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COMPLOT O ENCUBRIMIENTO

COMPLOT O ENCUBRIMIENTO

Hasta cuándo continuará este lento desangre? Esta cruel y progresiva filtración por cuentagotas un cheque acá, una grabación allá, una fotocopia acullá que mina poco a poco la confianza pública en la palabra del Presidente?

No sé. Pero mientras continúe y no se refute con argumentos convincentes no hay acuerdos nacionales contra la violencia, ni respaldos partidistas, ni defensas parlamentarias, que logren desviar la atención de la gente sobre las incidencias del proceso 8.000.

La cinta divulgada por Semana , y reproducida por casi todos los medios, es sencillamente desconcertante. Casi tanto como el comunicado de la Presidencia sobre la insólita conversación entre el presidente Samper y la esposa del señor Sarria, un multimillonario ex sargento de policía investigado por narcotráfico.

En primer lugar porque confirma que la conversación sí tuvo lugar y que el obsequio de la joya sí fue ofrecido. Se dice que solo se trató de una solicitud normal de audiencias con el candidato liberal por parte de empresas conocidas. Pero, cuáles? Porque las mencionadas en la cinta han negado que se trate de ellas. También se afirma que para la fecha de la conversación ni la señora Sarria ni su marido estaban siendo investigados. Pero desde 1993, Sarria aparece vinculado a casos de narcotráfico registrados en la prensa colombiana.

Da grima, de veras, y deprime, estar hablando de estas cosas cuando el país enfrenta tantos problemas, y si se necesita pero desde hace tiempos un gran acuerdo nacional contra la violencia, y si es evidente el peligro de una crisis institucional mientras la guerrilla echa plomo por doquier.

Pero nada de esto, ni el temor de un vacío de poder, ni los rumores de sables que algunos quisieran oír, debe inhibir la tarea de esclarecer todo lo relacionado con el escándalo de los narcodineros en la campaña liberal. Porque lo que está de por medio es la credibilidad de la institución presidencial. O, más precisamente, de la persona que hoy la ocupa y de los votos que lo eligieron.

Mientras no quede plenamente esclarecida la legitimidad de la elección presidencial; mientras no se demuestre más allá de cualquier duda razonable, que no tuvo una financiación contaminada, el país no podrá mirar el futuro con tranquilidad. Y todas las loables iniciativas por la paz, los cambios de agenda o los gobiernos de unidad nacional que proponga el Presidente, aparecerán ante la opinión como cortinas de humo. Simples maniobras de distracción.

Insistir en la búsqueda de la verdad en este proceso no es conspirar contra el Gobierno. Ni todo se reduce a un montaje de oscuros propósitos. El Gobierno está cayendo en esta postura (confirmada por la intervención de Serpa en el Congreso), lo que no dice bien de la solidez de sus argumentos. Que pueden quedar súbitamente sin piso, como sucede cuando Miguel Rodríguez Orejuela sale a defender la honestidad del presidente Samper y dice que no le dieron plata a su campaña, pero sí al cura Hoyos.

En qué queda, pues, la tesis oficial de que las últimas revelaciones sobre los narcodineros eran una estrategia perversa del cartel de Cali para enlodar al Gobierno? Y es que una de las inexplicables paradojas de este proceso una de tantas es ver a Miguel Rodríguez convertido en gran defensor del régimen.

Todo esto no hace sino acrecentar el desconcierto o la incredulidad de la opinión pública, que constituye en últimas el verdadero y gran tribunal que habrá de fallar sobre este caso. La auténtica legitimidad no radica en el Congreso, ni en el Departamento de Estado, sino en la confianza que el pueblo colombiano deposite, o no, en la palabra de su Presidente.

A mí ya no me cabe duda de que sí hubo dineros del narcotráfico en la campaña. Y si el Presidente no supo (y hay que creerle hasta que se demuestre lo contrario) pero permitió que a sus espaldas se infiltrara de tal manera a sus más allegados, cómo confiar en que pueda evitar infiltraciones en el Gobierno? Si no puede responder por su campaña, a la que tenía el deber de vigilar, podrá responder por el Estado? Si una mínima parte de lo que ha salido a flote es cierto, esta infiltración del narcotráfico en la política llegó a niveles asombrosos. Y resulta desolador que a los cinco años del asesinato de Luis Carlos Galán, cuya muerte polarizó al país contra los narcos, éstos hubieran logrado repuntar de tal manera. Por eso, la única salida positiva que puede tener esta crisis es la que conduzca a la definitiva desnarcotización de la política colombiana.

Me duele, porque lo aprecio y conozco hace tiempo, el drama personal por el que atraviesa el presidente Samper. Me duele el de sus familiares y allegados. Pero en medio del dolor de unos y otros, y más allá de las tragedias humanas e individuales, están el bienestar y la estabilidad de una nación. La que ellos buscaron gobernar.

Este calvario encierra una lección: que el hombre público, el que se postula para regir a sus semejantes, está expuesto a todo. Y que la política es cosa seria; que el manejo de la cosa pública (de la rex pública ) es sagrado; que la mujer del César no solo debe ser pura, sino parecerlo ; que la ley es para todo el mundo, pero sobre todo para quienes detentan la responsabilidad del poder.

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