Tiempo de despedida

Tiempo de despedida

La última vez que me despedí de mis lectores de ‘Contraescape’ fue porque me iba para la Dirección de EL TIEMPO, donde estuve diez años. Hace un año salí de ese cargo y regresé a esta columna. Hoy me despido de nuevo, esta vez porque me voy de EL TIEMPO.

28 de febrero 2010 , 12:00 a.m.

Siento que ya he cumplido un ciclo vital decisivo en este periódico al cual ha estado ligada mi existencia. Cambian los tiempos, cambian las personas, cambia el oficio, cambia la vida.

Entender que ha llegado este momento ha sido todo un proceso y es algo que me llega a las entrañas. Es irme de la que ha sido mi casa –y no solo editorial– desde que tengo memoria. Como fue la de mi padre y la de mi abuelo que, como yo, nunca ejercieron una actividad distinta del periodismo.

Es evocar, de un tirón, todas las etapas de mis 45 años en EL TIEMPO. Y, también, una plena y no poco accidentada trayectoria profesional que pasó por la fundación de periódicos universitarios y revistas revolucionarias; corresponsalías extranjeras y vocerías interamericanas.

Pero es aquí, en toda índole de notas, reportajes, editoriales –y más de 30 años de ‘Contraescape’–, donde he dejado todo lo que soy y escrito todo lo que he sido. Las pasiones y contradicciones; rabias y miedos; convicciones y decepciones que me han acompañado en la brega por captar un país tan desgarrador y complejo, han quedado todas plasmadas en las páginas de este periódico al que hoy le digo adiós.

Desde un principio estuve de acuerdo con la decisión de buscar un socio estratégico mayoritario, con todas sus implicaciones e inevitables cambios, lo que significó un relevo normal en la Dirección de EL TIEMPO, mi regreso a esta columna y un paso a labores menos cotidianas en el Consejo de Contenido, desde donde colaboré en el importante proceso de vinculación de Planeta como socio estratégico de este diario.

Hoy, como también es natural, quiero respirar nuevos aires. Me voy de esta empresa, pero no de la de opinar o escribir. Y me voy agradecido por todo lo que EL TIEMPO, en todos sus periodos, me enseñó: a amar un oficio, a sentir mi país y a pensar libremente. Esta nueva etapa también la entiendo como una oportunidad para seguir una tarea intelectual, acaso más desligada de ataduras institucionales, empresariales o familiares. Opto, en fin, por esta independencia porque, luego de tantos años, he tenido el privilegio de escogerla.

No me alcanzan las palabras para despedirme como quisiera de esa otra gran familia que ha sido la redacción de EL TIEMPO, el templado equipo de reporteros, redactores y editores que son el alma y nervio del periódico. A todos ellos, en especial a los que más soportaron mis exigencias e impaciencias, los llevo muy adentro.

Al director, Roberto Pombo, amigo personal y compañero de muchas luchas; a mi hermano Luis Fernando, presidente y artífice empresarial de esta Casa Editorial, casi tan viejo en estas lides como yo; a mi entrañable ex codirector y primo Rafael, a ellos y a todos los colaboradores de este diario, no hay que decirles la falta que me harán. Ni el éxito que les deseo en su empeño para que EL TIEMPO siga siendo el primer diario del país y obligada referencia de credibilidad, tolerancia y pluralismo para los colombianos.

Sé muy bien que es lo que más anhelan, porque lo llevan en las venas.

A todos, buen viento, buena mar y un sentido adiós.

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