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CAMBALACHE

CAMBALACHE

Al finalizar el siglo XX, problemático y febril , Colombia se parece más que nunca a Cambalache, el célebre tango de Santos Discépolo, cuya letra es un verdadero tratado de ética. No sabe uno a quién creerle, porque pareciera que todos mienten. Y me refiero, por supuesto, al lamentable espectáculo que ha exhibido el Gobierno en los últimos días.

El enredo del narcocheque, previo contubernio de las narcolistas, vaticinadas por los narcocasetes, ha dejado a todo el mundo revolcándose en el mismo lodo. Bueno: no a todo el mundo. Seamos precisos. A la inmensa mayoría de los colombianos, que nacemos, morimos y amamos por este país, no nos altera en lo más mínimo nuestra vida cotidiana la noticia de que fulano de tal apareció en la nómina del Cartel de Cali. Ello a lo sumo es alimento para la murmuración y el chisme.

La aclaración es pertinente, en la medida que nos han presentado el narcotráfico como el único problema nacional, ni que el país estuviera sobrado en materias como salud, vivienda, empleo y educación. Las precariedades en cada una de esas áreas --y en muchas más-- son tan evidentes, arrastran tantos lustros, que resulta por lo menos absurdo que, a estas alturas, se nos venga con la historia de que cuando capturen a Miguel Rodríguez los colombianos habremos de recuperar el paraíso perdido. Seamos serios.

En tal sentido, que el señor Santiago Medina se las arregle como pueda. Ese señor, que vivía en una de las más lujosas mansiones de Bogotá, sin que nadie se preguntara jamás --y mucho menos la prístina campaña liberal-- de dónde había sacado la plata para comprarla. Ese es su problema, o el del ministro Botero, pero no el nuestro, no el del pueblo colombiano que lleva décadas aguardando que sus más elementales peticiones sean escuchadas.

Por otra parte, en este país el asombro se volvió un gesto hipócrita. Recordemos que el presidente Samper no acababa de lograr su pírrica victoria en las elecciones, cuando su rival Andrés Pastrana sacó a relucir, cual flamígera espada, los temibles narcocasetes. (Que tampoco eran tan temibles, dicha sea la verdad, en cuanto la infiltración de dineros calientes en las campañas era ya un cuento viejo que circulaba, sin exagerar, por todo el mundo occidental). El Presidente electo encargó al ex fiscal Gustavo De Greiff que llevara a cabo la investigación correspondiente. Enrique Parejo sentenció entonces que el Fiscal, padre de Mónica De Greiff, quien fuera tesorera de la campaña samperista, estaba inhabilitado para investigar al Presidente. Pero a Parejo nadie le hizo caso, ni siquiera los noticieros de televisión que hoy lo buscan afanados. Dos meses más tarde, cuando ya dejaba su cargo, el ilustre De Greiff exoneró a los candidatos de cualquier contaminación ilícita, después de estudiar sus respectivos libros contables.

Ya fuese por solidaridad con el Presidente, o por no enlodar aún más la imagen de Colombia, De Greiff fue víctima de una ingenuidad inaudita. Porque, a pesar de que el ministro Botero se rasgue las charreteras, para nadie es un secreto que la doble contabilidad es una costumbre a nivel de campañas.

Y la razón es muy simple. El Consejo Electoral, con esa tendencia a consagrar la irrealidad que es un malestar endémico de nuestras instituciones, sólo autoriza dos mil millones de pesos para cada vuelta. Es decir, que Samper y Pastrana debieron gastarse cuatro mil millones de pesos cada uno en sus respectivas campañas. Pero, como calcularon en su momento quienes manejan los números (entre ellos el ex veedor García Hurtado) cada campaña costó, por lo menos, diez mil millones de pesos. Si sólo se pueden registrar cuatro mil, qué se hicieron los seis mil restantes? Se fueron para Nueva York, según parece, aunque a los distinguidísimos ministros, de prístinas trayectorias, les diera un ataque de incontenible retórica, donde señalaron con una mano el pecado que estaban cometiendo con la otra: la violación de la reserva sumarial, en su caso, fue tan poco ética que se apoyaba sobre un anónimo. Apaga y vámonos.

Qué cambalache, amigo lector. Si las etiquetas se han mezclado, y llamamos bueno al malo y malo al bueno, si la verdad se ha vuelto escurridiza como un pedazo de jabón que se escapa de las manos, si los cadáveres de los partidos apestan como un muerto viejo, si la democracia se sostiene sobre un abstencionismo por encima del 66 por ciento, si la legitimidad del poder es cuestionable desde cualquier ángulo, si al país se lo llevó el diablo y lo devolvió otra vez, si la Constitución del 91 es un sueño de ángeles ebrios, es hora de convocar al pueblo para que sea él quien juzgue y decida qué hacer con este cambalache.

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