‘Falsos positivos’, en novela

‘Falsos positivos’, en novela

Adán en Edén, la novela más reciente de Carlos Fuentes, es muy mexicana, pero podría ser muy colombiana. Para percibirlo, no es necesario ser un analista del proceso de violencia, narcotráfico y corrupción que vive ese país. El filón es grande. Lo sabe Fuentes no sólo por su gran talento, sino por su profundo conocimiento de nuestra realidad.

03 de abril 2010 , 12:00 a.m.

Ahora, se convierte, probablemente, en el primer autor en llevar los ‘falsos positivos’ a la narrativa continental. En Adán en Edén registra el siguiente párrafo: “Recuerdo que en Colombia se dio el caso de los llamados ‘falsos positivos’, o sea ejecuciones extrajudiciales de jóvenes presentados como guerrilleros con el propósito, mortalmente estadístico, de demostrar que la fuerza pública actuaba con eficacia contra la guerrilla. Cuando no se capturaba guerrilleros, se improvisaban cadáveres de jóvenes inocentes y se presentaban como guerrilleros –como eran jóvenes muy humildes, se los devolvían a sus familiares– ¿Quién iba a protestar? ¿quién iba a demandar? Mi jardinero tampoco”. Una reflexión que hace Adán Gorozpe, el narrador del libro, un arribista típico, inmoral, corrupto y sagaz, un hombre que viene del poder económico se deja tentar por el poder político.

Gorozpe habla de los ‘falsos positivos’ porque esa es una de las estrategias de su rival, el aún más oscuro y tenebroso Adán Góngora, ministro de la seguridad Nacional.

Góngora es un oficial que, a pesar de estar aliado con los peores mafiosos de su país, se ha convertido en un auténtico héroe nacional, por sus logros al combatir el crimen. Sus méritos pasan por una gran cuota de ‘falsos positivos’, atropellos a los derechos humanos y decomisos pactados con los criminales. Todo parecido con nuestras realidades es pura coincidencia.

Los destinos de Góngora y Gorozpe se cruzan porque la esposa del segundo, la hija de un empresario del sector panificador, se enamora del ministro corrupto, mientras Gorozpe, se ocupa de ocultar sus infidelidades con la bella Ele, su verdadero gran amor.

La novela no es más que una mirada ácida de las democracias latinoamericanas y sus hipocresías, sus mentiras vestidas de realidades y logros ficticios y sus frecuentes manipulaciones de la verdad y las estadísticas.

A manera de anécdota, es curiosa la charla que en un capítulo sostienen el recientemente fallecido Tomás Eloy Martínez y Sergio Ramírez alrededor de las imposturas políticas en sus respectivos países –Nicaragua y Argentina– y cómo “descubren”, sorprendidos, que ambas se parecen, como Colombia y México, lo cual nos lleva al comienzo de todo y convierte a Adán en Edén en una novela urgente

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