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NO SALGAS AL JARDÍN POR MÁS TROPICAL QUE PAREZCA

NO SALGAS AL JARDÍN POR MÁS TROPICAL QUE PAREZCA

Si las 22 pinturas casi idénticas de Delcy Morelos fueran más complejas en su contenido, uno podría pensar que ella está, en realidad, tratando de decirnos algo muy serio acerca de sí misma. Pero una mancha rojinegra sobre un cuadrado blanco apenas sugiere lo necesario para entender que ella es una mujer, condicionada fisiológicamente y caracterizada sicológicamente. Eso es todo? Parece que sí. Porque estos ejemplos de Lo que soy se hallan bastante vacíos de una verdadera carga emocional aunque pasen por aceptables ejemplos de pintura abstracta .

Además, tampoco se ve un real compromiso conceptual pues las pinturas son exhibidas básicamente como eso, sin títulos o textos que aclaren o expandan de qué es Morelos. Así, las obras sólo pasan como señales algo pretenciosas de un posible discurso íntimo. Tanto, que un solo trabajo hubiese sido suficiente.

En contraste, el bello y algo perverso jardín de Wilson Díaz transforma al parque que rodea la sala del Planetario Distrital en un ensoñador paraíso tropical. Con toda clase de aves y otras cosas pintadas, recortadas y amarradas a los árboles del parque de la Independencia, Díaz ha creado un lugar donde los deseos de mirar y tocar son detenidos por los vidrios de la sala; o sea que la libertad de ser salvaje ha sido frustrada o limitada por la necesidad de ser civilizado . Como nunca, esta simple y moderna idea se ha visto tan maravillosa y sencillamente traducida a términos formales.

Aunque tal sencillez es un poco engañosa, pues los pájaros ceñidos a los árboles con alambre no hacen sino recordarnos nuestro inevitable destino como seres vivos, susceptibles de ser convertidos en piezas (investigadas y recortadas) de un probable parque petrificado. Sin embargo, la advertencia que nos hace Díaz con su No salgas al jardín es tan clara como el canto de cualquier pájaro y tan delicada como el mordisco de un bebé. O sea, un aviso con la carga sadomasoquista propia de nuestro ser cultural. Esto lo comprueba la pintura que inspiró a Díaz y de la cual él hace dos excelentes copias, puestas a la entrada de la galería. Y es que la niña devoradora de un pájaro vivo en el cuadro de Magritte, El deseo (1926), no solo es un muy antiguo alter ego de Díaz, sino ( por qué no?) el probable símbolo del narcotragicómico momento que vivimos.

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