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EL LÍMITE DEL TRUCO VISUAL

EL LÍMITE DEL TRUCO VISUAL

Simular la existencia de un ser vivo o de cualquier sistema tridimensional por síntesis molecular, visualmente a través de haces luminosos provenientes de la energía interna de los átomos, constituye objetivo primordial de una ciencia la cibernética que ha roto concepciones futuristas desde hace algunos años para implantar sorprendentes tecnologías computarizadas al servicio de los efectos virtuales que por definición poseen visos aparentes de realidad. Son aquellas representaciones maravillosas, no siempre robóticas, con figuras generadas por medios digitales que producen la inmediata sensación de existir como tales, pero que sólo son proyecciones de múltiples imágenes.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de enero 1996 , 12:00 a. m.

En el cine contemporáneo estadounidense de corte espectacular léase acción destructiva combinada con explosiones de efectos especiales ópticos y de maquillaje, semejantes apariciones o espectros dosificados obedecen a los esquemas preconcebidos del superhéroe invencible que combate y aniquila las fuerzas siniestras del mal. Basta recordar a Robocop cuando recobra la personalidad de un policía muerto, al Terminator II que interactúa su verdadera presencia en el mundo con una visión subjetiva en video y, por sobre todo, la brillante excepción que confirma esta regla: Blade Runner, o el detector de replicantes que se rebelan al no querer ser desconectados.

Saturación Virtuosity (1995), título en inglés del thriller futurístico que ha suscitado este comentario, concibe para el ya próximo 1999 un artefacto humano de operativos criminales dotado de inteligencia y con las emociones propias de un centenar de peligrosos delincuentes. Sid 6.7 resulta ser un aparatoso engendro de realidad virtual cuya eficacia narrativa deja mucho que desear; en efecto, dentro de las fronteras ciber-espaciales irrumpe un Duro de matar para poner en jaque al ex policía renegado dispuesto a cazar como Vengador anónimo a una de las memorias responsables de atroces delitos personales. Sostienen sus productores que se trata de una fábula preventiva sobre cómo la tecnología puede expandir nuestros horizontes, pero también puede reflejar lo peor de lo que hemos llegado a ser .

Denzel Washington, el protagonista de películas serías como Malcolm X o Gritos de libertad, cae evidentemente en los estereotipos aplicados a Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger. Sin demasiada convicción, bajo las riendas o el telecomando del artesano director Brett Leonard, Washington se comporta como un autómata de carne y hueso y que debe asestar el golpe definitivo a una máquina asesina equipada de células regeneradas instantáneamente con cristales de silicona. Para redondear la trama y proclamar el mensaje justiciero, una especialista en comportamientos psicopatológicos se alía con el zar anticrimen y un fabricante de organismos sintéticos.

Resulta preocupante constatar que tanto despliegue de recursos digitalizados se apoye sobre tajantes divisiones entre víctimas inocentes y villanos desalmados, típicas persecuciones del gato y el ratón, interminables balaceras y reiterativas faenas efectistas del fenómeno destructor. Cuántas veces habremos visto el truco del androide blindado que se desintegra para rearmarse en segundos? O... cómo reaccionamos cuando detrás de la piel se camufla una serie de fusibles y en vez de sangre descubrimos que circula un líquido aceitoso de diferentes colores? Y... qué le pasará a Hollywood cuanto semejante aparataje naufrague en medio de la sobresaturación del público?

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