Colombia: una sexualidad entre lo violento y lo sacro

Colombia: una sexualidad entre lo violento y lo sacro

Cuando los conquistadores españoles tocaron nuestras tierras y vieron a las indígenas, el ‘flechazo’ fue mutuo. A tal punto que ellas dejaron de fijarse en los exponentes masculinos de su propia comunidad para mezclarse con esos nuevos “advenedizos ibéricos”, explica, con el humor que lo caracteriza, el escritor bogotano Roberto Palacio.

13 de marzo 2010 , 12:00 a.m.

“Las indígenas del Urabá, por ejemplo, usaban unos sostenes de oro adornados con piedras que colocaban debajo de los senos, y estos tipos no sabían sobre qué abalanzarse primero. Lo lindo de la anécdota es que ellos quedaron encantados con el color de piel de ellas y, como ha ocurrido siempre que ambos sexos van por caminos distintos, no tanto en lo que les gusta sino en lo que piensan que al otro le gusta, las mujeres indígenas decidieron blanquearse porque pensaban que la piel blanca les gustaba más a los españoles. Se inventaron unas fórmulas para blanquearse la piel, como si fueran un peeling”, cuenta Palacio.

De anécdotas curiosas de este tipo está lleno el libro Pecar como Dios manda, el primer tomo de los tres que conformarán la serie Historia sexual de los colombianos, de Palacio (Sin pene no hay gloria).

La idea se le ocurrió al escritor argentino Federico Andahazi (El anatomista), cuya Historia sexual de los argentinos dio inicio a este proyecto regional, que también trabajan, de manera paralela, los escritores Jaime Collyer, en Chile, y Eugenio Aguirre, en México.

Para Palacio, lo más importante es que se trata de un texto con una mirada muy peculiar de la Historia, que se sale de lo académico. “Una de las cosas que uno descubre viendo la historia sexual de los colombianos, que no se nos ha contado, es que la sexualidad juega un papel fundamental, con comportamientos vigentes que vienen desde la América precolombina”, agrega.

A lo largo del proyecto, el autor reflexiona sobre conceptos de fondo como la cercana relación entre la violencia y la sexualidad o “la indisoluble” unión entre lo sacro y lo sexual.

“Pareciera que todo lo que no logramos en la cama lo hacemos con el cuerpo del otro en posición vertical y al revés. Porque cuando uno mira la violencia en Colombia, se encuentra tantos jóvenes muertos, que ni siquiera conocieron el amor, y que –como dice José Eustasio Rivera en La Vorágine– jugaron su corazón al azar y se lo ganó la violencia”.

El libro está estructurado en tres grandes partes: la América precolombina, la Conquista y la Colonia. En los siguientes tomos, Palacio abordará el siglo XIX (Colombia con pecado concebido) y finalmente el siglo XX hasta nuestros días. “Se trata de una mirada de la historia desde nuestra sexualidad, una gran motivación en las vidas de los seres humanos”, dice el autor.

BOGOTÁ Y SU TRADICIÓN PROSTIBULARIA.

Roberto Palacio explica que el propio don Juan de Castellanos relata, en sus ‘Elegías’, cómo, desde su fundación, Bogotá era un centro importante de actividades de prostitución.

Estando Hernán Pérez de Quesada (hermano de Gonzalo) como alcalde encargado, llegó Sebastián de Belalcazar con sus solados, provenientes de Perú. “Y dicen los cronistas que cada uno traía damas de juegos, no propiamente porque fueran muy dadas a los naipes”, explica Palacio, al agregar que pudieron llegar más de 300 prostitutas. “Entonces, lo que se cuenta de Hernán Pérez de Quesada es que como estas personas necesitaban favores políticos de su parte, les mandaban a una indígena con un buñuelo, y el tipo era experto en ingerir ambos presentes”

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