Por una lengua

Por una lengua

Por fortuna somos tantos. Y hablamos sin parar, aunque a veces lo hagamos sin pensar lo que vamos a decir. O incluso lo que ya dijimos.

13 de abril 2010 , 12:00 a.m.

Por fortuna somos tantos. Y nos seguimos reproduciendo.

Me refiero a los que hablamos español –o castellano, si prefieren– en tantas latitudes. En tantos cruces de camino. En tantas esquinas. En las tascas del sevillano barrio de Triana, en los cafés de la avenida Corrientes, en las bibliotecas magníficas de Medellín. Los que hablamos esta lengua al lado de unos cuantos, unos pocos, que hablan muchas otras lenguas sonoras y hermosas en las terrazas que miran al mar desde la Sierra Nevada de Santa Marta, en las islas flotantes del lago Titicaca, en el mercado de Chichicastenango, en los parajes fríos de la Patagonia, en las orillas del río Bravo.

Y digo que es una fortuna que seamos tantos, a propósito de una noticia triste que leí en estos días: que cada dos semanas muere el último hablante de una lengua. Es decir, muere un idioma.

Hace poco más de un mes murió en el sur de India una mujer de nombre Boa y, con ella, la lengua Bo. Cuentan que fue una mujer alegre y dicharachera, que al final de sus días andaba triste y aburrida porque no tenía con quién hablar. Y porque sabía que al morir se le daría sepultura a una tradición que había comenzado sesenta y cinco mil años atrás. Como los primeros habitantes de Macondo, tal vez sus antepasados también señalaban los objetos con el dedo, en un mundo en el que muchas cosas aún carecían de nombre.

¿Imaginan que nadie nos entendiera cuando pronunciamos, con sus cuatro letras, la palabra café, o cuando llamamos con el nombre de trébol a esa planta con hojas que casi siempre se agrupan de a tres? Pensaba en la fortuna de que seamos tantos los que compartimos esta lengua hermosa que aprendí de mis padres y que ahora le enseño a mi hija. Y sé que cuando muera no morirán palabras como azar, quizás o cereza, que tanto me gustan.

Pensaba en esto por cuenta de Boa, que en un triste silencio descansa, y porque se acerca el día del idioma, y en las escuelas colgarán pendones con versos de Huidobro, fábulas de Monterroso y acertijos de Cortázar para celebrarlo. Y pasarán al frente los más aplicados para declamar a Quevedo, y los maestros más atrevidos les pedirán a sus alumnos que escriban cartas de amor, para que aprendan a conectar el corazón y la cabeza. Y para que descubran esa patria hermosa que llevan en la lengua, con la ilusión de que la sigan descubriendo –y con ella sigan conquistando– hasta el último día, con la certeza de que alguien más entenderá sus palabras.

fquiroz64@gmail.com

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