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ENTRE LA INDIGNACIÓN Y EL MIEDO

ENTRE LA INDIGNACIÓN Y EL MIEDO

El Gobierno ha repuntado, es cierto. En medio de semejante enredo ha obtenido un segundo y hasta un tercer aire, que demuestra capacidad de reacción y sagacidad política para manejar la delicada crisis que lo rodea.

No es gratuito que en una semana que se inicia con el escandaloso casete de Semana, el presidente Samper haya logrado no sólo reunir en Palacio a gremios, sindicatos, jerarcas de la Iglesia, directores de medios y órganos judiciales, sino recibir el respaldo de la nueva Dirección Liberal y evitar la deserción conservadora de su gabinete.

Hay que abonarle, pues, su fino instinto de supervivencia. No se puede decir lo mismo del que hoy exhibe el Establecimiento, la llamada clase dirigente, que se debate entre el desconcierto, la indignación y el miedo. Que confunde la supervivencia política del presidente Samper con la del sistema y las instituciones. Y que por lo visto no distingue lo que está en juego.

Hay algo de desconsolador y lastimoso en ese desfile por la Casa de Nariño de empresarios, obispos, magistrados, que no se sabe bien si acudieron a la invitación presidencial por cuestión de cortesía, lagartería u oportunismo. O por simple ingenuidad o ignorancia. Por no saber que una cosa es la crisis que afecta a la persona del Presidente y otra la de orden público que vive el país.

La sagacidad presidencial radica en haberlas juntado. Y la torpe y timorata mediocridad del Establecimiento en no saber separarlas. La convocatoria del Ejecutivo tiene una causa noble la unidad nacional contra la violencia, pero su efecto directo no es otro que el de darle oxígeno político en momentos de asfixia.

El Gobierno está en todo su derecho de defenderse, contraatacar y lanzar iniciativas que coloquen la atención en frentes distintos del Medinagate . Lo que resulta patético es el seguidismo de una clase dirigente que no se atreve a establecer distancias ni a exigir clarificaciones. Que ni siquiera se da cuenta de que con este comportamiento nada digno, también está minando su autoridad ante un pueblo que huele la fétida complicidad de los de arriba para tapar y tapar .

Capítulo aparte merece el llamamiento de los gremios económicos a rodear al Presidente. Promovido casi a la brava y se explica por el más grande consorcio del país, que puso todos sus huevos en la canasta samperista y no quiere perder la inversión.

Parece que hubo discusión y algunos empresarios se atrevieron a cuestionar un apoyo demasiado incondicional en estos momentos de profundas dudas. Pero entre los prohombres de la libre empresa; la que vive renegando del Estado corrupto e ineficiente; la que reclama autonomía, moral y transparencia, se impuso la adhesión palaciega. Y luego, por emisoras y noticieros, la cascada de vibrantes llamados de Asohuevos, Acofalfalfa y demás gremios patrióticos de la producción, para respaldar al Gobierno en estas horas aciagas.

Por miedo? A qué? A la anarquía, al vacío institucional? A la guerrilla, quizás? Pesa más el desconcierto que la indignación? La conveniencia que la verdad? En cualquier caso es la mejor forma de demostrarles a los enemigos del sistema que aquí manda una rosca inepta y miope que no es capaz de depurarse. Que son los mismos con las mismas. Que la Presidencia es igual al Congreso; que es igual a las Cortes (con la excepción de la Constitucional, que no le jaló al desfile por Palacio); que es lo mismo la empresa privada, que la Iglesia, que los medios de comunicación....

Todos hablando de unirse contra la violencia cuando la procesión va por dentro. Deplorable radiografía de un sistema castrado. Sin visión del presente ni vocación de futuro. Que prefiere curar sus heridas en falso y dejarles la gangrena a los que vienen.

En fin, un espectáculo lastimoso y preocupante. Por ningún lado aparece un Establecimiento de verdad. Una clase dirigente propiamente dicha, con valores y principios. Ni siquiera un partido conservador que podría ser un punto de referencia ético, y no una cofradía de agradecidos burócratas. Y es que lo que sale a relucir, en medio de la hiprocresía y los elogios mutuos, es una despreciable y asustadiza oligarquía de pequeños poderes chantajeables.

Tirofijo y el cura Pérez deben estar de plácemes. Y con razón. Semejante papayazo equivale a cien asaltos guerrilleros. Tanta sapería tendrá su precio.

Ahora bien, si la convocatoria de Samper contra la violencia resulta ser algo serio; si se traduce en un compromiso real de la sociedad para enfrentar el fanatismo armado; en conductas y normas que faciliten la lucha contra la subversión; en unas Fuerzas Armadas motivadas y eficientes, entonces la propuesta del Gobierno habrá demostrado no ser una cortina de humo. Pero ver para creer.

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