Paisa

Paisa

Sí lo dijo. No fue un sueño, no fue una pesadilla.

19 de febrero 2010 , 12:00 a.m.

El señor José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch, presentó un abrumador informe sobre el resurgimiento de grupos paramilitares en Colombia. Y nuestro vehemente Ministro del Interior, Fabio Valencia Cossio, lo acusó de llevar a cabo una investigación llena de verdades a medias, de no tener en cuenta las violaciones de derechos humanos de las Farc, y, sobre todas las cosas, de no darse cuenta de que estaba armando un escándalo sobre la base de un simple problema semántico: el señor Vivanco estaba confundiendo, como cualquier anglosajón, la idea de “Estado” con la idea de “gobierno”, y no entendía que lo que hay acá hoy no son ejércitos paramilitares, sino “bandas criminales emergentes atravesadas por el narcotráfico”, pero “yo le expliqué que acá hablamos es otro lenguaje”, le contó Valencia Cossio a la prensa como un niño que presume de una pilatuna.

“Le dije que acá hablamos es paisa”, agregó.

Yo nunca me he sentido ni orgulloso ni avergonzado de ser colombiano. Pero sí me he preguntado, desde que tengo memoria, si será verdad lo que acabo de ver en el noticiero. Y ya estoy entrenado, a estas alturas de la vida, para saber que la respuesta siempre es “sí”.

Sí lo dijo: “Acá hablamos otro lenguaje”, dijo, “acá hablamos paisa”. Y sonó a “¿por qué no se mete en sus propios asuntos?”, sonó a “deje la democracia colombiana tranquilita”, a “usted no tiene ni idea de qué está hablando ni de con quién se está metiendo”.

Tuvo algo de espeluznante, claro, porque detrás de aquel pequeño chiste podía oírse la frase “yo le expliqué a este señor Vivanco, que exige, desde lo alto, el respeto por los derechos humanos, que su primer deber es respetar el hecho de que somos otra cultura”.

Y que por favor nos entienda. Que nuestras noticias, como las de los caníbales, deberían ser transmitidas en algún programa especial del canal de la National Geographic. Y que no pasamos de ser fabricantes de artesanías resignados frente a su destino.

Sepa, señor Vivanco, en dónde está parado. Somos un país rural que les hace creer a todos que se ha vuelto un país urbano. Aquí sigue siendo normal acudir a los regionalismos y al “nada es blanco o negro” cuando se acaban los argumentos. Los derechos humanos son un lío porque no son rentables.

Llamamos “decretos de emergencia social” a los decretos que la crean.

Llamamos “falso positivo” a un hijo asesinado a sangre fría. Llamamos “gajes del oficio” a una campaña al Congreso plagada de candidatos cuestionados. A fuerza de encarar tanta brutalidad, durante tanto tiempo, nos hemos concedido la licencia de pasar por encima de una que otra regla. Nos cuesta mucho entender por qué los medios hacen tanto ruido por los errores de un gobierno que ha aterrorizado al terrorismo. Y el cierre de una revista tan valiente como Cambio no es, para nosotros, una afrenta contra el derecho a la libertad de expresión, sino una dolorosa decisión empresarial que se irá olvidando con el paso de los jueves.

Pero, tranquilo, señor Vivanco, que pronto se nos vendrá encima la verdad.

Y, para citar al Ministro, o cambiamos o nos cambian. Y lo cierto será que el mundo tiene toda la autoridad para hablar sobre las miserias y las glorias de Colombia porque el país no está en otro planeta, que esas zonas grises en las que se refugian los políticos sólo caben en las vidas privadas, que nuestro primer deber es estremecernos (así se consagró, el 10 de diciembre de 1948, en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos) cada vez que se le violente a alguien “el derecho de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Y que hay un solo lenguaje, un mismo lenguaje con el que todos nacemos, a la hora de decir que la vida de otro es otra vida.

www.ricardosilvaromero.com

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