fields of Gold, más de diez años después de su lanzamiento original en el álbum ‘Ten Summoner’s Tales’, en 1993.

Incluso cuando se mantuvo lejos de los estudios se las arregló para figurar en las listas. Después de mantener a la disquera en vilo por tres años, la versión de ‘Puff Daddy’ de Every Breath You Take –con el título I'll Be Missing You– le recordó al mundo la potencia perenne de la obra de Sting.

En cada cosa que ha intentado, ha salido avante. Hasta se ha permitido más de un coqueteo con la industria del cine, a la que no sólo dio temas para las bandas sonoras de cintas como El demoledor, Arma mortal 3, Los tres mosqueteros, Kate & Leopold y Las locuras del Emperador, sino en la que ha incursionado en la actuación en varios proyectos, el más reciente la cinta Juegos, trampas y dos armas humeantes, del director Guy Ritchie.

Ni en su activismo ni en su faceta actoral –y ciertamente nunca en su música– ha dejado Sting a un lado su maníaca atención a los detalles. Ahora, tras haber vendido cien millones de álbumes, su nombre artístico ha reemplazado al original en casi todos los aspectos (asegura que sólo usa este último para firmar documentos legales y que hasta sus hijos lo llaman Sting).

Seguramente los jóvenes de Pasacaballos no tienen idea de quién está detrás de este mítico cantante británico, excéntrico y perfeccionista que tiene todo bajo control, tanto, que en la rueda de prensa que dará el 6 de mayo, día del concierto en Bogotá, sólo unos pocos periodistas podrán preguntar.

Con dos semanas de anticipación, los organizadores pidieron las preguntas; de ellas, Sting seleccionará una pocas, las que más le interese. Esa es su pauta.

Los fanáticos del cantante, por su parte, pagarán sumas que van desde los 700 mil y el millón de pesos, y todo parece que lo harán, pues a dos semanas del concierto,que tendrá capacidad para 2.500 personas, sólo queda el 20 por ciento de la boletería, en lo que será un encuentro casi ‘íntimo’ con el artista, pues se trata de otra versión más de espectáculos en donde los fanáticos están sentados alrededor del cantante, tomando whisky y viendo tocar a uno de los más grandes: Gordon Matthew Thomas Sumner, conocido mundialmente como Sting

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