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LA CORRUPCIÓN LLEGA A LA TERCERA EDAD

LA CORRUPCIÓN LLEGA A LA TERCERA EDAD

Una estela de tristeza, incredulidad y escepticismo invadió mi corazón ante la noticia de la detención de unos abuelos que pretendían viajar al exterior llevando consigo heroína y cocaína.

Estos dos hechos aislados, mirados en conjunto, constituyen un acontecimiento sin precedentes en la historia de Colombia. Y, debo confesar, que muchos colombianos, sintiendo igual desazón espiritual, al saber que unos abuelos, pertenecientes a una raza y a una generación caracterizada por su carácter indomable y por su conducta impoluta, hayan caído en las redes del narcotráfico.

Es verdad. En un país como Colombia, a pesar de ciertos brotes de descomposición moral, no deja de ser este hecho muestra clara de un síntoma grave de alto grado de miseria humana donde el sistema social ha caído.

El tejido social, sin embargo, parece ser inmune ante las desgracias de estos seres humanos. Y son pocos, en verdad, los sociólogos que intentan dar un diagnóstico explicativo acertado sobre las causas que motivaron a estos narcoabuelos de delinquir, y a no tener ningún temor por las consecuencias de sus actos.

En efecto, el Código Penal auncuando tipifica este hecho punible, consagra también causales eximentes de punibilidad para aquellas personas que han alcanzado una edad madura. Es decir, que para los abuelos no existe cárcel donde puedan cumplir su castigo o pena. Pero aún a pesar de que ellos han traspasado el umbral de la esperanza de vida, no podemos permitir que nuestros abuelos sean utilizados como idiotas útiles en el mercado negro del narcotráfico.

Es cierto el ingenio humano jamás descansa para encubrir esta clase de delitos. Pero lo más delicado y criticable es que los narco-abuelos parezcan ser conscientes de sus actos. Situación que conduce a que su conducta sea más reprochable y condenable.

Debemos saber que los abuelos son de aquellos seres que irradian pulcritud, pundonor y rectitud, y representan el emblema de toda una generación de familiares. Muchos son venerados y respetados. Pero esta situación tan pecaminosa nos lleva de nuevo a reflexionar sobre la podredumbre que se está fermentado en el seno de la sociedad colombiana.

Quizás por esta razón y no por otras, puedo evocar con nostalgia aquel poema inmortal de Jorge Robledo Ortiz, titulado siquiera se murieron los abuelos , para significar que cuando nuestros mayores pierden su derrotero moral y existencial, las generaciones futuras quedan naufragando en el tortuoso mar de la barbarie.

Debemos iniciar de manera urgente una restauración moral de la sociedad colombiana, ya que el dinero del narcotráfico no puede seguir siendo el estiércol del diablo que enloquece las consciencias de nuestros ascendientes, y enlode la imagen de rectitud de toda una familia involucrada en estos escándalos.

El estado tiene que diseñar unos programas que beneficien a esta generación de la tercera edad, brindándoles atención médica gratis y recreación y no dejarlos abandonados ni rechazarlos, ya que ese hecho constituye un duro golpe a los valores sagrados de la cultura del pueblo colombiano.

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