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AFINIDADES AMOROSAS CON LA OBRA DE GLUSCHANKOFF

AFINIDADES AMOROSAS CON LA OBRA DE GLUSCHANKOFF

Desde hace unos años, una pintura de Mario Gluschankoff* habita mi estudio: una mujer en tono rosa con una copa de vino en la mano y un floripondio barroco en el espaldar de la silla, que me mira escribir desde medianoche hasta que cantan los gallos con el lechero. Tiene la dama esa pesadumbre que solo de una gran belleza puede emanar, la belleza de las mujeres de Modigliani enfrente de un pan o de esas arrastradas por los vientos de Chagall; hasta la silla es triste como era antes la nostalgia, a pesar de la opulencia del cuero; los dos brazos danzan en ángulos imposibles, la cabeza se inclina hacia Casiopea y el amplio escote invita a los besos envenenados de algún renacimiento latino.

De ese cuadro se descuajan mis prosas, tan poco rosas. Porque la inspiración, más que en las personas, suele estar en los objetos de que uno se rodea para mantener con vida los ojos. De la contemplación de su corte tan insinuante, nace ese nunca saciado deseo de arrancar todo velo de la belleza. Así la obra de Mario me ha perseguido por ese deambular inhóspito que termina con uno en la celeste esfera.

Venía subiendo Gluschankoff ardiente de juventud de Buenos Aires como la aguja de mercurio de un termómetro y se estacionó en Bogotá. Comenzó en la publicidad, donde prestaron su servicio militar sus pinceles. Pero no es esta la actividad modelo de un pintor que quiere llegar lejos, y más lejos aún tiró los artes finales. Se dedicaría de corazón a trazar su mapa cromático a través de una añoranza desconocida. Lo ha logrado. Sus mujeres con sus enigmas han salido de galerías por el mundo entero, donde hoy se les mira con esa devoción que muere en deseo.

Una vez tuve el apartamento de un amigo que me lo prestaba para ir a dormir una chica de tarde en tarde. En las mañanas trabajaba un artista, como si estuviera en Montmartre, sus misteriosas mujeres. El se esforzaba sobre el lienzo lo que yo sobre el lino. Cada que llegaba a libar amor de mis panales portátiles, era el avance del cuadro el que dictaba la pauta del encantamiento. En la mujer del cuadro se reflejaba la conquista del día. La siempre mujer sobre la tela se iba transformando en la próxima, con la realidad encantada por el deseo. Mi último levante fue la mujer inmóvil del cuadro que había plasmado el Nigromante.

Debo pues a la obra de Gluschankoff, más que unos escritos que dan cuenta del extravío, unas emociones inéditas provenientes del milagro. Con razón el poeta mordaz avinagrado de crítico, cuando en un bar le soplaron que me confesaba entreverado con la obra del pintor, emitió esta sentencia que le habremos de agradecer cuando terminemos de descifrarla: La obra de Mario Gluschankoff es a la pintura lo que la de Jotamario es a la poesía . Sospecho que el poeta mordaza nos trataba de tirar tierra, pintor. Por mi parte me siento honrado. Ahí te dejo el testimonio.

*Afinidades amorosas. Obra pictórica de Mario Gluschankoff en el Club de Ejecutivos.

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