VISIONES DE PILAR COPETE

VISIONES DE PILAR COPETE

Después de vivir durante siete años en la India, Pilar Copete regresa a Bogotá en 1982 y empieza a pintar en forma. Esta estadía le aporta muchos beneficios a nivel interno, y también le proporciona otra visión en la que los parámetros de la filosofía y del diario vivir en oriente vienen a ser la cara complementaria de lo occidental. En su caso, cada cuadro es el resultado de un minucioso proceso de investigación en el que tanto el color como la forma y la textura, son descompuestos y desmenuzados, hasta obtener una respuesta satisfactoria. Solo en ese momento, y con la información que necesita, procede a pintar.

23 de junio 1996 , 12:00 a.m.

En varios cuadernos empastados con papeles hechos a mano, están consignadas las búsquedas de corte matemático y las reflexiones de índole práctica que responden a diversas inquietudes. Para entender el manejo del color de Mondrian o de Matisse, por ejemplo, Pilar descompone pacientemente cada brochazo y cada capa, con el fin de reconstruir esos procesos que le permiten ver cómo llegaron ellos al resultado específico que le interesa investigar. Otro elemento esencial como la perspectiva, también se percibe aquí a través del color y no por la forma en sí misma, como se expresa en la mayoría de los casos.

Pilar Copete utiliza al pintar dos teorías de colores primarios. La occidental se basa en tres colores, mientras que para la oriental, además del azul, rojo y amarillo, el negro y el blanco también cuentan. Al crear un cuadro, la primera etapa puede ser hecha con los colores primarios occidentales y cuando ya están secos sigue con los orientales. Esto genera un contrapunteo que la obliga a buscar soluciones diferentes de las que tendría que afrontar si estuviera trabajando solamente con una teoría de colores primarios. Y en estos retos radica una de sus características de estilo más sobresalientes, porque quebrar la teoría es tal vez el placer más grande que deriva de su pintura; no se conforma con las soluciones establecidas y probadas a través de la historia del arte y siempre está buscando ir más allá, para encontrar una salida propia a los problemas inherentes a su oficio.

Lápiz y acuarela Además de estudiar la pintura en sí misma, con todos los elementos que la conforman, trabaja con otras artes y otras disciplinas, que integra a su oficio para buscar caminos que se salen de las soluciones tradicionales. Las notas de la escala musical, por ejemplo, son trasladadas a colores para luego buscar cuál sería el equivalente de Fa sostenido en una tonalidad.

Otra manera interdisciplinaria que aplica a su pintura es traer a su oficio el concepto de los chakras de la filosofía hinduista (puntos de energía vital que hay en el cuerpo humano). Cada centro es representado por un color y su objetivo es hacer que de la pintura misma emane un color, que éste se sienta aunque no sea obvio. Incorpora también el proverbio japonés más vale un buen vecino que un hermano lejos a su oficio, pues cuando pinta siempre está buscando diferentes maneras de que cada color cambie de vecino, para lograr nuevos resultados pictóricos. El color es el eje de la pintura de Pilar Copete tanto en su investigación previa como en el resultado estético de sus obras. Porque, para ella, un cuadro suyo llena sus expectativas cuando cada fragmento sintetiza la totalidad de la obra, en cuanto al color . Y es impresionante, porque cuando lo logra, su pintura adquiere una fuerza difícil de explicar.

Fuera de los óleos, la exposición presenta una serie de dibujos que expone por primera vez. Son dibujos en los que el agua es el elemento primordial. Mientras hacía sus investigaciones, descubrió por casualidad la técnica japonesa Suumie, que consiste en dibujar al lápiz para volverlo acuarela luego. Actualmente trabaja modelos durante seis horas a la semana, pero ha sido un paso complejo para ella porque en la India los artistas solo pintan la naturaleza ya que la figura humana no es representada sino cuando se trata de los dioses. Pero, por disciplina, comenzó hace seis meses a dibujarla y el resultado logrado en tan poco tiempo es insólito. La composición, el movimiento y la agilidad de los dibujos son refrescantes y producen en el espectador una sensación totalmente distinta de la de los óleos. Estos atrapan por el color y los dibujos por una cierta fugacidad que uno quisiera retener. Pero ambos sumergen al que los mira en mundos aparentemente ajenos entre sí, pero que tienen en común una profundidad desconcertante.

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