Los Pinto Corredor, todos unos ‘santos’ del pescado en Paloquemao

Los Pinto Corredor, todos unos ‘santos’ del pescado en Paloquemao

Cansados de un viaje de más de ocho horas, desde Acacías (Meta), tres jóvenes descargan un furgón con 15 mil unidades de mojarra en la parte de atrás de la plaza de Mercado de Paloquemao. Adentro, Giovanny Chávez, de 25 años, con machete y martillo y con unos guantes rotos, de tanto trabajar, rebana bagres que venden en J.J. Pinto y en la Pesquera Inés Muñoz.

01 de abril 2010 , 12:00 a.m.

Se trata de dos negocios familiares, inaugurados en 1972 y heredados a la familia Pinto Corredor. Allí trabajan hijos, tíos, primos, sobrinos y hasta nietos. Muchos de ellos ni siquiera han visto la luz del día durante la Semana Santa. Sin embargo han tenido buenos ingresos económicos.

Según Carlos Alberto Pinto, padre de los jóvenes y dueño del negocio, “en un día normal salen de 10 a 15 arrobas. En estos días las ventas aumentaron a 30 y 40. Vendemos doncella, capaz, nicuro, bocachico, mojarra y bagre, siendo estos dos últimos los que más compra la gente” “Es bastante pesado el trabajo en estos días. La gente no tiene paciencia, se enoja y hasta resulta uno regañado“, cuenta Laura Pinto, estudiante de ing. industrial, quien se esconde detrás de un tapabocas y de un delantal, no sólo por higiene sino por timidez.

La joven de 20 años, su hermano Carlos, de 30 y su hermana Marcela, de 26, les colaboran a sus padres desde hace dos años. Es una labor a la que se han ido acostumbrando pese a que anhelan trabajar en la carrera que estudiaron.

“Yo soy ingeniera química, pero como no consigo trabajo, me toca venir a ayudar”, confiesa Marcela, quien asegura que su herma no fue obligado a trabajar.

La rutina del trabajo Desde las 6 a.m. toda la familia empieza a llegar a la plaza. Se levantan a las 4 de la mañana pues viven a una hora del lugar, en el barrio Minuto de Dios. Durante la jornada de once horas de trabajo se turnan para traer, alistar, cortar y vender pescado. También tienen que ir a almorzar uno por uno. Es tanta la cantidad de gente que llega al lugar que es imposible ir en grupo.

El negocio se abastece cada tercer día de la plaza de las Flores, en Abastos. Allá quedan las bodegas mayoritarias de venta, que también pertenecen a la familia bogotana pero de tradición pesquera y que hoy está lista para afrontar el día de mayor concurrencia en el lugar.

“El jueves es el día más pesado. Recuerdo que en fechas anteriores he quedado en ‘shock’ de ver tanta gente”, trae a la memoria Laura Pinto mientras toma en sus manos un frasco con un ‘menjurge’ para sanar las heridas dejadas de los pinchazos con las espinas.

Al finalizar la jornada, el pescado que no se alcanza a vender se guarda en unos cuartos fríos dentro de la plaza. Los familiares y empleados, con el olor a pescado impregnado en todo su cuerpo, salen a las seis de la tarde.

Todos utilizan el transporte público y aunque antes de salir se bañan, el hedor a pescado no sale. “Cuando en un bus hueles a bagre, te haces el loco”, susurra Marcela al preguntarle cómo reacciona ante la mirada de la gente

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