FRÁGIL LUNA

FRÁGIL LUNA

Soy redonda. En algunos países, cuando somos grandes y redondas y podemos coronar una mesa de tocador de estilo, cumpliendo allí nuestra tarea de reflejar a los humanos, nos llaman lunas . En el almacén de donde salimos al mundo nos envuelven en espumas de ojitos de plástico y grueso papel color de piel bronceada, y pegan un sello grandes letras rojas: Frágil: Luna. A mí me envolvieron en papel de regalo, y no venía con un tocador. Venía separada, a la aventura, tenía mi propio pedestal. Algunas personas me habrían puesto en su cuarto de baño, en caso de tener un tocador allí. Y precisamente fui obsequiada a mi dueña en un shower baño . Regalo de su madrina.

23 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Sobre mí, al desnudarme del papel de colores y las cintas nacaradas, cayó una verdadera lluvia de aclamaciones: Divino! Qué finura! Será que para el matrimonio ya no le regale nada...

(Risas) Mi dueña no hablaba. Me tomó en sus frías manos de uñas recién pintadas. Se miró en mí. Por un instante, su cara bonita y remota casi me posee. Pero la luz, por más veloz que sea, viaja dentro del tiempo. Antes de llegar su rostro al rostro de mi alma de espejo, ya había cambiado. Los ojos brillaron. Los labios, rápidamente humedecidos, se entreabrieron en una sonrisa llena de sensualidad. Esta quedó grabada en mí.

La acompañé desde entonces en el momento del maquillaje y los últimos toques de arreglo. No me colocó en el baño sino en su alcoba. Plasmaba rubores en mí. Ensayaba gestos, miradas, mohínes, movimientos airosos de un cabello que siempre brillaba, bailaba, volaba. Así se formó mi cabello. Así mi cara. Así el brillo sedoso de mis mejillas. Así el brillo anhelante de mis labios. Así el brillo ansioso de mis pupilas. Y pronto supe por qué.

Ya era yo. Ya había adquirido rostro, personalidad, en fin, alma, si así quieres llamarla cuando lo conocí. A él. Fue poco antes de que él y mi dueña se unieran en matrimonio. Comprendí que yo era como era solamente porque él existía. Cuando él no estaba mirando a mi dueña, cuando ella no estaba practicando modos de impresionarlo, ella... no era yo. Y no estaba en mí. A veces esa otra imagen extraña, intrusa, me rozaba, y yo sentía desagrado. Pero esa imagen no pasaba de la superficie. No era yo y no lo sería nunca. Desde ese momento, desde esos días, no lo sería jamás.

Adorné su nueva alcoba. Me colocó sobre una cómoda, mirando una hermosa cama doble, con mullidas almohadas, con delicados tendidos, con sábanas de ojalillo, un verdadero deleite reflejar estas finesas. Esa noche a ella se le había caído el maquillaje, pero yo, en el fondo de mi no tan frágil luna, guardaba la realidad la mía de una mirada profunda, un semblante de colores ardientes. Y sucedió algo que, por más que lo hubiera sospechado, no lo esperaba exactamente así...

Habían dejado encendida la lámpara. Sus cálidos reflejos parecían concentrarse todos en... él. Lo vi desnudo como un dios de aquellas épocas en que los dioses dominaban el sol y el relámpago. De la época de piedra y fuego de mis ancianos ancestros minerales. Sus intensos colores me acariciaban, la luz de sus formas penetró en las mías, hiriendo, iluminando.

Pensé que me quebraría en mil destellos. Pero la luz no se quiebra. La luz abraza. Me abracé a él con cada átomo de resplandor que poseía. Lo sentí absorber cada glóbulo de mi sangre de cristal y devoré su fuego hasta más allá de la luz, hasta mi dorso de negrura. Palpitaban mis destellos tan rápido, que parecían más que nunca una superficie lisa. Desde ese momento vivía para esperar la noche, pero en el día mi nuevo ser se materializaba cada vez más entre las dos fachadas una brillante y una oscura con que había nacido.

Mi alma desesperada se había cerrado herméticamente contra mi dueña. Ahora, cada vez que se miraba en mí, su reflejo correspondía menos y menos a lo que yo todavía poseía y guardaba escondido. Ella perdía el lustre. Lo seguía perdiendo en meses, en años, en días. Se opacaba. Se miraba en mí para hacer ejercicios faciales, muecas de desencanto. Embadurnaba de crema sus células muertas. Ya no le sonreía al espejo. Y yo, prisionera en mi vértigo de luces, ladrona de colores y donaire ya no vistos, sepultada, oculta, pero viva por amor, más viva aún con cada noche y sin sufrir el tiempo entre mis dos fachadas, sí, yo... tampoco sonreía.

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